No es otra nota más de hartazgo

 

El discurso de la cultura como recurso político

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Una de las tantas asignaturas pendientes que 2016 dejó a la vida pública nacional, ante el fallecimiento de Rafael Tovar y de Teresa, fue la del proceso por el que se designaría a un nuevo titular de la todavía naciente Secretaría de Cultura federal. Era un proceso que debía entenderse, como una prioridad, pues el año cerraba con la discusión y el tratamiento de temas medulares para el sector: legislación en la materia desde el Senado, la integración del comité redactor de la ley de cultura, el planteamiento de rutas y propuestas de fortalecimiento presupuestal ante el brutal recorte del nuevo ejercicio fiscal, más la amplitud en las críticas al nuevo Reglamento Interior de la Secretaría, (señalado por su elaboración tras bambalinas), marcaban ese ritmo para no dejar acéfala ni un minuto más a dicha instancia.

Tenía sentido, por lo tanto, que una de las primeras acciones de gobierno para el año que recién inicia, fuera precisamente, proponer e instalar a un nuevo secretario en el cargo, quizá un perfil que pudiera a la vez, tanto consolidar la visión que Tovar y de Teresa tenía para el presente sexenio. El nuevo secretario tendría que reformular, por otro lado,  estrategias para el desarrollo cultural con visión a futuro, alguien que supiera hacer las veces de articulador y auditor de cada acción legislativa actual en materia de Derechos Culturales y fuese conocedor de los aparatos burocráticos, a fin de garantizar la no ralentización de la agenda en curso de las instituciones artísticas y culturales.

El perfil fue encontrado en María Cristina García Cepeda, quien hasta hace unos días se encontraba al frente del Instituto Nacional de Bellas Artes, destacada por su trayectoria de más de treinta años en el medio, cercana colaboradora de su antecesor.

El anuncio de éste ajuste en el Gabinete hecho el pasado 4 de enero (primer mensaje oficial del año), vino acompañado, sin embargo, de otra serie de pronunciamientos emitidos por Enrique Peña Nieto relativos al tema de la Cancillería y al del aumento a los precios de los combustibles: el primero, con la reinserción de Luis Videgaray al equipo presidencial, después de la que resultaría, para éste último al menos, la no tan desafortunada decisión de invitar al entonces candidato republicano Donald Trump a tierras mexicanas; el segundo, dado como un apresurado posicionamiento justificativo de las acciones tomadas por el Gobierno Federal respecto al tema petrolero. La evidente crisis político-social, característica de la gestión peñanietista —que ha llegado, otra vez, a un punto álgido, ahora con el asunto del “gasolinazo”— nos obliga a poner sobre la mesa que a tales tópicos, por su importancia, debió dárseles un tratamiento dentro de un foro y un momento distinto, particular, efectuado mucho antes y para nada enmarcado por la toma de protesta constitucional a García Cepeda.

Pareciera que el discurso de la cultura, al servicio de la clase política, resultase en un componente predilecto del cual echar mano para atenuar y adelgazar situaciones complejas. Sobre ello escribía alguna vez Juan Domingo Argüelles, “ocurre que el tema de la cultura es muy útil y oportunísimo en tiempos de grave crisis política”, aludiendo a lo que consideró como la estrategia salinista de aproximación con el entonces subsector cultura para propiciar y construir credibilidad, luego de llegar a la Presidencia de la República tras un proceso electoral muy cuestionado. En ese mismo sentido, Tomás Ejea Mendoza, se refería a la creación del CONACULTA y del FONCA como un esfuerzo por transformar la política del gobierno federal hacia con la cultura y el arte, pero que también podía entenderse como un acto que buscaba “resarcir, en la medida de lo posible, el descontento social”, a vida de establecer una estrategia de reconciliación nacional.

Bajo ese contexto, lo que presenciamos en ésta ocasión, entre la reincorporación de Videgaray Caso a Relaciones Exteriores fue el acto protocolario por el que integraría a funciones a la nueva secretaria de cultura, no sin antes, claro, hablar de las bondades que el campo cultural posibilita al país, doler un poco el deceso de Don Rafael Tovar y encomendarle a “Maraki”, como la llamó, la consolidación de la SC en lo administrativo y programático atendiendo a las necesidades de la comunidad, algo sobre el derecho de acceso a la cultura e impulso a artistas y creadores. Sara Sefchovich planteaba que el discurso cultural como servidumbre del político, en México al menos, tiene dos características que le otorgan pauta y que se han venido perfeccionando con el pasar del tiempo: su modo de ser “oficialista” (la forma en que se transmite y se elige qué circular) y su “positividad” (su aspecto triunfalista desde el que se habla de la obtención de grandes resultados siempre). Atributos por los que se busca hacer pensar que la cultura es un terreno en el que no ha habido crisis nunca, una especie de safe zone desde la que se puede partir para decir casi cualquier cosa, sin importar qué tan bestial esa cosa pueda ser.

Es un hecho que, una parte de garantizar la continuidad de las labores en la Secretaría de Cultura, requería de la promoción y emplazamiento de su nuevo responsable, y el que ésta tarea se haya realizado a la par de otras de tipo diplomático, que, más que estrategias, parecieran acciones desesperadas. Tan sólo reveló, de nuevo, la precaria organización en las agendas y prioridades del Ejecutivo Federal. La reflexión es pues, que el problema no es de forma, si no de fondo; para explicar esto, pondremos sobre relieve algunas realidades: primero, mucho antes de su transformación en Secretaría de Estado, es con la constitución del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes en 1988, que se traza un gran cambio en la manera de pensar las políticas públicas en materia de cultura para el país; segundo, tal como la de García Cepeda hoy al frente de la SC, la trayectoria de cada uno de los otrora titulares del CONACULTA, se caracteriza por ser amplísima, reconocida y en muchos de los casos, condecorada; tercero, desde que se comenzaron a elaborar programas de gobierno para la cultura, a partir del sexenio de Ernesto Zedillo, éstos han ido quedando realmente cortos en sus mecanismos de democratización, procesos de instrumentación, asignación de recursos y comparación de sus alcances reales contra sus metas trazadas. Todo ello mientras la dinámica cultural se vuelve cada vez más diversa.

Lo que tenemos entonces es un déficit de resultados e indicadores que contrasta con la historia, fuerza y modernización de nuestras instituciones culturales, mismas que, según lo que parece, han sido coordinadas desde hace décadas por los perfiles indicados. Ésta relación de variables que no se corresponde, puede ser explicada por una razón tan sencilla, como intrincada: El desarrollo cultural no ha sido prioridad, para ninguna agenda política y para ninguna agenda de gobierno, es pues “un tema infravalorado. Puede suceder, como recién lo atestiguamos, que al frente de una dependencia exista una persona de nivel […] pero que su gestión dependa de un gobierno enano, miserable con los presupuestos, incapaz de entender los alcances que pueden tener las políticas culturales en el desarrollo del país y en la transformación social”, asegura Lozano del Real.

Administrar el desorden se ha convertido cada vez más en la constante. Con trayectoria o sin ella, ocurre que deja de pesar el rol y la visión de aquellos que ocupan las titularidades de los organismos artístico-culturales y sus agregadurías. Hoy las circunstancias insinúan apremiar el caso hipotético que alguna vez (en plática de creativos y borrachos), alguien exponía: la gestión de Peña Nieto podría reducir el papel del Secretario de Cultura, así fuera éste el mismo Vasconcelos, al de un simple “administrador de los desmadres.

La realidad obligará al político a dejar de utilizar lo cultural como el cosmético con el que cubre sus faltas, ese grupo “pequeño pero estridente” del que hablaba Argüelles, se robustece y se complica cada vez más. No bastará pues, con utilizar el término para vanagloriarse desde un discurso elector: informar el estatus de la política cultural mexicana deberá corresponder con lo día a día observable por y al sector.

Lo de las instituciones, quizá, sea una fase con muchas más capas, las problemáticas no se resolverán con la instalación de equis o ye secretario por más especializado que éste sea, no mientras las agendas políticas y gubernamentales sigan operándose en clave partidista y con la ausencia de una visión de desarrollo. En esta parte, tal vez lo que nos toque, sea seguir señalando y por supuesto, ante los oídos sordos, continuar en la construcción plural de las rutas de abajo hacia arriba.

El encuadre es pesimista: el veloz desplome por el que atraviesa la economía mexicana ante el dólar, las cláusulas que alejan cada vez más la inversión norteamericana y la proyección inestable en el precio de los combustibles, fallas que se antojan como las irremediabilidades de la reforma energética y hacendaria, cobran ahora la factura de las malas decisiones. Por su parte, la cultura puede llegar a ser la gran articuladora ante el presente momento de hartazgo social; el espacio de expresión, de liberación de iniciativas y aportaciones para la exigencia de un cambio por parte de las grandes cabezas, que al parecer, chico les ha quedado el cuerpo al interior de un panorama que no deja ver balance más que caída.

Entretanto, bienvenida María Cristina García Cepeda, el tiempo sabrá desasociar su trabajo y perfil de la administración de EPN, aunque no por ahora. Esperamos que el anuncio por el que se le encomendó a la Secretaría de Cultura haya sido por ella y por todos bien recibido, hasta como una buena noticia, contrario a como se recibe la noticia sobre un gasolinazo.

Por @gdanielpadilla
@tachi_villalba

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