La familia, el tiempo, la distancia y Tokio

Tokyo Monogatari (traducida al español como Cuentos de Tokio) es una película japonesa de 1953, dirigida por el aclamado Yasujirō Ozu. Siendo tan querida por la crítica como Citizen Kane, y mencionada en varias listas de lo mejor del cine, tardó alrededor de 20 años en darse a conocer mundialmente. Los distribuidores del filme la consideraron “demasiado japonesa” como para tener éxito en el mundo occidental. Afortunadamente, gracias al éxito del también brillante Akira Kurosawa, comenzó a proyectarse en los festivales de cine estadounidenses y europeos a finales de los años 60.

Cuentos de Tokio es una traducción algo inexacta, pues la película presenta una sola historia: la de una pareja de adultos mayores, habitantes del campo, que deciden viajar a la turbulenta Tokio de la posguerra para visitar a sus hijos. La narración privilegia las relaciones afectivas entre sus personajes, incorporadas delicadamente a una anécdota que nunca se presta al melodrama. Tan minimalista es la mirada de Ozu, que elide eventos de otra manera indispensables para las producciones de la época. El efecto de esta técnica es, a mi parecer, positivo, pues  cada nuevo trozo de información nos llega como una sorpresa. Esto último, aunado a las tatami shots (tomas en donde la cámara se encuentra casi completamente pegada al piso) que caracterizan el trabajo de este director, derivan en una inmersión casi total. No pasaron ni 7 minutos antes de que estuviera completamente involucrada con la trama, aun cuando no había gran acción en las escenas que presenciaba: un niño haciendo un berrinche callado en su cuarto, unas mujeres preparando la comida, una pareja abanicándose y espantando los mosquitos.

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La clave por la que Cuentos de Tokio le hace honor a su nombre en japonés (la palabra monogatari se utiliza también para designar fábulas milenarias) no está en los grandes acontecimientos, sino en los temas que trata y la calidez con la que se presentan. La pareja Hirayama admira asombrada la modernidad de Tokio, pero finalmente se decepciona al percibir el poco tiempo que sus hijos pueden reservar para ellos. El paso del tiempo, la distancia generacional, la soledad, la modernidad que pesa sobre la tradición: esta película da lugar a grandes reflexiones sin necesidad de salir de lo cotidiano. Emocionalmente, nunca juega con nuestros sentimientos: no esperen exageradas demostraciones de amor ni de tristeza, sino diálogos precisos, agudos, a veces repentinos. La solemne cortesía de la cultura japonesa pareciera anteponerse a cualquier muestra de afecto, pero basta mirar los ojos de los actores para atisbar todo lo que sienten sin decirse. El nudo en la garganta que sin duda tendrán al final no es fruto de ninguna vuelta de tuerca: se forma poco a poco, sin que ello aminore su fuerza.

Terminar de ver una buena película es similar a terminar un buen libro, y Cuentos de Tokio, vista con la paciencia y la atención que pide, es una experiencia melancólica e inolvidable.

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