Moonlight, la película que arrasará en los Óscares.

Moonlight (Luz de Luna) (2016) es la segunda película de Barry Jenkins y una de las favoritas para el Óscar a Mejor Película, premio que creo ninguna otra podrá arrebatarle. Recientemente fue acreedora del galardón a Mejor Película (Drama) en los Globos de Oro, y con un 99% de aceptación en el sitio Rotten Tomatoes, ha sido aclamada casi de manera unánime.

La temática de Moonlight es uno de sus puntos fuertes, pues sigue la trayectoria de personas cuyas vidas difícilmente se ven en las ficciones cinematográficas. La cinta cuenta la historia de Chiron, un joven negro homosexual originario de Liberty City, una de las zonas más empobrecidas de Miami. Los tres capítulos que la conforman retratan la dura infancia, adolescencia y adultez de Chiron, sus altibajos y sus relaciones; culminando (y no es spoiler) en el encuentro consigo mismo. El nombre de la película es una alusión al título de la obra de teatro en que se basa (In Moonlight Black Boys Look Blue) y a uno de los diálogos más inolvidables del nominado al Óscar Mahershala Ali. La luz de luna es un elemento visual que se repite e inunda toda la fotografía, entregándonos reflejos celestes, negros azulados y rostros ricamente texturizados que nunca se pierden en las sombras. No es coincidencia que la película también haya recibido una nominación por su cinematografía, pues es gracias a ella que Moonlight se aleja de los estereotipos. Liberty City no es un barrio oscuro y miserable; en el día, es un escenario de verdes vibrantes, a ratos paradisíacos, infundidos de la nostalgia con la que muchas personas recuerdan sus orígenes.

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Fotografía vía IndieWire.com

Hay escenas duras en la película, pero ni el guion ni la cámara dejan espacio para que las procesemos de golpe. Vemos las vicisitudes de Chiron de frente, sin juicios, pero sobre todo, sin la mirada salvadora de un personaje blanco que poco tendría que ver. Acaso lo conmovedor de esta historia es que no hay momentos que apunten hacia un final bien definido. Justo como la vida, Moonlight pasa rápido, elidiendo eventos para resaltar otros, conformando un entramado de los recuerdos y pesadillas que el personaje principal lleva consigo, tan bello como triste, sin buscar en él un sentido cerrado.

En una comunidad donde el oficio no siempre define a sus habitantes, el guion también acierta al enfocarse más en las relaciones interpersonales, aquellos vínculos que a veces son fruto de un encuentro momentáneo o que cargamos en la sangre, y que esbozan nuestra identidad desde la infancia. No todas las salas la están proyectando todavía, pero no duden en alcanzar una función. Esta arrollador filme rompe con prejuicios sin arrojar un insípido discurso moralino. No es una película sobre la homosexualidad, sobre la negritud, ni sobre la pobreza. No busca provocar lástima, sino empatía. Es una película de una cohesión sorprendente, que apela a un sentimiento universal de humanidad.

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