Los lobos

el

  Nieve. A mi alrededor no había otra cosa que no fuera eso. Mis pasos se habían vuelto lentos debido a la espesa nieve que me llegaba poco antes de las rodillas y no podía ver nada más allá de mi naríz. Entonces, me derrumbé sobre el denso suelo blanco.

     Podía sentir la frialdad en mis mejillas y cuello, mi piel congelándose y mis miembros tiritar, pero ya no podía seguir, estaba demasiado agotada.

Segundos más tarde, pude escuchar el olfateo insistente de varios animales a mi alrededor. No sin esfuerzo, abrí un poco los ojos y observé cómo varios lobos se acercaban a mí.

     Reuniendo un poco de mi ya escaso aliento, me arrastré tan lejos de las bestias como me fue posible, pero mis fuerzas no me permitieron avanzar tanto como había deseado.

El lobo más próximo a mí, pasó su lengua por sus fauces y soltó un ligero gruñido, acortó la distancia que nos separaba de un par de saltos y gruñó más alto, hambriento. No sin un poco de esfuerzo estiré mi pierna y le solté al animal una patada en el hocico con el afán de que se fuera, sin embargo, el golpe tuvo el efecto contrario, ya que el lobo, enfurecido, mordió mi pantorrilla con mucha fuerza mientras gruñía.

     Proferí un grito con lo que me quedaba de aliento y sacudí la pierna tratando de liberarme de su férrea mordida, pero eso sólo sirvió para que el animal hundiera aún más sus fauces en mi carne.

     -¡Suéltame! -le grité como si supiera que me entendería.

     Los demás lobos imitaron al primero y comenzaron a morderme, tirando de mis miembros, gruñéndose entre sí y peleando por ser los primeros en devorarme.

Después de un tiempo que me pareció una eternidad, en el que no podía ni liberarme de las bestias, ni gritar más que lo mucho que me dolían las heridas, escuché, sobre los gruñidos en mis oídos, el aullido de un lobo más, sin embargo, éste sonó diferente a los aullidos que había escuchado cuando caminaba por el bosque, había sonado más…autoritario.

     Entonces hubo un disparo.

Los lobos me soltaron y huyeron despavoridos tras el sonido. Me hice una pelota sobre la nieve y traté de revisar cuán herida estaba, pero sólo distinguía mi chaqueta y pantalones desgarrados y manchones de sangre tanto sobre mí como en la nieve.

     -¿Qué tan herida estás? ¿Puedes moverte?-escuché por encima del pitido de mis oídos.

     Volví la cabeza todo lo que pude, ya que mi cuello dolía si me movía, pero no distinguí más que una silueta de alguien a un costado mío.

Jadeé débilmente tratando de responder, pero tirité violentamente y me desvanecí antes de poder articular palabra.

     El chisporroteo que producía un tronco ardiendo cerca de mí, fue lo primero que escuché al despertar, luego, el aroma a alcohol y fármacos terminaron de despejarme por completo.

     -Casi termino -dijo.

     La voz grave pareció provenir de uno de mis costados.

     -¿D…dónde…? -no pude terminar de formular la pregunta, pero no pareció ser necesario.

     -Estás a salvo. Me diste tremendo susto, creí que no había nada más qué hacer por tí -comentó.

     Su tono de conversación me hizo preguntarme si nos conocíamos.

Lentamente giré la cabeza y lo descubrí arrodillado a mi lado.

     Tenía un par de pupilas color chocolate enmarcadas por espesas pestañas, y sus sonrosados labios curvados en una sonrisa tranquilizadora hacían que mis latidos tartamudearan. Su cabello parecía desordenado, como si le hubieran sacado de la cama repentinamente; una barba de al menos tres días enmarcaba su rostro de manera exquisita.

     Me fue imposible apartar la mirada de él.

Después de un minuto, cuando fui capaz de apartar la vista de sus ojos, comprendí que mis gritos le habían despertado, lo cual me hizo sentir culpable.

     -Me llamo Ezra.

     Su sonrisa se amplió y mi corazón falló.

     -Yo…hmmm… –vacilé sin poder tener ideas claras.

     -Sigues en shock, ¿verdad? -rió por lo bajo- No me sorprende, recibiste al menos diez mordidas de esos lobos.

     Continuó limpiándome la piel cuidadosamente mientras hablaba.

Me estremecí al recordar. Sus palabras me habían devuelto a la realidad de un modo poco sutil.

     -Creí que moriría -susurré.

     -Por suerte pude escucharte. Tienes unos pulmones muy potentes.

     Me encogí en mi interior, eso significaba que yo tenía razón: lo había despertado.

     -¿Cómo es que terminaste sola en medio de la nada y sin provisiones? -continuó, frunciendo el ceño ligeramente ante una mordida de aspecto profundo.

     -Yo no… No lo sé –murmuré confundida.

     Lo observé negar con la cabeza.

     -Estos bosques son peligrosos.

     Su tono de voz pareció más un regaño que una recomendación. Reunió el material de curación y se puso de pie.

     -Quédate aquí, traeré un té para que entres en calor.

     Tras dejar la estancia, se adentró en otra habitación más pequeña.

El silencio a mí alrededor era inquietante, podía percibir algo peligroso en el ambiente aún cuando sabía que en aquella cabaña estaba mucho más segura de lo que había estado allá en la nieve.

Pronto escuché ruidos provenientes de la cocina, pero fueron tan repentinos que me hicieron dar un salto. Me reí de mí misma. “Tranquilízate, estás segura”, me dije una y otra vez, sin embargo, la inquietud no desapareció.

     Para entretener mi mente en lo que mi rescatador volvía con el té que me había prometido, dediqué mis pensamientos a intentar descubrir cómo es que aquél extraño vivía en el centro del bosque sin más compañía que sí mismo rodeado de lobos salvajes. ¿Es que no temía que le ocurriera lo que a mí? Repasé la vista por la salita donde me encontraba. Parecía una cabaña modesta con las comodidades suficientes para no morir estando a la mitad de la nada.

Tal vez no tenía tanto miedo como yo de la naturaleza.

     Pasado algún tiempo, comencé a sentirme incómoda. Estar recostada allí sin hacer nada me hacía sentir desesperada, tenía un impulso de levantarme e ir a ver qué tanto hacía allá adentro, odiaba el suspenso, y sobre todo el silencio. Levanté un extremo de la manta que me cubría y traté de examinarme las heridas, pero al hacerlo, una de las mordidas comenzó a dar punzadas agudas, por lo que desistí de hacer una expedición fuera del sofá donde me encontraba.

¿Qué debía hacer? Para entonces, el tipo había tardado demasiado en la cocina y ya no escuchaba el ligero tintinear de las cacerolas.

     Cuando finalmente la ansiedad pudo más conmigo que el dolor, conseguí ponerme de pie lentamente, ignorando las punzadas y tirones que daba mi piel cada vez que me movía. Haciendo gestos logré arrastrar los pies lejos del sofá apoyándome en cada superficie que encontraba a mi paso.

     -¿Está todo bien? –pregunté alzando la voz.

     No obtuve respuesta.

     -¿Hola? –insistí. ¿Cómo era posible que, estando la cocina tan cerca de la salita no me escuchara? ¿Estaría tan distraído o yo hablaba muy bajo?

Lentamente me acerqué al vano de la puerta de la cocina, sosteniéndome de la pared para no perder el equilibrio.

     -Me cansé de esperar y…

     Me interrumpí a la mitad de la frase al descubrir un gran charco de sangre a la entrada de la habitación. Siguiendo el rastro con la mirada, encontré más adelante, justo frente a la sencilla estufa, el cuerpo inerte de mi rescatador. Tenía los ojos abiertos clavados en el techo, en la boca una expresión de asombro y en el cuello una gran mordida de la que aún brotaba sangre.

El corazón comenzó a latirme con fuerza. ¿Qué estaba pasando?

     Tras de mí escuché un gruñido, me volví lentamente aún con el corazón en la garganta y entonces descubrí al enorme lobo negro en el centro de la sala con sus ojos clavados en los míos.

Se pasó la lengua por los colmillos justo antes de dar un gran salto que acortaba la distancia que nos separaba.

 

 

Haydée Romero

 

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