El mostro tatuado

¿En qué momento el trozo de papel, en su calidad pura, adquiere vida propia? La respuesta podría ser muy sencilla: cuando se macula con tinta del color que sea; cada vez que se lacera, cual incandescente hierro al potro, con las letras de un teclado; con el grafito que hiere o  la sangre que acaricia… Con todo aquello que el hombre ha utilizado para contar la historia, su historia. Sin embargo la pregunta no se sostiene y vuela. ¿En qué momento el autor se transforma en un mero espectador de algo que él comenzó a bordar; pues ya no es su intelecto, inspiración, trabajo creativo lo que obliga a trazar signos incompresibles –puesto que será al final cuándo sabremos qué es toda aquella masa de palabras-; sino que es la misma hoja la que se cose para dejar entrever un “algo” enmarañado?

El autor, a la hora de asir la hoja, escupe las palabras para que se moldeen. No obstante ese lenguaje, que momentos antes era de él, se niega a entenderlo. Así pues la página se desborda de sí misma para dar paso a su esencia autónoma; razón por la cual las palabras no son de quién las escribe, son de otro; éstas se vuelcan contra quien las hizo; tan maduras, les estorba que alguien las quiera dirigir, pues el camino que el autor desea, no es el camino de ellas.  Aun en los casos donde se exige la rigidez se observa la insurrección verbal, ya que una palabra nunca representará lo que dice, tan sólo mostrará el envés de las cosas. De ahí que sea coqueta y atrevida, porque se engalana con la imagen y seduce con el sonido.

Sin embargo la persona que escribe se piensa como un dios capaz de manejar a su antojo lo que sale de él; empero, rejegas y obstinada, las palabras se aferran a una idea: la de ser ellas las que crean el texto, y no esa persona que se siente un dios…, una deidad esclava de sí misma. Es aquí donde comienza a fraguarse esta metamorfosis del texto, pues la vanidad entorpece y ciega a esa persona que se concibe como un ser omnipotente, el cual, a raíz  de ese orgullo malsano, no sabe que ha sido negado en su propio mundo: las palabras lo han desterrado de la hoja. Ya que lee y relee a sus creaciones y éstas no le dicen nada, son herméticas.  Lo único que tiene presente es la idea, y de la idea surge la primera palabra, pero de ésta no se sabe qué sucederá.  Así, por ejemplo, no le queda más que esperar, línea tras línea, la conclusión de algo tan suyo que ahora dista de él. Pero sabe que nada es de él, sólo la palabra, pero la contradicción entra: la palabra es de él, pero ella no lo es. Ella es la perra que desconoce, que ladra y muerde. Contagia de todo, menos de la certidumbre de llegar al final del texto.

Al andar suelta la palabra echa raíces en la hoja y, piano a piano, el creador-espectador (pues aún funge como creador, pues de él sale todo) contempla cómo va creciendo. Siguiendo la noción mencionada con anterioridad: la idea expele la palabra. Ésta se cruza, se mete debajo de otras palabras, va floreciendo, da frutos; pues es como árbol que crece y rebasa nuestro propio entendimiento, ya que no somos capaces de comprender toda su magnificencia y no queda más que el deleite ante su esencia misma. Y aquí, en la hoja en blanco, está comprobado, dado que comenzamos con “¿En qué momento…” y no sabremos en qué parará todo esto. Puede que la palabra se haya apoderado, como lo está haciendo, de nosotros y nos muestre que sólo somos unos mostrencos ante el lenguaje, pues carecemos de un hogar donde apoyarnos, y como ciegos y presos de nuestra lengua, vamos a tientas, con las manos, con los pies, a buscar un lugar seguro pero el sitio no existe. Estamos presos en nosotros mismos, pues somos seres de palabras.

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Creado por Muhammad Ejleh.

 

Y, no obstante, el espectador-creador-espectador crea mundos de palabras, personajes de palabras, palabras de palabras, páginas llenas de palabras, pero, a veces olvida que nunca hace certezas de palabras, sino de incógnitas. (¿Entonces son las palabras….? ¿Palabra? ¿Estoy utilizando la palabra “palabra” para referirme a una palabra? Trataré de aclararlo: esa cosa abstracta, que en este caso se tiñe de negro por medio de un molde que le da la forma de una letra que quiere significar algo; más bien, yo como creador-espectador o espectador o como mero lector o como espectador-creador-espectador-lector o simplemente como alguien que trata de condensar y entender en una cosa abstracta, bañada y moldeada de negro, sobre una superficie blanca algo que posiblemente no signifique lo que trato de evocar; pues como ya mencioné, estas cosas abstractas –ya no sé si “abstracto” quiere significar “abstracto”- no dicen nada, pues son demasiado caprichosas, y toda esta caterva no hace más que complicar una respuesta; ya que la “palabra” significa a su gusto y no lo que la menciona.) En este caso podría decirse que ellas, por ser tan volubles, son las jueces que señalan el carácter pasivo del espectador-creador-espectador; puesto que él no es capaz de sostener en unas cinco, seis, siete o la cantidad que sea, un significado; pues la palabra está vacía, pero al mismo tiempo, en esa carencia está llena de todo, tiene la habilidad de mostrarnos algo en su totalidad efímera.

Sin embargo aquí entramos en otra contradicción con las palabras; pues al carecer de una totalidad, ¿por qué confiar en ellas?  Por la sencilla razón que son nuestro μέθοδος –método-, camino, vía, un recorrido. Como ya se mencionó, y se reitera, somos hombres de palabras, sin ellas no seríamos lo que somos, ya que nuestra existencia estaría trunca; pues el lenguaje nos define. Asimismo al plasmar las palabras en una hoja contamos nuestra historia como seres humanos; ya que es ahí donde somos capaces de observar y realizar nuestro examen de existencia. Nos afirmamos, negamos, cuestionamos como hombres a la hora de escribir.

Entonces, ¿gracias a ellas es que el texto no es de nosotros? En cierta medida “científica” la respuesta sería que, como hay un autor -persona responsable de retratar, en una hoja, oraciones- las palabras no son las culpables de nada, sino el mismo autor. No obstante a través de una respuesta de esa índole sólo llegaríamos a responder el “cómo”, el método, la teoría que resuelve, que da la respuesta “absoluta”. Sin embargo no seríamos capaces de contestar el “¿qué?”, cuestión más profunda que, por suerte, no tiene solución. Gracias a ese “qué” -¿qué es lo que hace que el autor se desprenda de la hoja?- se juega con la idea y se trata de llegar a una certeza; a un algo que probablemente sea.

Ya sin repetir tanto la pregunta responderemos que las palabras sí son las culpables de alejarnos de nuestras creaciones, pues se escapan sigilosamente y se esconden; ya que cuando el espectador-creador-espectador contempla con los ojos a su mostro tatuado, aquél ser lacerado que le niega eso tan arcano de su existencia; cuando ve  que la palabra -esa que como taumaturgo escogió para el acto- comienza a moverse, es cuando el texto ya no le pertenece; en ese momento se dará cuenta que él no es quién crea, sino el creado.

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