“Un día un río”, de Jaime Reyes

Poeta nacido en la Ciudad de México (1947-1999), es uno de nuestros escritores poco recordados actualmente. Autor de Isla de raíz amarga, insomne raíz (ERA, 1976), por el que ganó el Premio Xavier Villaurrutia en el 77,  y de La oración del ogro (ERA, 1984), por decir dos títulos, recoje en su poesía los despojos de la ciudad, los rastros de lo que implica su “modernización”, la furia que provoca ser testigo de, y a su vez, da cabida a la experiencia compartida de la transformación del entorno urbano. (Cabe mencionar que fue uno de los poetas considerados para ser incluidos en Medusario. Muestra de poesía latinoamericana (FCE, 1996) [véase “Razón de esta obra”, p. 9]). En el poemario Un día un río (ALDUS, 1999), dividido en siete partes, Reyes nos adentra en las zonas de lo marginado, en las horas del trabajo para sobrevivir día con día (semejante a la poesía de Efraín Huerta, pero sin el lirismo de éste). Sus imágenes cristalizan un eterno flujo interrumpido que vuelve a veces hermética la lectura, pero su ritmo nos impulsa a continuar el recorrido por más común que sea lo que vemos. En este sentido puede resultar contradictoria la afirmación anterior, no obstante, si bien la escritura del libro conjuga ambos movimientos en cada poema, es porque no hay una apelación al desconocimiento de la ciudad, sino al ocultamiento que se ha hecho de sus componentes por la mirada cotidiana nuestra:

          idolillos portada de revista literaria
y las calaveras con las que se ornamenta
para recibir los días entre labios en las esquinas
el Zócalo, las cámaras las bestias viejas
de esta reunión de cadáveres porros
pudriéndose en las calles
en silencio y por eso hacer un inventario y destruir
la ciudad que descansa en paz, recibe presidentes
y se cubre de aguinaldos y camiones militares. [Reyes, 7, 1999]

 

Tzompantli

Cuando leemos estas líneas, las imágenes que nosotros conservamos de nuestro andar (y vivir en) por la ciudad cobran un nuevo sentido (piénsese en la relación entre las calaveras, los cadáveres y la destrucción de la ciudad del fragmento anterior). El poemario de Reyes logra esto con el lector de manera efectiva, sobre todo porque no hay una estetización de lo enunciado, sino una nueva composición cartográfica a nivel palabra, lo que implica una referencialidad trastocada que se enlaza con nuestra experiencia en la Ciudad de México. Ésta, evidentemente, no escapa de la violencia y del dolor que nos circunda, de la fatiga y el término de las jornadas laborales. Así, cuando Reyes toma estos elementos, en vez de crear una escena patética de la que pensar: “¡Qué pena!”, crea una pática, es decir, de pathos, de afección para dolerse y con-dolerse (en términos de Rivera Garza):

          Mañana la mano de la madre del muerto será la mía
y luego no será sino ella, ni siquiera trágica ya.
Pero aprovechó el trigo y el sol hizo desgranar.
Ya ni yo la miro, y ya, hoy
creerás que es mentira y verdad es,
cierto, que como el agua y la luz escurre
para seguir siendo, cierto, luz. [Reyes, 68]

Un día un río 1

Tal es la razón por la cual, en esta obra del mexicano, hay una atmósfera y sentimiento de fatalidad, de derrota. No es gratuito, por lo tanto, que “lo oscuro” permee cada sección del libro: puede tomar la forma de un asesinato, de una familia que padece hambruna, de una soledad incompartible. Aunque si llevamos esta lectura hasta sus últimas consecuencias, podríamos interpretar que nosotros formamos parte de “lo oscuro” en la medida en que nos toca y se nos queda adentro. Éste sería, de alguna manera, el motivo por el que el poemario lleva el título de Un día un río: en tanto tiempo, el día es indetenible y culmina con la noche, en el momento en que ocurre lo más atroz en la ciudad; y en tanto imagen, el río es flujo indetenible (sin contar presas, claro está), cambiante, el mismo y no el mismo siempre, que desemboca en el mar, en aguas más oscuras y profundas (por eso en los versos anteriores hay homologación entre el agua y la luz). Si nosotros, como lectores, hacemos el recorrido del día y del río en el poemario, es inevitable que terminemos por ser parte de “lo oscuro”. El propio Jaime Reyes nos lo dice con asombrosa maestría al final del libro:

            vasto de tu cuerpo y mente vasto, y sin nada un río marca los senderos,
convierte el oro de humo en los albores por nadie visitado,
hiende la morada aire ferviente y flores y geranios reventando al mar
contemplo el amanecer, candentes esporas, y recojo sus frutos:
fresco y nevado y oscuro persevero continúo. [Reyes, 88]

No permanecemos intocados frente a lo que ocurre en nuestra ciudad (en el país). Nuestro día a día quizá no esté lleno de tan negativas experiencias, pero acontecen y dejan huella en nuestra memoria por más nimias que parezcan, o por más acostumbrados que estemos a ellas. Dejar constancia de esta cotidianidad irruptiva, es uno de los logros que la poesía de Jaime Reyes tiene para nosotros.

la oración del ogro

Posdata: Los poemarios de Reyes son difíciles de conseguir, sin embargo, al menos hasta donde sé, recientemente Malpaís Ediciones se dio a la tarea de reeditar La oración del ogro, su poema más famoso, como parte del Archivo Negro de la Poesía Mexicana. Ésta es una gran oportunidad para quienes deseen seguir conociendo la obra de este gran poeta.

Fuentes

REYES, Jaime, 1999. Un día un río, ALDUS: México.

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