Infanticidio

¿Cuántos de nosotros hemos asesinado a un niño? Señoras y señores no se me espanten, pues sí, grito la pregunta a los cuatro vientos y la hago con total consciencia; ya que en el fondo todos nosotros hemos cometido infanticidio –sobre todo tú que lees este texto, no te hagas guaje-. Pero como nadie se anima a levantar la mano por miedo a ser juzgado, déjenme decirles una cosa: no es tan mala la acción que todos callan, ya que cada uno de nosotros somos cómplices; pues sin darnos cuenta acometemos sin discreción y la víctima siempre es silenciada –si otra vez, lector mío, quieres olvidar a qué me refiero, te diré: hablo de quitarle la vida a alguien, en este caso es a alguien menor-.

En el artículo anterior hice énfasis en la idea que se tiene de querer encontrarle un método que respondiera a todo aquello que se nos presenta; explotar los significados a las cosas que, a lo mejor, no tienen; y, sobre todo, preguntarnos sobre el cómo –cómo es aquello, cómo funciona y entender éso, cómo se hace y muchísimos cómos más- y no el qué de las cosas, pues con éste último podríamos entender más, y de manera profunda, cualquier cosa que tengamos presente –qué es el amor, qué es la vida, qué es la muerte, qué es el qué-. Ahora regreso a la misma idea, pero tratando de resolver por qué asesinamos al niño, y con esta inmolación del infante quiero preguntarles a todos ustedes, ¿qué pasó con nuestro asombro?

Niñez y asombro, señoras y señores… Niñez y asombro. Sacudamos el diccionario y busquemos la primera palabra que, nuestra querida Academia Real, explica de esta manera en su primera acepción:

  1. f. Período de la vida humana, que se extiende desde el nacimiento a la pubertad.

Sí, amiguitos,  se queda corta la idea que buscamos para entrever, si quiera,  los resquicios de un significado completo -si es que existe-; pues, vayamos a la segunda idea de “niñez”:

  1. f. Principio o primer tiempo de cualquier cosa.

Mejor, mucho mejor. Gracias, Academia Real, pues más o menos nos das pie para entrelazar las ideas que buscamos.

El asombro es algo inherente en la niñez, creo, pues, que es lo más característico de un niño. Su admiración ante la existencia de las cosas; esta sorpresa ante la vida, ya que al aparecer el objeto, por primera vez, se crea el mundo; este contacto con aquello que desconocía, pero que al presentarse se añade un trozo de vida. ¿Quién no ha visto a un niño buscar, de manera desesperada,  su nariz en el pulgar de aquél que se la robó? Un timo que lo lleva al pasmo ante la idea de perder algo tan suyo, para momentos después darse cuenta que esa parte de su cuerpo ultrajada siempre ha estado ahí.

bebé
Imagen tomada de Internet

¿Qué hay de nosotros? ¿Desde cuándo dejamos de ser niños? Más bien, lectores míos, ¿cuándo se nos olvidó que el asombro nos creaba un mundo? ¿Cuándo enterramos la sorpresa? He visto a gente de mi generación cuestionar la ficción y no creerse lo que se les presenta, ya que no es verdad. ¿Para qué queremos más realidad si no somos capaces de soportarla? Las personas se suicidan, puesto que no aguantan esto llamado vida, intitulada realidad. Quizá nuestra única arma contra lo real sea eso, un asombro desmedido, una sorpresa constante, la ingenuidad desmedida.

Aquí está la vida misma para mostrarnos la realidad; lo cotidiano para enseñarnos las cosas ausentes; hazla la cara y mira que cada cosa te rodea lleva a la muerte. Esta pequeña nota parecerá un artículo de autoayuda; pero no, no lo es, señoras y señores, sino que trato de entrever la niñez en todos lados, quiero que resurja el niño que una vez fui, pues me esfuerzo por asombrarme de cada uno de los momentos que vivo y, asimismo, entender que la realidad no me muestra la muerte, al contrario: la esconde a través de una vida cansada y rutinaria. Así como dije al principio, nosotros callamos a la víctima para que no diga más, pues ¿para qué nos sirve el asombro de una existencia que nos lleva hacia la muerte en estos tiempos? ¿Nadie quiere responder? Bueno, pues un fragmento de Octavio Paz responde y cierra todo lo que trato de decir. Gracias.

 

“las máscaras podridas
que dividen al hombre de los hombres,
al hombre de sí mismo,
se derrumban
por un instante inmenso y vislumbramos
nuestra unidad perdida, el desamparo
que es ser hombres, la gloria que es ser hombres
y compartir el pan, el sol, la muerte,
el olvidado asombro de estar vivos”

 

Octavio Paz, Piedra de Sol

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s