“El Álbum” de Onetti: Imaginación y memoria

Leer a Juan Carlos Onetti es anegarse en un mundo de sensaciones punzantes y a la vez difusas, envueltas en un vaho que nos envicia con una furia sostenida. Tal es la profundidad con que su prosa involucra al lector, al punto en que las emociones de sus personajes se transfiguran en éste. Dicho efecto se debe, en parte, a un dominio cabal de la focalización interna: no solo estamos atentos a las introyecciones de sus personajes, sino que nos permeamos de su visión de mundo.

      En El álbum, Jorge Malabia es, con toda pureza, un joven engreído, inocente, con deseos difíciles de controlar; sin embargo, sus experiencias son de una universalidad apabullante. A mi parecer, esta habilidad narrativa sólo puede surgir de una comprensión total de las vidas humanas: de los lazos que se forjan solo para disolverse, del desengaño con el que, finalmente ensimismados, transitamos breves por la existencia. Los relatos de Onetti parecieran estar hechos de la misma materia que los sueños, situándose también en esa temporalidad: la de los acontecimientos que pueden tocarse sólo con la memoria, cuyo principio y final están siempre desdibujados.

    Historias como El álbum se cuestionan cuánto de la realidad podemos verdaderamente palpar, cuánto de lo que constituye nuestra identidad es más bien una ficción. En las siguientes líneas, comentaré los temas de la imaginación y la realidad en el cuento, cuyo discurrir acaba difuminando el vínculo aparentemente antitético entre ambos.

    Onetti proporciona el escenario idóneo para estas reflexiones al situarnos justo en el límite de la adolescencia del narrador. En el cuento, Jorge Malabia, habitante de Santa María, mantiene una relación fugaz con una mujer mayor que está de paso por la ciudad. Además de la compañía física, que “acalla su hambre”, Malabia disfruta escuchar las anécdotas sobre viajes al extranjero que la mujer inventa. Al final del relato, ella abandona la ciudad y deja un baúl con fotografías que corroboran sus viajes, revelándole al protagonista que sus historias siempre fueron verdaderas.

    La relación entre imaginación y realidad se presenta desde el inicio del cuento, cuando Jorge se sienta en el muelle a esperar a la mujer e imagina los artículos de opinión que su padre podría estar escribiendo:

“Una medida inconsulta, aprobada en forma inexplicable por la autoridad que nos rige, acaba de autorizar la entrada de veintisiete y medio bushels de trigo por el puerto de Santa María. Con la misma independencia de criterio que hemos puesto en juego para aplaudir la obra que lleva realizada el nuevo Concejo, debemos hoy alzar condenatoria nuestra voz insospechable”.

    En esta parte leo una comprobación de lo sencillo que resulta guiar la opinión de todo un pueblo, con francas exageraciones que solo se validan por el hecho de estar en un periódico. Algo similar se aprecia en la fascinación que siente Jorge por los folletos promocionales que acompañan las medicinas del viajante, en su “estilo impersonal, a veces oscuro, mesuradamente optimista”. El lenguaje tiene el poder de moldear la óptica con que percibimos lo que nos rodea, y no por acompañar la venta de una medicina o imprimirse en un periódico deja de ser, por lo menos, un poco ficticio. De la misma manera, el relato que estamos leyendo pareciera ser a momentos real.

    El primer indicio del tema principal del cuento, el crecimiento, se muestra cuando Jorge deja a su amigo en estado de confusión y camina hacia el puerto, “suponiendo un olor de jazmines” y descubriendo “entreparándome, que ya tenía un pasado”. Una de las señales de la adultez es forjarse un pasado a través de los recuerdos, y aunque pocas veces dudamos de la veracidad de las vivencias, hay, de hecho, mucho de ficción en el acto de memoria; tener un pasado es saber unir fragmentos sueltos en una continuidad que le dé sentido a quienes somos ahora. ¿Qué tan distinta de ello es este relato, que se escribió en algún momento del pasado y que, al ser leído ahora, crea presente?

    Somos, finalmente, seres de memoria; vivimos de las historias que creamos sobre nosotros mismos. Sin embargo, parte de lo que se entiende tradicionalmente por crecer es dejar a un lado los cuentos y abandonar la credulidad. Eso es justamente lo que más teme el narrador cuando llega el momento de alejarse de la mujer: “No miedo a la soledad; miedo a la pérdida de una soledad que yo había habitado con una sensación de poder, con una clase de ventura que los días no podrían ya nunca darme ni compensar”. Expuesto a los relatos de Carmen, en el miedo de dejar de oírlos, Malabia empieza a concebir verdaderamente la soledad de existir. Es al encontrarse con estas anécdotas siempre cambiantes que el mundo “real” comienza a desteñirse. Al contrario de ellas, la vida –la muerte prolongada– es siempre la misma.

    Al ver a Carmen con otro hombre, Jorge no tarda en indagar acerca de la crueldad de existir en el mundo, de crecer en él, pues las dos únicas opciones que tenemos son: “la soledad nocturna, en el agua o a su orilla”, que nos ofrece el recuerdo y un voluntario futuro; y “la noche de la llanura”, en la que nos encontramos mismos, totalmente solos en el presente.

    Con todo, el protagonista se adecúa rápidamente a su adultez. En su último encuentro con Carmen, él escucha sus historias con una incredulidad intransigente, con una “hastiada madurez” que lo lleva a “reorganizar rápidamente [su] confianza en la imbecilidad del mundo”. Lo verdaderamente difícil para él será lidiar con la vuelta de tuerca que concluye el cuento: en vez de sentirse contento de que las anécdotas tuvieran algo de verdadero, esta realización las “infama”. No es complicado comprender esta reacción: después de todo, fijar memorias en un álbum de fotografías es de cierta manera matarlas y congelarlas en la realidad que a Jorge le resulta tan insoportable.

    El álbum explora cuánto de lo que creemos de nosotros mismos y de las relaciones que sostenemos con los demás es justamente eso: un artificio, una invención. La realidad del mundo que percibe Jorge sólo cuando se expone a la ficción es la misma que sentimos al encontrarnos por primera vez con la literatura. Ella desoculta el vínculo invisible que une lo ficticio con lo real, lo indistinguible de ambos. Ciertamente, crecer es entrar al “maloliente mundo de los adultos”, abandonarse a la incredulidad y madurar la desconfianza. A pesar de ello, es imposible separarse de la ficción y la imaginación. No solo están irremediablemente atadas a lo que somos, son lo único que puede hacer tolerable la existencia.

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