La inspiración es una farsa y tú también

Bajo la nueva administración de la diversión, escribir narrativa se convierte en una forma de adentrarte en ti mismo e iluminar esas mismas cosas que no querías ni ver ni que nadie más viera…

David Foster Wallace, “La naturaleza de la diversión”.

Querido lector, esta vez escribo sin un gramo de inspiración y a continuación le diré por qué. Semana a semana me siento a escribir sobre cosas que me gustan, el mundo geek y pop que más que gustarme me da confort porque con esas notas quedo bien conmigo y con los nulos lectores que tengo. Ver una película o serie y reseñarla me es muy fácil porque estoy acostumbrado a ello, pero he dejado atrás tantas ideas que tenía para esta columna que esta semana decidí en hablar sobre eso. Pocas veces en el día reflexionamos a dónde se van las mejores ideas que tenemos. Por ejemplo, siempre pensé escribir una novela que Ray Bradbury ya había hecho un ciclo de cuentos, El hombre ilustrado. Era un poco diferente, más en esencia era lo mismo. ¿A dónde fue esa idea? La dejé ir porque la pensé inútil, hasta hace unos días la volví a tener en mente. Puede que mi inspiración para escribir esa novela nunca regrese luego de ver un ejercicio similar, sin embargo dentro de mí se queda ese recuerdo de la inspiración inicial que no cambiaría nunca. Desde mi punto de vista esa idea era original y punto.

Para ejemplificar de otra manera, recordemos la primera vez que nos enamoramos, en esos momentos en los cuales nos vimos fascinados por un mundo nuevo y que parecía eterno en lo más profundo de nuestra mente: cartas, regalos, el compartir música y lo más especial de todo era que conocíamos una conexión distinta con las personas –una relación diferente a la familiar, fraternal o amistosa. El mundo era nuestro. Para algunos quizá esa siga siendo su realidad y otros simplemente pasamos de esa etapa que nos hizo felices como nunca y nos acostumbró al tormento de vivir. Puede que los motivos de la ruptura sean diversos, pero el devenir es el mismo: con el paso del tiempo las relaciones y las personas somos menos de esa chispa que inspiró al primer amor. Esto se relaciona directamente con qué tanto disfrutamos estar con una persona y compartir una misma vida, porque la diversión siempre se pierde con el tiempo y sólo quedará la costumbre. Algo similar sucede con la inspiración a la hora de escribir, los golpes del tiempo nos hacen sentir fríos y lejanos con nosotros mismos. El miedo y la duda surgen: escribir también es temer. “¿Por qué esta idea era tan buena en mi mente y ahora ya no lo es?”. Claro que para ese momento la mente estará ocupada por la inspiración ajena: los grandes proyectos que nuestros amigos prometen mostrarnos pero nunca escriben –similar a los jóvenes colegas meramente académicos que presumen comprender a un complicado teórico europeo, sabemos que mienten.

La diversión ha desaparecido, las ideas parecen muy lejanas a ese yo perfeccionado, y vienen más problemas en México. “¿Viste que fulanito ganó el premio tal?”, “¿Te contaron que tal apareció en una antología de la editorial tal?”… Este problema de ego y el difícil acceso a la publicación –claro que conozco a muchos veinteañeros que creen firmemente que deben ser publicados por Alfaguara o Anagrama por su puro talento– hacen que la inspiración se vuelva mecánica. La escritura pasa a ser una máquina de ideas contaminadas por amigos y muchas veces se busca que nuestras ideas sean similares o agraden a los círculos en los que convivimos. ¿Qué no los lectores son los que tienen que volver a un autor porque contrastan con sus ideas? ¡Cierto! Cuando somos jóvenes –emergentes nos llaman– tenemos que hacer contrario: además de no cobrar, tenemos que caer bien a nuestros contemporáneos y a los que nos llevan algunos años. Ya después podremos pensar en la crítica –unos cuates.

Entonces la inspiración se convierte en un fantasma y nosotros somos el muerto. Nadie nos tira mariposas amarillas, ni cantan las canciones que escribimos, ni nos ponen un moño negro en Gandhi. Al final, luego de todas estas fases, tenemos que entender que necesitamos disfrutar aunque nosotros queramos ser amargados y reconocidos. Porque escribir también tiene que ser disfrutar, porque nadie nos pagará y pocos nos leerán pero sabremos que lo hicimos. Porque somos una generación que lamentablemente se considera nostálgica por no saber disfrutar.

 

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