En defensa de Murakami

Cerca de mis 17 años, una edad difusa en el presente, me topé con el gordito bonachón de Pepe Gordon en una cápsula de Televisa. Imaginantes*. Nos hemos cruzado alguna vez con una persona… Casi de inmediato emprendí la búsqueda de aquel autor japonés. Tardé un par de semanas en enterarme que el cuento al que refería la cápsula estaba en un libro que aún no había sido traducido al español. Intenté leerlo, pero desistí. Tuve que conformarme con comprar un ejemplar del único libro que tenían de él: Sputnik, mi amor. Recuerdo bien que fue cerca de la página 24, en un fragmento que narraba detalladamente la masturbación de un personaje femenino, que tuve mi primera erección originada de una lectura. No pude soltar el libro hasta el terminarlo.

Mucho tiempo ha pasado desde entonces. Muchas lecturas y muchas erecciones. Se acercará Octubre, y con él las decenas de memes que se mofan de los nombres que año con año son relacionados con el premio Nobel. Murakami incluido. Y seguramente la Academia Sueca de las Artes elegirá a alguna extravagancia, que funja como patada en los huevos a los académicos, críticos, pero no a las editoriales. Y año con año, como ha sido desde hace casi siete años, cuando sea develado el ganador, se volcará a la burla de Murakami. Sin saber que lo que menos quiere aquel hombrecillo es tener los reflectores mundiales en su cara. Teme a la atención. Y no lo digo yo, lo dicen las pocas entrevistas que ha dado, su ausencia en los galardones ganados, Wikipedia y un par de textos suyos medianamente autobiográficos.

Murakami quiebra cuando se le aprecia por oposición. Claro que a comparación de autores como Mishima, Kawabata, Dazai y Oe, no desarrolla una profundidad de la condición humana. Sin embargo, gran parte de sus textos exploran de un modo único los roles de relaciones familiares, de amistad y romance con claridad y soltura. La narrativa de Murakami goza de una ligereza difícil de imitar. Cuando uno baja la guarda intelectual y se deja ir por la lectura, aparece la sutileza de sus expresiones cortas que suelen englobar momentos del texto.

En gran parte el éxito de su literatura, y en específico de sus personajes, es su apelar al vacío de la identidad del ser humano en occidente; porque su literatura está hecha para occidente. La gran mayoría de sus personajes gozan de una individualidad única que se hace expresa en el mundo de sus narraciones. Aunado a esto, las situaciones que se originan a lo largo de la trama suelen ser entretenidas, siempre y cuando no se sobreanalicen.

Muchas ocasiones la crítica se centra en su mundanidad y el enfoque banal que le da a las reflexiones originadas en los narradores de sus obras. Y sí, quizá no llegue a profundidad implícita de Dostoievski o Tolstoi, pero llegamos a captar lo superfluo de la cotidianidad cuando se orienta a la reflexión.

A mi parecer, el conflicto principal de Murakami, al menos para el mercado hispanoamericano, es la saturación de sus textos. Tusquets se ha encargado de abarrotar con miles de ejemplares todas las librerías posibles. Al grado de diseñar paquetes con tres distintos libros para lograr acabar sus existencias. Y esto aunado a la continua publicación anual de otro título, ya sea nuevo o no traducido, agrava el asunto.

Hay demasiados argumentos en el aire que son recurrentes cuando sale su nombre en cualquier charla literaria. Finales fofos, personajes predecibles, misterio y surrealismo barato, inverosimilitudes, tramas absurdas. Y de boca en boca, para quienes no lo hayan leído, se van repitiendo los mismos argumentos. Y parafraseando a Abe Simpson: Murakami no es surrealista. Podrá ser predecible, inverosímil, absurdo, surrealista, pero nunca una estrella de porno.

El gran conflicto de su apreciación es la lectura intelectualoide y pretenciosa con el que muchos de los lectores usan para adentrarse en sus textos. Desde una perspectiva personal, tengo un gran aprecio por su literatura, pero soy consciente de sus limitaciones. Su obra es un gran acierto para quienes se adentran a una edad juvenil en la literatura (por el dinamismo), pero un gran desacierto para quienes buscan elevarlo de grado en la escala de calidad literaria. Y un gran error si la Academia Sueca termina por darle el Nobel. Estoy seguro de que ello no ocurrirá.

 

Ángel Godínez Serrano (Ciudad de México, 1992)
Demonio folklórico.
Un niño jugando a todo lo que puede antes de morir.
IG: @angel.god.ser
TW: @AngelGodSer

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