Ser niña de pueblo

Nací en una ciudad/pueblo de Veracruz. Hablo del estado, claro, no de la ciudad. Nunca tuve acento, ni hablé como los del puerto, no me comía las eses, ni entendía todos los albures. No entendía por qué para ser “jarocho” había que ser del puerto, ni por qué decían que los de Orizaba hablábamos como poblanos. Pero sobre todo, nunca entendí por qué todo el mundo odiaba ser de “pueblo”.

Recuerdo que había una constante alusión peyorativa a los municipios aledaños a Orizaba al nombrarlos con ese sustantivo “degradante” de pueblo. Nadie quería ser de pueblo, todos querían ir a Córdoba a la única plaza comercial de la región, comprar en tiendas trasnacionales, pasearse entre escaparates y codearse con gente nais. Orizaba en ese entonces aún era una ciudad/pueblo, con algunos supermercados nacionales, pero cero tiendas cul.

Tras cada fin de semana alguien en la escuela presumía haber ido al puerto o a Córdoba a comprarse algo o a hacer algo realmente interesante. Todos siempre miraban con asombro y al menos alguien remataba con una aseveración cruel: odio esta ciudad, ¡nunca hay nada que hacer! El constante deseo de largarse de esa “ciudad aburrida” para no volver jamás, invadía los corazones pubertos como un virus altamente contagioso. Ya en pleno apogeo de la adolescencia, la frustración por la poca actividad en las ciudades-pueblo rayaba en la exageración y terminaba por convertirse en un hastío inexplicable, que nunca cuajaba en nada, todos seguían ahí , sin un plan de acción y sin verdaderos ánimos de marcharse, sólo quedaban las quejas vacías y las caras largas.

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Yo me mudé de mi ciudad/pueblo cuando tenía dieciocho años, me fui a otro Estado y a otra ciudad, pero en definitiva no me sentí mejor, ni logré que ese vago e inconsciente sentimiento de rechazo por la vida de la ciudad chiquita de donde venía se muriera con mi nueva vida más “cosmopolita”. Al contrario, a través de muchas cosas que viví me di cuenta que para la gente en general yo no era  más que una niña de pueblo, algo ingenua, algo ignorante, algo confiada, algo “pueblerina” y claro que sentía vergüenza, cuando mis acciones o mis preguntas me delataban como un ser “inferior”, proveniente de un medio menos “civilizado”.

Recuerdo ahora la burla nacional que hicieron a Tlaxcala por no tener escaleras eléctricas y la indignación de muchos de sus habitantes por defender que ya existían antes de todo el borlote, pero muy pocos defendieron lo verdaderamente importante del asunto: ¿por qué sus habitantes debían sentir culpa o vergüenza por carecer de un objeto que fuera sinónimo de “progreso” y “civilización” en su estado? Hasta ese momento pensé en toda la vergüenza silenciosa que yo pasé el primer año que viví lejos de mi casa, todas las cosas que me parecieron nuevas y a las que me adapté, las cosas  sobre mi ciudad y mi vida ahí que si bien no ocultaba, prefería no hablar del tema.

En estos tres años que he vivido lejos de mi lugar de origen todo ha cambiado, la gente, la ciudad, las dinámicas y las políticas, porque la ciudad se convirtió en un “Pueblo Mágico”, el Pueblo Mágico se convirtió en una ciudad intolerante y elitista, sus habitantes desataron todo el odio que tenían guardado y se sintieron con el derecho de crear políticas para correr con violencia a los que venían de un verdadero pueblo y finalmente olvidaron, que todos, en algún momento de nuestras vidas, seremos esos niños de pueblo, ignorantes y menos “civilizados” ante los ojos de alguien que con odio y rencor nos señalará con el dedo y nos echará a patadas sin tentarse el corazón.

Alguien una vez me dijo que si eras de un lugar en donde lo más alto que había era la torre de la catedral, definitivamente eras de un pueblo. Yo me avergoncé por ese entonces, a tal grado que ante sus carcajadas burlonas yo no hice más que decir un tímido, pues sí. Ahora sin pena puedo decirle que sí, soy una niña de pueblo que no supo lo que era un Té Chai hasta que tenía diecinueve años, que nunca había estado en un Starbucks hasta los veinte y que nunca se acostumbrará al tráfico, los recorridos de más de media hora adentro de una ciudad ni a que las personas no le contesten el saludo en la mañana. Yo sé que es verdad: uno se va de los pueblos, pero los pueblos nunca se van de uno.

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