Patria y azar

No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos, cierta gente,
puertos, bosques, desiertos, fortalezas,
varias figuras de su historia,
montañas
y tres o cuatro ríos.

José Emilio Pacheco – Alta traición.

 

Ya pisamos septiembre. En algunos lados ha aparecido, en otros está por aparecer, aquel patriotismo de tequila, pozole y cohetes (cuetes para los cuates). Aquel sentimiento que surge a mediados de agosto, llega a su clímax el 15 y 16 de septiembre y desaparece con las calles atiborradas de papel con aroma a pólvora quemada, acidez-indigestión-reflujo y un ridículo desfile militar.

Me cuesta trabajo defender a una nación tercermundista, sumida en crisis económica desde antes de que yo naciera, con una historia de bandidos empoderados, con un pueblo ignorante hasta el tuétano y sumidos en la cultura de la corrupción; que aun así es un noble paraíso perdido en sí mismo. Quizá sea imposible defender a un ente tan complejo y extraño como puede llegar a ser una noción de patria: un monstruo etéreo y multiforme de belleza e imposibilidad que se mantiene en una eterna inercia hacía ninguna parte.

Sería erróneo de mi parte que mi argumento principal fuese apelar a un azar ontológico para no defender un fragmento de esa otredad reconocida en nosotros que es la patria. En un siglo donde ya no pertenecemos a nada, donde todos somos parias y la única certeza que existe es que somos hijos de nuestros padres.

Ya no estamos para historias ficticias, oficiales y verdades históricas. Para desfiles, protocolos, símbolos patrios. Mucho menos para lanzarnos ciegamente sobre una idea nacionalista de un país hecho a base de simulaciones.

Cada quién, con su propia historia y sus personas, es su patria.

Quizá lo mejor sea ese nacionalismo de a pie. Fragmentado. Ese orgullo de olimpiadas y mentadas de madre en el fútbol. Aquella hipocresía de repetir incansablemente perjurios contra la nación, pero indignarse cuando algún extranjero se atreve a decir algo. Cuando uno lo piensa con detenimiento, la noción de patria es más y menos que todo eso. Más que una bandera hondeando en la azotea, menos que un escudo nacional en una patrulla judicial, más que los honores a los símbolos patrios todos los lunes, menos que un comercial gubernamental puesto en cadena nacional con la intención de cambiar la percepción ante la incapacidad de un gobernante para llevar un país con decoro.

Para ser breve: somos azar. Un azar conformado de un puñado de personas, una lista de sitios que han marcado nuestras vidas, un cúmulo inexacto de recuerdos que en 100 años serán silencio y toda la cultura a la que la posmodernidad nos de acceso.

Quizá sostener un nacionalismo decimonónico en pleno siglo XXI sea algo imposible, pero es aún más absurdo querer defender lo indefendible. Lo más sano es abrazar lo conveniente y admirable de la patria, sin enceguecer aquello que lacera desde las entrañas.

 

Ángel Godínez Serrano (Ciudad de México, 1992)
Demonio folklórico.
Un niño jugando a todo lo que puede antes de morir.
IG: @angel.god.ser
TW: @AngelGodSer

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