¿”La agua” o “el agua”?

A todos, en alguna ocasión, nuestros padres o abuelos nos reprendieron por decir palabras, expresiones u oraciones lingüísticamente “incorrectas”. En mi caso, mi abuelo me amonestó en una ocasión por emitir el conjunto de palabras “la agua”, pues argumentaban que lo correcto debía ser “el agua”. Claro que, como observaba a mi abuelo como figura de autoridad, jamás me pareció cuestionable dicha afirmación. Si ahora lo pienso y partiendo desde la concordancia de género, la frase “la agua” no contiene nada extraño: el artículo definido “la” es femenino y el sustantivo “agua” también pertenece al género antes mencionado, entonces ¿por qué insisten en que digamos “el agua”?  

     En primera instancia, hay que dejar clara la terminología que utilizaremos en el presente texto. Los artículos se dividen en dos tipos: artículos definidos (la, el, las, los) y artículos indefinidos (una, un, unas, unos). Los artículos son aquellas diminutas palabras que utilizamos al lado de otras palabras que se encargan de señalar objetos, personas, animales, países y hasta conceptos que no podemos tocar, como sería “amor”, estas otras palabras son conocidas como “sustantivos”. Así, cuando nosotros decimos “el corazón” nos topamos con un artículo definido masculino y un sustantivo masculino.

     Todos decimos “el agua”, “el águila” y “el hambre”. Mucho tal vez no sabemos que “agua”, “águila y “hambre” son sustantivos femeninos, a los que les agregamos ese artículo masculino “el”. Es cuestionable la reproducción de dichos conjuntos de palabras, puesto que parecería un “error” garrafal cuando desmenuzamos de esta manera esas composiciones, sin embargo, podría no ser un hecho tan raro como aparenta.

interlocutores

     No es un hecho contemporáneo, la utilización de “el agua”, mas sí se ha manifestado de manera más asidua en nuestra actualidad. “El agua” ha sido usado por grandes gramáticos como Antonio de Nebrija o Juan de Valdés, quien mediante sus obras de gramática trataron de homogeneizar el uso de estos conjuntos de palabras que hemos estado abordado. El porqué decimos “el agua” en lugar de “el agua” se reduciría a lo siguiente: las personas instruidas, al observar que en “la agua” existía la repetición de una misma vocal, decidieron utilizar un artículo masculino, y así evitar la cacofonía inmediata.

     Aun cuando muchos argumentaron por arriesgarse a emplear una “l” y una apóstrofe (Ej. L’agua”), como sucede en lenguas como el francés, el portugués y el catalán, hubo un mayor rechazo por parte de los gramáticos a este tipo de construcciones sintácticas. Lo mismo sucedió con los artículos indefinidos en singular (una, un), los cuales fueron apocopados, es decir, eliminaban la vocal final que indicaba el género femenino esos artículos, o sea, si por ejemplo alguien escribía “una agua” después decidía cambiar a “un agua” para evitar la repetición de sonido aludida.

      Claro que existieron personas que, arraigadas a la tradición latina, prefirieron seguir usando  “la agua” como una forma de expresión que consideraban “correcta”. En la actualidad, ya casi nadie decide utilizar “la agua”, pues las academias de la lengua han seguido el legado de forjó Nebrija. ¿Qué nos diferencia de las otras lenguas neolatinas? El rechazo a la apóstrofe. ¿Qué nos vincula, en el presente caso, con éstas? La continua búsqueda de la “pulcritud” en nuestro idioma.

     Si mi abuelo me corrigiera nuevamente, más allá de seguir el mismo patrón incuestionable, preferiría explicarle por qué ambas formas (“la agua” y “el agua”) funcionan, asimismo le mostraría qué es lo que las hace diferentes, al fin y al cabo, ambas construcciones son comprensibles y me permiten comunicarme con mi entorno, el cual, así como las estandarizaciones ortográficas que trasladamos al habla, puede marchitarse en un imprevisible instante.

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