Decir, pensar, imaginar el dolor

a los que lo han perdido todo,
a los que buscan un remanso,
a los que han ayudado
porque no se han rendido

a Isaí E., in memoriam

Advertencia: Este artículo no estaba planeado. Originalmente iba a ser publicado otro que no tiene ya mucha importancia, y a raíz del cúmulo de eventos que han acontecido estas dos semanas en México pensé (léase también: sentí) que era más pertinente escribir sobre algo que a todos nos está afectando: el dolor. Aunque no por ello quiero que piensen que se trata de un texto terapéutico, pues no estoy capacitado para eso, pero sí es uno que podría ayudar a dimensionar la existencia del dolor, del de cada uno de nosotros, del nuestro.

1. El dolor mío no es más ni menos que el de nadie

Es redundante decir que nosotros conocemos lo que es el dolor únicamente mediante la experiencia personal. No hay otra forma de conocerlo, de que nos lo hagan entender. No obstante, casi nunca reparamos en la idea de que, a partir de este evento individual, ninguna otra persona puede saber exactamente lo que siento. Es por ello que hay que subrayar, sin temor a equivocarnos, que no hay persona alguna en la tierra que nos pueda decir que nuestro dolor es mayor o menor al de cualquier otra. Y en caso de que eso sucediera, partiría de un supuesto totalmente falso, equivocado… ignorante sería la palabra adecuada.

2. Compararnos con las desgracias ajenas no debe ser reconfortante: ¿por qué lo sería?

Es común que escuchemos a un amigo, familiar o (des)conocido que nos diga: “Pero mira, hay gente que está en peores condiciones que tú, eso lo tendrías que agradecer”. Al pronunciar estas palabras, que por cierto detesto inmensamente, me pregunto: ¿por qué carajos debo compararme con el dolor ajeno para sentirme mejor?, ¿cuál es mi idea de eticidad al articular semejante estupidez?, ¿acaso la existencia de un dolor “peor” que el mío debe ayudarme a no sentir dolor? Siempre se me ha hecho una trampa moral, porque pensar que es cierto que debo sentirme agradecido por no estar igual de jodido que otros, por un lado me aprovecho del dolor ajeno (el cual sólo imagino) para sentirme mejor, y por el otro, evita que sienta empatía, es decir, me vuelve in-dolente, algo que considero abominable en estas situaciones.

3. Decir mi dolor es hacer que el otro recuerde uno que imagina similar al mío

Cuando comparto una experiencia doliente a un amigo o familiar, esta persona no puede saber cómo es mi dolor, sólo puede recordar una experiencia similiar (la suya), un dolor similar (el suyo) e inmediatamente intentar entender mi dolor ayudándose con la imaginación. Wittgenstein lo deja muy claro en sus Investigaciones filosóficas: oír que a alguien le duele algo no es como cambiar de recordar un dolor en la pierna a recordar un dolor en el brazo, es decir, no implica cambiar de lugar el dolor sino realizar otra operación que se vuelve imposible: sentir -con el significado más pleno de esta palabra- el dolor del otro.

“Un ojo ve los sentimientos del otro”.

4. Decir mi dolor es hacer que el otro llegue al límite de su imaginación y pensamiento

En efecto. Tomemos un clásico ejemplo: les preguntamos a nuestras amigas o a nuestra pareja que nos describan el dolor de un cólico, lo intentan, no podemos -como hombres- imaginarlo: fallamos en el intento. ¿Qué hacemos? Tomamos algo que creemos equivalente: una patada en los testículos. Intentamos describir lo que se siente. No hay punto de equiparación: tanto las mujeres como los hombres llegamos a un punto en que nuestra imaginación no puede imaginar ese dolor específico; ahí nuestro pensamiento topa con pared y no podemos formular más que pálidos esbozos de comprensión.
Por un lado son cuestiones físicas las que nos lo impiden, y es válida la objeción, pero por el otro lado piensen en la reacción y comentarios de aquellos a quienes les han dicho sobre su dolor, digamos, una caída: ustedes dirán “Mi dolor fue así”, y la otra persona dirá “Sí, más o menos, en mi caso el dolor fue asá”. Tampoco hay punto de comparación.

5. El dolor es intransferible.

La experiencia del dolor es personal, nos permite imaginar y con-dolernos del dolor ajeno. De no ser así, estaríamos solos.

Y es un hecho que también nos duele. Wittgenstein reflexionaba que cada uno de nosotros, dentro de nuestra gramática, hacemos un uso específico del lenguaje, uno propio y uno colectivo. A estefenó meno lo llamó juegos del lenguaje (Sprachspiel). La gramática eran las reglas del juego a jugar, pero cada uno hace lo que quiere con esas reglas porque no nos explican cómo jugar el juego:t eso es algo que se aprende conforme se vive el mundo. De esta manera hacía manifiesto Wittgenstein que subyace en nosotros una extensión de nuestro cuerpo que puede generar muchísimas formas de realizar la comunicación. El problema, uno de los problemas, es que necesitamos crear un juego de lenguaje muy especial para transferir algo intransferible, en este caso el dolor. Y la posible salida a esto estaría en su teoría sobre los parecidos de familia (Familienähnlichkeiten): lo común a todos es la gramática (las reglas del juego) y a su articulación personal de esas reglas, por lo tanto, por más lejana que parezca el juego de lenguaje que use para decir mi enojo del de mi dolor, ahí está la intención de significar al otro lo que me está sucediendo. Ésta es la forma en como podemos evitar quedarnos en la soledad completa, aunque nunca de manera satisfactoria.

Con esta imagen incluso podemos rememorar el poema de Juan Villoro

6. ¿Con qué se mide el dolor? ¿Se puede medir?

Digamos que sólo personalmente uno sabe qué cosas causan más dolor que otras. Los demás pueden suponerlo, imaginarlo, intuirlo, pero sólo con respecto a ti mismo, porque con respecto a los demás no hay forma alguna de “medir la cantidad” de dolor que tú o ella o yo sentimos en tal o cual situación, con tal o cual cosa.

7. Yo no puedo decir mi dolor de manera tal que el otro no tenga que imaginárselo sino sentirlo: el dolor es un límite de los juegos del lenguaje, pero, por ello, expande las reglas del juego.

8. No existe un “afuera” del lenguaje: sólo podemos imaginarlo (igual con lenguje), sin embargo, el dolor no es fácilmente verbalizable: es un “afuera” de la idea de que no hay un “afuera” del lenguaje.

 

Nota: Los dos últimos parágrafes no tienen exposición porque aspiran a explicarse a sí mismos. Además, no habría manera de añadir más palabras a este tipo de silencios.

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