Contrastes

Para Lucía, por quién empecé a recordar

Mis abuelos maternos son del sur de Veracruz.

Mis abuelos paternos no sé exactamente si son de algún lugar.

El padre de mi abuelo materno fue un general porfirista que se retiró antes de la revolución, a trabajar la hacienda que el régimen del general oaxaqueño le dio, en Tetela.

El padre de mi abuelo paterno militó en todas las tropas revolucionarias habidas y por haber, se enlistó siendo un niño con los Carrancistas (¿qué hacían en Veracruz?) y de ahí militó con Zapatistas, Villistas y cualquiera que pagara mejor, porque la pobreza y el hambre no se quitan rezando, decía.

Mi abuelo materno fue el décimo segundo hijo de trece.

Mi abuelo paterno sólo tuvo un hermano.

La madre de mi abuelo materno tenía un abuelo francés, y una línea de descendencia europea muy clara, tenía una posición privilegiada en la sociedad de un pueblito de Veracruz y una educación refinada.

La madre de mi abuelo paterno era hija de un hacendado michoacano, pero su esposo la robó a punta de pistola, siendo que ella era una mujer que le doblaba en estatura y fuerza.

Mi abuelo materno se crió sin una madre, ya que murió al poco tiempo del parto de su último hijo.

Mi abuelo paterno vio morir a su madre cuando él tenía sesenta años.

Mi abuela materna nunca conoció a sus padres, se crió con un compadre de sus papás y su esposa, quienes tal vez nunca le dieron el amor que se merecía.

Mi abuela paterna no sabe de dónde son sus padres, cómo se conocieron o de dónde vienen, pero vivió con ellos toda su vida, vio morir a su padre a los ochenta y a su madre a los noventa y siete.

Mi abuela materna lo único que supo sobre sus padres es que eran del sur de Veracruz.

Mi abuela paterna es la única de sus hermanos que estudió una carrera técnica, es enfermera y aunque está jubilada y tiene ochenta y tres años, aún sabe poner inyecciones con los ojos cerrados.

Mi abuelo paterno nació en Guadalajara, en medio de alguna de las campañas militares en las que andaba su padre.

Mi abuelo materno nació en Cuichapa, Veracruz, tras haber huido del rancho que algún grupo revolucionario amenazaba con expropiar.

Mi abuela paterna nació con suerte, decía su madre.

Mi abuela materna nació por suerte, porque su madre no podía tener hijos.

Mis abuelos maternos fueron comerciantes; a mi abuela no la conocí, pues murió de cáncer mucho antes de que yo naciera, a mi abuelo sí, y lo conozco demasiado bien. Nunca sabré si fueron felices, las historias dicen que no.

Mis abuelos paternos fueron felices, estoy segura, mi abuelo toda su vida se dedicó al pequeño comercio, al cuidado de la casa y a la educación de sus hijos, mientras mi abuela trabajaba en el hospital; fueron felices, lo sé.

A mi abuelo paterno lo vi morir de diabetes.

A mi abuelo materno lo he visto al borde de la muerte en tres ocasiones, y a los noventa y tres años, luego de dos infartos y un derrame cerebral, aún quiere treparse a los árboles de mi casa.

A mi abuela materna sólo la conozco por las fotos y las historias de mi mamá.

A mi abuela paterna nunca la he visto llorar más que cuando el abuelo murió, porque como ella lo dice siempre, era el amor de su vida.

A mi abuelo materno le quitaron su casa.

A mi abuelo paterno le quitaron tres dedos.

A mi abuela materna cuentan que le quitaron los sueños de querer estudiar derecho en la UNAM y la casaron.

A mi abuela paterna la vida le quitó lo que más amaba: a su esposo.

Mi abuelo materno tuvo a una cerda negra a la que le puso “la Cumbia” porque luego de salvarla de una inundación, caminaba como si bailara, era una cerda negra preciosa, que mascaba piedras y te hacía cariñitos con la trompa cuando pasabas junto a ella.

Mi abuelo paterno cocinaba los domingos para sus seis hijos y sus familias, hasta que la diabetes ya no lo dejó; siempre olía a gardenias y hacía las mejores gelatinas de cajeta y sidra.

Ya no recuerdo la voz de mi abuelo paterno, su recuerdo se ha convertido en una foto estática en donde está sentado junto a mí en el festival de primavera del jardín de niños.

De mi abuela materna nunca tuve una voz que recordar.

A mi abuelo materno los recuerdos se le escapan, no importa cuánto los persiga, ellos corren más rápido que él y su lengua.

A mi abuela paterna los recuerdos se le enredan en las conversaciones y terminan tropezando con los familiares impacientes.

El camino a la tumba de mi abuela materna es un laberinto indescifrable hasta alcanzar una tumba de mosaico azul entre la maleza.

El recorrido a la sepultura de mi abuelo paterno es un pasillo largo y una lápida de pulido mosaico verde oscuro.

Nunca podría llegar a ambas tumbas sin ayuda de sus respectivos viudos.

Mi abuelo materno limpiaba la tumba de mi abuelo paterno porque le quedaba de camino a la de su esposa.

Mi abuela paterna ponía gardenias en la tumba de mi abuela materna porque eran sus flores favoritas.

Ellos nunca se hablaron. A penas si se conocieron.

Mi abuelo materno enterró a su último hermano hace tres semanas. Sólo quedábamos nosotros, me dijo por teléfono antes de evitar llorar con un silencio largo. Era cuatro años más joven que él.

Mi abuela paterna enterró a una de sus hermanas hace medio año. No lo supe hasta que volví al pueblo por vacaciones, no la vi llorar.

La muerte es un silencio frío, la muerte es un agujero por dentro. Dijeron.

Ellos dicen que llega una edad en la que la muerte te persigue. Y miran sus respectivos jardines. Y yo pienso que ellos al final, están más unidos de lo que si quiera se imaginan.

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