La ligera certeza de conocerse a sí mismo

A dos semanas de cumplir veinticinco años puedo afirmar algo con seguridad: no sé cómo he llegado tan lejos. Y no lo digo a la ligera. Las previsiones que tuve sobre mi porvenir llegaron hasta la preparatoria, y aquellas premoniciones que intentaron alejarse un poco más se fueron desdibujando rápidamente. He vivido y sentido más en el último año que en varios de los anteriores juntos. Quizá sea un buen momento para escribir cartas a mis tataranietos y guardarlas, para tomarme una foto semanalmente hasta cumplir los 101 años de edad, para dejarlo todo y seguir el camino del Dharma; aún tengo un par de semanas para decidirlo. Por lo pronto he de escribir algunas ligeras certezas en las que creo confiar.

  1. Todo está hecho de ciclos y etapas. Inician incógnitamente, desde una superficialidad engañosa, simulando ser algo mundano. Un sentimiento dominante, temporada creativa, un amor, proyecto fundacional, depresión, tiempo de gracia. Muy cercano a la conciencia de la existencia y el autorreconocimiento: no sabemos origen, pero nos encontramos a la deriva de un mundo físico. Hay que tener carácter para saber que lo cerrado no surge de nuevo.
  2. El mundo que habito no es ya el mundo en el que nací. Siempre volátil, cambiante. Jamás nos perteneció, pero todos le somos íntimamente. Tal vez el verdadero mundo se va encontrando conforme nos alejamos del suceso más traumático que todos hemos experimentado.
  3. El orgasmo no lo es todo. Siempre me ha cautivado la vergüenza que surge tras el sexo con alguien a quien no se le tiene cariño. Un sentimiento de desarraigo y extrañeza que provoca el desconcierto. Y en definitiva el mejor modo de identificar el enamoramiento. Un arma de dos filos: arrepentimiento o serenidad. Todo al primer pensamiento que nazca con el fin del orgasmo. Y lo tengo presente porque tras mi último orgasmo nació una ínfima necesidad de descubrimiento.
  4. (A veces) Hay más profundidad en la cotidianeidad que en una obra de Dostoievski. El simple hecho de dar un paso al vacío, de besar con toda la furia del interior, de olvidar un sueño de la infancia es profundidad. No se puede vivir todo el tiempo en ese estado, pero a veces es bueno revindicar las acciones. Las horas que una persona pasa frente a una computadora, haciendo labores que podrían calificar de tortura y tolerando el paso indolente de los días, todo para sobrellevar a una familia, son una proeza.
  5. El Diablo está en los detalles. La totalidad podría sonar tentadora. El formar parte de un halo absorbente que se apropia de nosotros. Pero siempre existirán las rebabas, esas ligeras cosas amorfas que terminan por viciar aquello amado. Personas, situaciones, lugares, acciones. Veámosle el lado amable… todo tiene un fin, aunque le temamos.
  6. Sabemos la respuesta a la pregunta… pero nos rehusamos a aceptarla. La autohipocresía no es una práctica moderna. Quizá se encuentre desde que fueron dibujándose los límites de la cuestión humana. Justo al lado del autocompadecerse y de la autodestrucción. En el fondo ya lo sabemos. Todo cuestionamiento es un enfrentamiento ante el reconocimiento. Miento, miento, miento. Pero no nos suele gustar lo que se encuentra, aunque terminemos por resignarnos a él.
  7. La mayor parte de todo es descontrol. No es necesariamente malo. Sí, incertidumbre es la palabra. Es mejor iniciar el trote y desligar el miedo del descontrol. Sin importar lo que pensemos así será, es la tendencia natural de lo relevante.
  8. La espiritualidad es más que tener un Iphone. Cuando preguntas al mundo por cualquier punto de trascendencia, éste responde: compra. Es quizá la incertidumbre la que nos aferra a un mundo materialmente efímero. Pero Dios, como referente medianamente ambiguo de espiritualidad, no está en el gasto. O al menos no debería de encontrarse allí todo el tiempo.
  9. El silencio reina todo. Shhhhh. Mejor cierra la boca y escucha.
  10. Sí, nos vamos a morir. Tarde o temprano. Es la única certeza. Pero en el lapso de ello podemos encontrarnos con momentos que hagan memorable el tiempo entre origen y destino.

 

Ángel Godínez Serrano (Ciudad de México, 1992)
Demonio folklórico.
Un niño jugando a todo lo que puede antes de morir.
IG: @angel.god.ser
TW: @AngelGodSer

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