En defensa de rayar y doblar la página

Recuerdo la primera vez que fui a la biblioteca de Andrés Henestrosa. Más de 60 mil libros reunidos. Revisé el risible número de 86. Todos estaban subrayados. Esto me confirma que lo dicho en el título debería ser una obviedad, casi una obligación: los lectores debemos doblar y rayar las páginas de nuestros libros. Me he encontrado, a lo largo de mi vida, con lectores voraces que, sorprendentemente, no lo hacen. Y no lo hacen por una creencia absurda, fetichista y purista de ver al libro como templo sagrado.

Cada que escucho opiniones de tipo “no rayo mis libros, mejor anoto todo en una libreta”, me da una risa inmensa. ¿Cómo puede ser posible que alguien no sienta el arrebato y la necesidad de subrayar con un lápiz una novela como, no sé, Crimen y Castigo? Hay libros que exigen ser rayados, doblados, desempastados, mojados y mordidos. El hecho de no hacerlo puedo comprenderlo muy bien: hay libros que son especiales, caros o difíciles de encontrar. Lo de ser mojados o mordidos puede no realizarse en esos casos, pero ¿no rayar los libros? ¿Qué barbaridad es esa no de hacerlo? Rayar implica vivir, estudiar, confortar, pelear, debatir, estar de acuerdo, conmoverte con el texto. Representa la posibilidad de apertura, de libertad del lector. Según Cortázar, él no podía escribir sin un lápiz a la mano, y eso debería ser así. El subrayar implica dialogar con el libro. Y si la literatura es algo, es diálogo.

¿Y qué pasa si no hay lápiz a la mano? ¡Dobla la hoja! Seguramente muchos ya estarán diciendo “¿Cómo crees? Los libros no se doblan”. Los libros se leen, se viven, se convive con ellos. Doblar la página es un acto de libertad, un acto de apropiación de lo nuestro, de lo que nos gusta, nos conmueve y, en muchísimos sentidos, de lo que nos forma. Las frases, oraciones y versos que nos encantan, son como tatuajes en la mente. Lamentablemente ésta es falaz. Por esta razón surge la necesidad de subrayar y doblar, para no olvidar nunca eso que nos conforma, pues, parafraseando a Henestrosa, somos lo que subrayamos.

En la biblioteca personal de Cortázar*, se pueden encontrar un montón de libros comentados, rayados y anotados por el cuentista. Regresamos a lo mismo: libros apropiados. Somos lo que nos gusta y también lo que no. Se hayan libros como Paradiso de Lezama Lima con notas al lado del texto que dicen “Cursi”, Poesía completa de Vallejo, entre otros. Biblioteca y libros más vividos por el lector, más apropiados, menos idolatrados, menos idealizados.

Dejemos ya la idealización a los libros. Éstos no son, a la manera de fotos de santos en las Iglesias, objetos de culto, sino objetos de encuentro, de diálogo. Todo lo dicho aplica únicamente cuando los libros son propios, no para los de bibliotecas públicas. O tal vez no. Tal vez esos libros también deban ser rayados. Tantas notas buenas y post-it olvidados han ayudado a los siguientes lectores. Encuentro y diálogo habitan esa hoja doblada y/o subrayada.

* https://cvc.cervantes.es/literatura/libros_cortazar/libros_anotados.htm

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Israel dice:

    Amén.
    Escribir es comunicar. El libro plasma los contenidos que comparte el emisor. Pero la comunicación no existe sin el receptor, en este caso el lector.
    Y la comunicación se enriquece en la medida en que participa el receptor, en que hace suyo el mensaje, lo interpreta, lo transforma. Interactuar con el libro enriquece todo el proceso. Los libros no tienen que estar en una urna: hay que manosearlos, anotarlos, subrayarlos, porque eso no es faltarles el respeto, al contrario, es darles vida.
    ¿Que demonios hace un libro en una estantería? ¡Languidecer! Es algo que se creo con un solo fin: transmitir. Ser leído. Ser tocado, rayado, sobado, pasar de mano en mano y hasta servir para escribir la lista de la compra.
    Para decorar ya venden cositas en el Ikea. Los libros merecen vivir.

  2. ¡Genial! También soy partidaria de rayar, doblar y hasta de machar los libros, si es necesario.

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