AT W.

Las esferas de nieve caían una por una a la par del viento. La noche, cotidianamente oscura, sacudía aún más cada copo que desfallecía en lo diáfano del aire, copos que, sin ningún preámbulo de tiempo, sin dar espacio a la asimilación, se posaban sobre la acera de aquel espacio aún desconocido.

    Desde los ventanales del cálido cubo, se podía apreciar a la nevada abatirse en ascendencia. La manta blanca se divisaba desde una separación abismal, puesto que, a pesar de estar en un mismo territorio, existía una barrera que separaba aquella realidad externa, fría, con la realidad interna que resguardaba el calor, calor que se parecía al del hogar ya abandonado.

    Los recuerdos de casa resurgían, brotaban de manera fugaz, pero mientras se encontraban en mi pensamiento, no me percataba de la importancia que tenían éstos en aquel momento. La fascinación inexplicable por lo desconocido se hacía cada vez más clara, y mis pensamientos se concebían más turbios en el pequeño lapso en el que mi mirada se mantenía estupefacta e impaciente a la par de las de mis acompañantes. Cada uno a su forma asimilaba una vista hacía lo extranjero de la nieve, hacía las huellas que se encontraban en ésta, y que evidenciaban la presencia real de algo externo, algo más allá de la línea que significaban los portones, donde la calefacción no era posible y la despreocupación no estaba en primera instancia.

    Se finalizó el tiempo en el cubo, tiempo que no fue establecido, y que carecía de premeditación, tiempo que alargó más la desconfianza que existía entre el ser (nosotros) y la exterioridad, de forma racional. Sin más prolegómenos impregnados de ontología innecesaria, nos sentíamos hundidos en una nieve casi espiritual, inmaculada, aun cuando no habíamos arribado todavía a la parte de afuera.

    Ambas piernas se movían de forma connatural, cada una a su tiempo, primero la izquierda, en seguida la derecha… Left, right, left, right, pensaba, y estos términos estaban ya posados en el circular de mi mente. Sin análisis de lo anterior, ni pensamientos más profundos que los pasados me encontraba de manera definitiva en el exterior, con la ausencia de ideas quiméricas. Cada gota del pasmo precedente se iba desvaneciendo, mientras cada pie dejaba una huella ridícula en la gruesa capa de nieve. El frío traspasaba la ligera suela de mi calzado, y mientras más huellas dejaba, era mayor el frío que mis pies pronosticaban. Tal como meteorólogo televisivo mis pies presentían como un presagio claro o infalible destino griego, lo intolerable del actual clima.

    La dirección estaba definida, nos encaminábamos al tren, para que un vagón de éste nos dirigiera hacía una estación de autobuses, donde un camión cualquiera nos conduciría a nuestra parada final. Todo era supuesto, todo era premeditado, pero no dejaba de ser un cúmulo pensamientos sin realización.

    Nos condujimos hacía el vagón indicado a la hora no indicada. El retraso en los tiempos acordados se hacía presente por medio de desasosiego, el cual nos condujo al abandono de uno de nuestros compañeros en el cubo, bajo la calefacción de la irrealidad. Eran un poco más de las siete y media, nuestra espera, impaciente. Subimos al vagón cuando éste estuvo delante de nosotros y nos sentamos de forma usual en los taburetes disponibles. Llegamos a la estación de autobuses y nos dirigimos a paso concebible pero presuroso a la espera del camión que llegaría en unos cuantos minutos, según se veía impreso en nuestro boleto ya adquirido. El frío descendía sin previo aviso, las esferas de nieve cada vez eran de mayor magnitud y la oleada de brisa incrementaba de manera inconmensurable. El camión que nos transportaría no se veía próximo, y los minutos seguían dando su paso…. Entonces me percaté que nos encontrábamos en un punto, juntos, con las extremidades congeladas, y sin persona alguna que tuviera un rostro afable y de beneficencia. La única palabra que circulaba por mi cabeza: hipotermia.

    En medio de una lámina blanca una marca negra se divisaba: éramos nosotros. En la plenitud de nuestra desesperación nos veíamos con la urgencia de solicitar un milagro al creador o lo que sea que fuese. Los aparatos electrónicos contenían poca batería, con la cual se realizaban llamadas específicas que disfrazaban bien nuestra interna e indudable exasperación. Cada llamada significaba esperanza, cada colgar telefónico me hacía sentir alejada de cualquier posibilidad de pasar aquella noche en un sitio cálido, confortable.

    Entre lo blanco del entorno, una luz amarilla penetró en nuestra vista, la luz avanzaba a la par de su camión, el cual, bajo señas nuestras, detuvo su paso normal para atender nuestra voz. Como milagro en medio de la nada, como agua en el más árido desierto, el autobús se encontraba no sólo atendiendo a nuestro llamado y respondiendo nuestras continuas preguntas, sino, que ofreció, sin esperar un pago monetario, su servicio de transportación hacía el mismo lugar del que habíamos salido unas horas atrás. Vi al chofer y vi al salvador.

    Tomó su posición el chofer, nosotros tomamos asiento. El girar de las ruedas sucumbía a mi descanso. Y mientras avanzábamos hacía Washington de forma cíclica, me pareció sentir el aire en mi cuerpo, el descanso de mis pies marchitos, puse atención minuciosa a mis movimientos… Nos alejábamos del frío invernal de una noche premeditada, para rondar nuevas experiencias grados bajo cero.

    Cada esfera continuaba en su declive, cada punto blanco contribuía aún a la lámina terrenal formada… Los letreros se veían contiguos, avisando así, nuestro paulatino acercamiento a la ciudad que se exponía iluminada, a kilómetros de distancia.

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