La sobreproducción discursiva (Mínimo apunte)

Servirse de la sintaxis para gritar, darle al grito una sintaxis.
Deleuze y Guattari

Si vas a escribir algo, procura que sea mejor que el silencio.
Frase de Onetti que dice ser un proverbio chino

“En los últimos 60 años se ha hecho más filosofía que en los pasados milenios” aseveró María Antonia González Valerio, doctora en filosofía por la UNAM, en una entrevista para la radio de esta misma casa de estudios. ¿A qué viene semejante afirmación? Es la respuesta a una grave consecuencia de nuestra temporalidad fugaz y re-productiva de la que les hablaba en “El pensamiento fragmentario”, relacionada ahora con la suprema necesidad de tener que re-llenar de sentido todo aquello que nos rodea, de tener que derrotar al Otro a como dé lugar, de poder gozar del “privilegio” de tener la última palabra en todo… y con esto no hacemos más que atascarnos de discursos. Esta saturación discursiva ¿a qué nos va a llevar? Si parte de nuestras aspiraciones intelectivas es decir algo medianamente crítico y pertinente necesitamos poder pensar, tener tiempo de hacer largos procesos de reflexión y de conexiones entre elementos que están ahí y pueden ser conectados para darnos un respiro de la maraña de sinsentidos -por estar embotados de sí- con los que nos topamos todos los días y así, también, poder generar conocimiento.

Ni qué decir…

       No obstante, raras veces o tenemos ese tiempo o lo dedicamos, en gran parte, a pensar. No me refiero únicamente a temas abstractos (fraguando, visitando, adornando los famosos castillos en el aire) sino que incluyo temas vitales, los cuales están intrínsecamente ligados a nuestra propia cotidianidad (la familia, la economía, la vida sentimental), hecho que subrayo porque los “movimientos del pensar” no existen fuera de nuestro cuerpo sino que son en él y desde él irreversiblemente, son la respuesta (positiva o negativa) de lo que nos sucede.

         Esta sobreproducción tiene detrás de sí múltiples factores que actúan de manera orgánica. Una muestra palmaria de ella es aplacar el aburrimiento mirando pantallas: no podemos soportar un minuto sin alimentarnos de imágenes o de noticias snack. Hay un miedo al “vacío” externo que pueda internalizarse y logra generar, más o menos, ideas.

Cuando lees u oyes siempre lo mismo: la misma gata pero revolcada

        Ahora bien, veamos un ejemplo reciente y esbocemos algunos de los procesos (que llamaré desde ahora síntomas) de esta sobreproducción discursiva:

La imagen-ruina

Término que no me saco de la manga sino que retomo del crítico y académico mexicano Pablo Domínguez Galbraith (nada viene de la nada, pues éste lo toma de Deleuze) a propósito de su reacción sobre los efectos mediáticos del 19S. Con una mirada aguda, bien consignaba Domínguez Galbraith que aún no tenemos la distancia necesaria (nunca apática, aclaro) para elaborar una crítica (entiéndase “crítica” como un ejercicio ético y político nunca indisociables) de la estetización, repetición y vaciamiento del sentido de la imagen-ruina del temblor, sobre todo por la cantidad enorme de imágenes que circularon en televisión, periódicos, redes sociales o Instagram. Asimismo, recuerden el uso de la imagen-ruina en función de un reconocimiento social, es decir, en quienes sólo fueron a los edificios derrumbados a tomarse una foto dizque “ayudando” a las brigadas, lo cual reafirma lo anteriormente señalado. Sí, la imagen es discurso, y más aún, archivo.

          Quizá piensen que no es para nada importante hacerle caso a esto, pero lo que hay detrás de ello es una espectacularización que nos puede llegar a insensibilizar frente a la catástrofe o movernos al patetismo (impostura del dolor) cuyos efectos son políticamente peligrosos y socialmente dañinos. Reitero: la distancia no implica desinvolucrarse afectivamente sino no estarlo de manera tal que la crítica se vuelva extrema, en cuyo caso hay que pensar en su dirección, efecto, intención e intensidad.

¿Cuáles fueron tus reacciones?

Lo urgente y lo mediato

Siempre hay acontecimientos que necesitan una rápida solución, ante eso no se puede más que actuar sin pensarlo dos veces. El pensamiento puede ser tan rápido o tan lento dependiendo de la situación anímica y contextual en la que se encuentren. Que hable de “tiempo para pensar”, es decir, poder articular algo coherente a largo plazo, no implica que lo de corto y mediano plazo dejen de ser atendidos. Sin embargo, y vuelvo con María Antonia González Valerio: “¿Por qué sólo en la urgencia, en la crisis o la catástrofe podemos formar grandes cadenas de solidaridad, organización y pensamiento colectivo pero por poco tiempo?”. Esta pregunta nos atañe a todos, porque a final de cuentas más o menos nos las arreglamos individualmente para darle continuidad a la resolución de nuestros problemas, pero lo verdaderamente difícil comienza cuando de colectivizar este esfuerzo (para el bien común) se trata.

Repetición y reciclaje

  • Repetición: Foucault decía en El orden del discurso que lo nuevo no consistía en la originalidad sino “en el acontecer de su retorno”. Es decir, lo que vuelve (reformulado o replanteado, claro está) tiene una necesidad de hacerlo porque a lo que apela debe ser atendido, y de ser posible, resuelto. Sin embargo, no todo discurso tiene esa necesidad, en cuyo caso la repetición no es un acontecimiento sino un simulacro, la puesta virtual que pretende efectuarse como real. Una de sus formas es el:
  • Reciclaje: Su existencia da cuenta de que no hay tiempo (no se da el tiempo) para una nueva elaboración discursiva, por ello es que este síntoma es una realización bastante palpable de su sobreproducción y superproducción: lo primero satura, lo segundo explota. Piensen en los artículos que deben escribir los investigadores cada cierto tiempo (muy corto), o en la generación espectacular de noticias irrelevantes. No hay forma alguna de poderlo digerir con calma, y es más, hacerlo así sería lo de menos.
Cuando nos lo pide un superior o uno se esclaviza a sí mismo

Posiciones

Re-llenar de sentido lo ya dicho anteriormente funciona como somnífero de nuestro cuerpo.

La generación de discursos en temporalidades breves conlleva a la inactualidad o a la necesaria “actualización” de los mismos: la novedad como simulacro de sí.

Otra vez María Antonia González Valerio: “Se ha retomado mucho, discursivamente, en las filosofías contemporáneas esto de ‘volver al cuerpo’, pero eso no significa que se esté ejecutando adecuadamente. Para ello habría que volver a habitar nuestro propio cuerpo. ¡Ya basta de la sobreproducción discursiva!”.

Dos fenómenos pueden suspender la superproducción discursiva: el grito y el silencio.

De la lentitud
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