Otoño en el Sahara

“Viajar sin ti es morder la áspera pulpa de la lejanía.” (Manuel Rico)

Creí que la sensación de extrañeza hacia lo desconocido se había quedado en El Capitolio de Washington, en las calles amuralladas de Nueva York, en la nieve que brotaba en un febrero pesimista del dos mil quince; sin embargo, no fue así. En un primer momento, esta idea se había generado en mí debido a mi poca estupefacción ante mi vida en Lérida. Tal vez estaba asaz acostumbrada a vivir en ciudades, tal vez Lérida era muy pequeña o tal vez era el hecho de que lo único que me causaba una impresión garrafal eran los arcos ojivales que yacían en Rectorado, en la Seu Vella, en El Castillo de Gardeny.

Aun cuando Lérida emanaba en mí una sensación de familiaridad indubitable, no podía negar que aquella Yo del año dos mil quince se sorprendía a cada paso que daba por las calles de Richmond, entonces temí. Creí que ese sentimiento que se produce en los pequeños al descubrir una nueva cosa se había atenuado para siempre. Lo mismo me pasó en ciudades como Valencia, donde, a pesar de valorar la arquitectura tan minuciosa, no podía hallar algo que entreabriera mi boca.

Como en todas las historias con finales felices, pasó algo que fungió como parteaguas: un viaje. Dicho viaje, sin demasiadas expectativas, germinó en mí esa sensación de la que tanto hablo, asimismo creo nuevas emociones sublimes que no tenía conciencia de que podía palpar.

Esa sensación de extrañeza ya aludida brotó desde que mis pies caminaron sobre los azulejos del aeropuerto. Los aviones ya no me causaban esa extrañeza, mas sí el hecho de ver letreros con grafías distintas a las que estaba acostumbrada a divisar. Además, había un cuarto para rezar y muchas cosas que uno jamás creería conocer. Ya afuera, me trasladé hacia el vehículo que nos conduciría hacia la ciudad.

Las copas de los árboles eran distintas, las calles estaban repletas de motocicletas y la cantidad de coches era mucho menor. Desde esa ventana, podía observar cómo todo cambiaba de forma paulatina, puesto que, al avanzar un poco, los edificios característicos de la cultura proliferaban en ascendencia. El cielo estaba nublado y el aire parecía producir polvo a cada segundo intangible.

Puedo asegurar que la música nocturna en la plaza, las serpientes elevándose, los monos, la forma de vestir de los habitantes del lugar (tan ajena a nosotros), las inscripciones en bereber, el cuarzo rosa que me regaló un hombre en la montaña y las personas gritándome “María” hicieron en conjunto que adorara aquella estancia. Empero, ¿cómo puedo negar que los mejores momentos fueron producidos por la naturaleza del desierto?

Cuando arribé al desierto, asía en mi mente ideas banales construidas por mi experiencia de vida en la ciudad. Pensé en lo cómodo o incómodo que sería dormir en un campamento, en si habría agua, baño: esos servicios a los que estamos tan acostumbrados y que, de manera innegable, son vitales en nuestra cotidianeidad. Entonces, subí a un dromedario y todas esas cuestiones innecesarias se degradaron aprisa.

El dromedario al igual que el sol, se hundía bajo las dunas del desierto. Era claro que estaba pasmada, ya que jamás había visto un desierto, y siempre creí que aquellas líneas curvadas que se formaban en la arena eran mitos de fotografía profesional. El atardecer estaba en su acmé, los colores se iban marchitando y sabía que nos aproximábamos al campamento, pues al girar mi cabeza lo único que contemplaba eran aglomeraciones de arena. En un tris, mis dedos estaban ya hundiéndose en la arena. No había fascinación, con respecto a la naturaleza, más increíble vivida en el pasado, lo único equiparable a ello (pero diáfanamente distinto) sería un abrazo de Paris bajo el Soumaya o un beso suyo en las calles del centro de Ciudad de México.

¿Que cómo pasó? No lo sé, mas unas horas después dormía sobre una duna. Estaba cubierta por chaquetas, por cobijas, debido a que el frío iba aumentado en esa noche. Temí un poco del frío; al elevar mi cabeza la luz de las constelaciones palpitantes me hacía olvidar los pretextos citadinos. Advertí un número inconmensurable de estrellas, más de las que nunca había visto y al intentar dormir sólo volteaba hacia el cielo y la oscuridad se convertía en un tipo de cafeína que me impedía dormir, que me causaba un ineludible insomnio.

Cuando desperté, el amanecer se manifestaba como cada mañana. Las estrellas que parecían inmarcesibles se borraban del cielo; el frío congelaba mis dedos como en aquella noche en la que me encontraba en una nevada imparable años atrás. Paris emergía en mi cabeza a cada instante: deseaba compartir con él los momentos de ese extraordinario viaje, puesto que sabía que habría estado fascinado de dormir conmigo en el desierto. Así, al escuchar un llamado, tuve que alejarme de la magia de esa noche inefable. Caminé un poco hacia el campamento: todos debíamos regresar en algún momento a Marrakech.

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