No importa cuánto sepas, jamás lo sabrás todo

Hace algunos días hablaba con un amigo sobre banalidades de internet, cuando él comentó un dato que en mi vida había oído: los delfines pueden violar personas. Nos quedamos callados y otro amigo dijo “últimamente uno tiene que saber demasiadas cosas”. En ese momento me puse a reflexionar que, a diferencia de los humanos de hace algunos siglos o décadas, tenemos en la cabeza gran cantidad de datos que, útiles o no, nos construyen como personas “receptivas”. El internet se ha transformado en una de las fuentes más importantes de información, y eso nos diferencia inmediatamente con nuestros antecesores que sólo podían consultar información poco validada en enciclopedias, libros y por lo que contaba la gente.

     Por ejemplo, cuando era niño me encantaba jugar Super Mario Bros. para NES, y con el tiempo fui aprendiendo todos los trucos y movimientos específicos. En el primer nivel puedes llegar al tres, en éste saltas sobre una tortuga que te da cientos de vidas y el nivel cuatro te lleva al nueve con facilidad. Saber y recordar estos datos me costó muchos años, pero para un tío y mis primos era algo que llevaban casi tatuado. Entonces me pregunté, ¿de dónde aprendieron los trucos? Mi familia es inteligente, pero no tanto. En los ochenta esa información se aprendía en revistas “americanas” que traían algunos trucos y también te los compartían los amigos en las maquinitas. Si ponemos esta situación en contraste, recuerdo que no tardó ni un día para que hubiera reseñas, trucos y gameplays de de Resident Evil VII. En poco tiempo todos los jugadores del mundo encontraron trampas y defectos.

     Pero la sobreinformación ha generado un confort y seres poco críticos ante las situaciones y las opciones que plantean los medios electrónicos. Mientras tenemos el beneficio de saber lo que sea al segundo, también se pueden olvidar datos de vital importancia porque el valor de la información es nada, se ha reducido a cero. Sin embargo, en el caso de las grandes empresas, la información se ha hecho tan valiosa que compañías como Facebook se dedican meramente a la venta de datos. Las redes sociales son, más que un medio de comunicación, una serie de encuestas que día a día se van llenando: me gusta, me encanta, me entristece, me enoja… Asimismo, con los hastags propuestos por el público y los impuestos por empresas que buscan vender algún producto. Trabajamos silenciosamente para grandes compañías sin saberlo y sin cobrar. Ahora, más que nunca, consumimos lo que venden de inmediato, y las empresas pueden respondernos –un claro ejemplo es cuando gracias a los comentarios en internet regresó el famoso Raspatito. Hay que recordar que el contener tanta información no nos vuelve más inteligentes ni tampoco más sabios, pues sólo la asimilación de la información, y el análisis del proceso de recepción de ésta nos llevará a un nivel distinto de conocimiento en el cual se podrán hacer críticas duras. En esta época, para entonar en sociedad uno tiene que saber y hablar de muchas cosas sin la necesidad de dominarlas o analizarlas, eso está de más.

 

Guillermo Vargas (1995)

Escribe microrrelato y cuento. Le gusta el café con leche y las caminatas. Un día será un mapache.

Tuiter: @memoo_mx

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