Mar de leche

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Le rodaban por la espalda las gotas de un sudor cansado de andar. Agua salina, vívida fuente, río que desborda ritos de hombres que la ven hacia arriba, desde la tierra, infantiles obreros que anhelan su carne, comerla a trozos sin cubiertos, a manos llenas y colmillos sin filo que se aferran y rasguñan sin lograr desgarrar. La llamaban Vida, por sus colores claros, la mirada compasiva que les regresaba era patética. Lograba verlos a todos al mismo tiempo y sin perder detalle; las manos alzadas que imploraban la salud no otorgada, las rodillas al suelo de aquel que agachaba la cabeza pidiendo perdón, al fondo, los púberes la veían a escondidas con las manos dentro del pantalón mientras se mordían los labios resecos, casi sangrantes y hambrientos.

Aquellas gotas de sudor al caer formaban torrenciales tan feroces que provocaban inundaciones, los que lograban guarecerse de la lluvia ácida, la contenían en cubetas, ollas, y jícaros para los días de sequía. La ponían a hervir y podían beberla o sembrar sus cultivos en ofrenda a su diosa, a Vida.

Vida iba descubierta, igual que toda su progenie. Solamente una parte de su cuerpo iba cubierta por pétalos rosados rodeados de espinas diminutas, sus erguidos pezones, quienes daban alimento a todo el pueblo, chiquillos y adultos. Lechilla espesa, amarga o dulce según la época del año, tibia o caliente según su humor, fresca o pasada, dependía del cariño con que la hacía salir.

Vida alimentaba a toda la muchedumbre que esperaba ansiosa la primavera para la crianza de los más pequeños. La combinaban con hierbas de olor y la congelaban cuando era de buena calidad, aunque cada vez escaseaba más. Los enojos de Vida cada vez eran más frecuentes, le daba la espalda su propia gente, la veían con morbo mientras exprimía las masillas chorreantes cubiertas de pétalos. Las esposas se juntaban para verla hacerlo, la juzgaban de libertina, ángel caído, mala influencia para todos. Ella solo escuchaba desde arriba mientras arrojaba el líquido con todo y espinas.

Después de un tiempo, el pueblo parecía una alfombra de cadáveres malolientes por donde no se podían ni andar. Viejos con las gargantas destrozadas por las espinas clavadas. Riñones, hígados, pulmones, corazones, todo perforado e inservible, todo muerto por culpa de Vida. Exprimía ansiosa sus pechos firmes en busca de más leche, le gustaba lo que veía. Una pudredumbre dantesca era lo que había logrado.

Y así llegó el día en que todo quedó cubierto de leche, de sangre, de muertos. Vida se jactaba del hecho, reía desesperada al ver su mayor obra. Bajó a la tierra para ver mejor el desorden que recién hizo, respiraba profundo y el ardor llegaba a su garganta, sus pezones estaban totalmente secos, partidos por el esfuerzo. Esos que otrora fueron los dadores de vida, de esperanza, de buena salud. Esos dulcísimos y rosados pezones que nunca más volvieron a hincharse.

Después de que el río de muertos fue disminuyendo, tomó en sus manos una masa agridulce y amorfa, con sus manos formó dos pequeños hombrecillos de leche y órganos atrofiados, un hombre y una mujer, ambos con sus miembros de tamaños dispares. Los besó en la frente y cada uno abrió los ojos, tomó uno en cada mano y los llevó a su pecho, quiso alimentarlos, pero no daba ya más leche. Sin embargo, los dientes formados por espinas de los nuevos habitantes se le clavaron en el pecho y se aferraron a él, en busca de alimento, mismo que no encontraron.

Desesperada, y al no poder desprenderlos de sí misma, tuvo que arrancarlos de tajo y los arrojó al suelo, mas, junto con ellos, se fueron ambas mamas y cayeron en un casi seco mar de leche. Al ver lo que acababa de hacer, quiso tocarlos nuevamente y sentir sus pequeñas gotas escurrir, pero ya no estaban. Terminó así con el pueblo que disfrutaba voltear al cielo con la esperanza de ver la desnudes de Vida, su cuerpo se fue deshaciendo y escurriendo para mezclarse por fin con el caos creado por ella misma. Al caer se volvió nada, el mar de leche siguió avanzando y ya no se le podía ver, solo, a lo lejos, aún podían verse aquellos pétalos ya marchitos y desteñidos nadar y desaparecer.

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