Ya no es hora de teorizar

Todos tenemos historias, pero estoy segura que nos falta valor para contarlas. A mí aún me tiemblan las manos al pensar que estoy escribiendo esto.

Hace unos días hablaba con Josué, paisano cordobés que conocí por twitter, sobre un hilo desgarrador que escribió sobre su labor periodística en la sierra del centro de Veracruz y en otras regiones del estado. Estuve al borde de las lágrimas en muchas ocasiones, me reconocí en esos fragmentos de historias de ciento cuarenta caracteres, porque yo conocía las situaciones, estuve en los lugares de los que hablaba, viví dieciocho años en esa región, pero de rumores y chismes no pasaban, no había datos suficientes, en Veracruz no hay espectaculares encabezados de periódicos que revienten internet o la opinión pública, eso ya lo sabía, pero hasta hace unos días estuve cien por ciento segura de que esa era la realidad de nuestro estado.

Josué me dijo muchas cosas, no he procesado todas, aún me duele pensar que todo eso es real. Absolutamente real. A muchos amigos se los he platicado, pero decirlo aquí no es lo mismo. En la preparatoria estudié en un CONALEP, tuve amigos que fueron halcones, conocidos que estaban con los zetas, yo lo sabía, no sé si era algo que todos sabíamos pero sólo había algo seguro: no era algo de lo que habláramos. Nunca pregunté, a los quince años preferí encerrarme en una burbuja en donde no hubiera más balaceras, más muertos, más desaparecidos. Yo no quería saber más del tema, los periódicos, la radio, las calles, las bocas y los corazones de las personas estaban inundados de miedo, miedo por ver a los militares en la calle, miedo por los ruidos nocturnos. Ese constante estado de alarma se te iba metiendo por debajo de la piel y terminó gobernándonos.

Cuando tenía dieciséis años quemaron un carro a tres casas de la mía. El terror desde ese día se metía cada vez más adentro de mi corazón. Nadie nos supo decir por qué. Esos vecinos eran los de toda la vida. Especulé muchas cosas, estaban con los zetas, debían dinero. En estas cosas no hay accidentes, pensé. Ellos no se equivocan. Dejé de salir de mi casa, sólo iba a la escuela. Pasaron ocho meses hasta que volví a la “normalidad”, pero nunca fui a ningún antro, me paralizaba la posibilidad de desaparecer de la nada, de que un día, como a Rubí, alguien me jaloneara afuera del antro con una pistola invisible en las costillas y me llevara lejos.

El papá del novio de una prima desapareció. Así le decíamos, desapareció. Nunca LO desaparecieron, nunca lo mataron, jamás lo asesinaron, ni pensarlo fueron los zetas. En ese entonces tenía trece años, escuchaba que en la escuela decían, si te desaparecen es porque te lo merecías. Y no había más. Nos quedábamos callados y volvíamos a la burbuja. Teníamos trece, catorce o doce años, todos ya conocíamos a alguien a quien le habían dado un levantón, a alguien a quien ya lo habían extorsionado por teléfono. El miedo se nos acumulaba en el cuerpo y buscábamos como desesperados burbujas en las cuáles no pensar. A mí nunca me puede pasar, yo soy bueno, yo no estoy metido en esas cosas, ¿por qué habría de pasarme a mí?

Pero un día lo supe. Habías desaparecido. Tú. Tú habías desaparecido. No, no te habían desaparecido, te habías escondido, habías huido. Todo eso lo pensaba, lo pienso aún, quiero pensarlo. Marlet me dijo que los que no aparecen después de tres meses es porque están muertos o trabajan para ellos. Trabajan para ellos. Trabajas para ellos. No puedo pensar que un día tendré que ir a rascar con las uñas alguna de las fosas de la región o del estado o del país a buscar lo que queda de ti. De ti que a los quince dejaste que llorara con todo y mocos en tu suéter por un patán, a ti que a los dieciséis te apodamos youcan’t porque tus lentes se ponían negros con el sol y parecías ciego, a ti que a los diecisiete te echamos sin querer ácido muriático en los ojos y entonces te tuvieron que llevar al ISSSTE que estaba a la vuelta de la escuela. A ti que eras paciente y aguantabas mis remates violentos cuando jugábamos “fronton” en la pared del laboratorio de analítica por parejas. A ti que me escuchabas en silencio cuando en medio de las saladas te contaba mis triviales y mundanos dilemas adolescentes. A ti que fuiste el primero en apoyarme cuando organizamos el paro en el turno vespertino.

No hay texto alternativo automático disponible.
De izquierda a derecha, viendo hacia el frente, estás tú, junto yo. Te sentabas junto a mí para platicar.

Y es que sabía tan poco de ti. Chava y tú se reían de los videos que les enseñaba, pero nunca supe qué era lo que te daba risa. Nunca supe nada de ti, fuera de que antes de entrar a la prepa estuviste en el seminario medio año. Nada fuera de que eras católico y vivías en Santa Rosa, Camerino Z. Mendoza. Nada fuera de que eras el mejor de tu grupo en la primaria, pero luego la secundaria y el Bryhan y las novias te arruinaron. Nada fuera de que no sabías qué querías hacer con tu vida. Nada fuera de que nunca te enojabas, aún cuando al bajarte del carro de Chava arrancábamos y nos partíamos de la risa porque tú corrías atrás de nosotros, menos cuando Chava te utilizaba de limpia parabrisas humano en los aguaceros de septiembre y terminabas empapado ¿Cuál era tu película favorita, cuál tu color? ¿qué te gustaba? ¿a qué le tenías miedo?

Yo creía que te conocía, yo creía que habías sido uno de mis mejores amigos de la prepa, yo pensaba en volver a verte en diciembre cada año, como a todos. Sólo a los que andan metidos en negocios con los zetas los desaparecen, sólo a ellos los matan. Yo ya tenía diecinueve años pero aún quería creer en la verdad de esa frase, en el fondo sabía que eso no era cierto, sin embargo inconscientemente aún buscaba refugio en ella. ¿Por qué nadie te buscó hasta debajo de las piedras gritando a los cuatro vientos? ¿por qué ya nadie de nosotros hablaba de ti? ¿por qué nunca saliste en algún periódico? ¿por qué el silencio? ¿era necesario? ¿qué pasaba si empezaba a buscarte a gritos? ¿no se te podía buscar a gritos? mi pasividad nunca me dejó preguntar.

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Una vez te tomé una foto infraganti. Íbamos al puerto. No importaba a qué. Viajábamos por primera vez juntos.

Muchos meses pensé en la culpa que tenía de todo eso. Si yo no me hubiera alejado tanto de ti cuando me fui de Veracruz. Si yo hubiera sabido en dónde buscarte, si yo hubiera sabido más de ti. Si yo realmente hubiera sido una de tus mejores amigas, si yo tan solo supiera por qué te desaparecieron o te desapareciste y sobre todo: si yo no me hubiera ido, esto jamás habría pasado. Yo pude irme, cuando yo me fui no pensé lo suficiente en lo que dejaba y a quiénes dejaba, los dejaba a todos, a los mejores amigos que jamás tuve en esa ciudad llena de humedad y no me dolió, los dejé y podía reconocer el privilegio del que gozaba al irme, pero ¿qué hacer cuando tienes dieciocho años y tienes la convicción absoluta de dejar atrás la violencia de un estado en el que ya sólo vivías de recuerdos y nostalgia perpetua? Aún no sé si existe una respuesta.

Ojalá te hubiera podido llevar conmigo, ojalá al menos ahora tuviera una certeza de qué fue de ti, qué pensaste antes de desaparecer. Aún me tiemblan las manos al pensar en todo el silencio, la culpa y el dolor que he guardado desde hace dos años. Nunca supe qué hacer con tu ausencia, no soy capaz de ponerte nombre aún, nombre en algún lado, aquí por ejemplo, pero recuerdo que eras el número cinco de la lista, estabas entre Beristáin y Cañedo, recuerdo tantas cosas sobre ti, que mientras más pienso en que hace cuatro años aún nos sentábamos juntos en el salón del 6212 de Química Industrial, menos soy capaz de hacer algo útil con tu recuerdo. Llega un punto en que sé que no sirve de nada llorar a escondidas cada veinte de noviembre  – día en que me dijeron que habías desaparecido –  para luego volver a una cotidianidad igual de asquerosa, donde mataron a dos de nuestros compañeros de generación, en donde desaparecen más y más personas en el estado, una en donde de cualquier forma ya no estás o al menos yo no te veo y no sé de ti.

Entonces es donde mi madre me pregunta por qué a veces lloro a escondidas, es donde a veces llamó en la madrugada a algunos amigos y me atraganto de lágrimas y mocos o guardo silencio y espero historias o chistes o algo, lo que sea, para olvidar que soy una cobarde que se fue en cuánto pudo de la región, del estado. Los dejé, los dejé y créeme, lo sé y no pasa día en que no me pregunte concienzudamente si algo habría sido distinto de haber estado allá. Porque dime, ¿de qué me sirve ahora aprender tanta teoría poscolonial, de enagenación cultural, de literaturas postautónomas, de lingüística cognitiva o de estrategias didácticas? si por mucho que lea y discuta en un aula con mis pares, no voy a hacer que vuelvas, no te voy a encontrar, no voy a hacer que volvamos a tener dieciocho años y nos volvamos a abrazar en la explanada del CONALEP 252 de Orizaba prometiéndonos un reencuentro en diciembre, un mensaje a la semana, fotos, una amistad inquebrantable que no iba a perecer ni con los doscientos kilómetros que separan la región de Puebla.

Es más, dime, ¿qué voy a hacer escribiendo todo esto? a veces me pregunto para qué discuto de tantas cosas sobre literatura, sobre nuestra realidad, sobre política o arte en la escuela, en las fiestas, con los amigos que siguen aquí, si nada va a cambiar, tú te fuiste y yo sigo aquí, esperando – mediocre, cobarde y estúpidamente –  que aparezcas o al menos que tenga algún lugar en donde poder llorarte.

 

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Te queríamos, yo sé que aún te queremos, aunque entre nosotros ya casi no hablemos: te recordamos.

 

 

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