Bosquejar una novela, una narrativa

Siempre hay algo en la narrativa de Cristina Rivera Garza que se abre desde adentro o que te abre desde adentro cuando la lees, da lo mismo. En El mal de la taiga (2012) la autora abre las fronteras genéricas: va del thriller al relato detectivesco a lo fantástico. Su prosa es la imagen de una aurora boreal: ¿qué colores la definen? Todos. Ninguno. Pero esta transgresión no es un ejercicio de esteticismo estéril, de ensimismamiento intelectual, de la llamada “literatura pura”. En ella los temas del mal, del regreso como ida y viceversa, del tratar de entender, de la permeabilidad de historias como las de Hansel y Gretel, Caperucita,  Adán y Eva o el mito del “niño salvaje” van formando un bosque de palabras, un bosque dentro de otro bosque, un -como dice la narradora- bosquejo.

Esta escritura: un claro en el bosque

Bosquejo por ser imposible definirlo, delimitarlo con toda claridad, y, sobre todo, como aquello que es: algo que escapa a su capacidad de articulación verbal, algo que queda en el aire como sospecha o como ensueño. En este sentido no es un signo fácil de descifrar. La narradora, una detective, lleva una mezcla de diario y reporte donde se nos cuenta lo que ve, oye, piensa, sueña, imagina, recuerda. Y en ese cuadernillo de tapas negras los cuerpos que entran en contacto con ella durante su investigación están marcados por el deseo, por la soledad, por el miedo, por el (des)amor y la locura.

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Dibujo de Carlos Maiques, uno de varios que hay en la novela

Bosquejo por ser imposible definirlo, delimitarlo con toda claridad, y, sobre todo, como aquello que es: algo que escapa a su capacidad de articulación verbal, algo que queda en el aire como sospecha o como ensueño. En este sentido no es un signo fácil de descifrar. La narradora, una detective, lleva una mezcla de diario y reporte donde se nos cuenta lo que ve, oye, piensa, sueña, imagina, recuerda. Y en ese cuadernillo de tapas negras los cuerpos que entran en contacto con ella durante su investigación están marcados por el deseo, por la soledad, por el miedo, por el (des)amor y la locura.

Su atmósfera nos aprisiona en el vaivén de lo fragmentario, lo repetitivo y la incertidumbre. Es decir, la novela da la sensación de siempre decirnos algo más de lo que se nos está narrando: nosotros como lectores entramos en el plano del descriframiento al tiempo que nos preguntamos por nuestro alrededor inmediato: ¿quién es el lobo?, ¿en dónde he dejado mis huellas para no perderme?, ¿qué estoy saludando al decir adiós? Una de las funciones de la literatura: cuestionar, un verbo doble: poner en duda algo y tratar de una materia o asunto.

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Una playlist para leer la novela: leer sonido, imagen y palabras; de nuevo una aurora

Y Rivera Garza con esta novela y con las demás, con su poesía, su ensayo y sus cuentos, constantemente pone a funcionar ese mecanismo. Porque ella no depone en su literatura una función salvífica proveniente de quién sabe dónde, un “algo más”, sino que ella construye una máquina de enigmas que nos atraviesan ineluctablemente. Eso sí, hay que decirlo, atraviesan nuestro cuerpo, la formación política, intelectual y emocional de nuestro cuerpo: esto que nos hace ser, estar y hacer. Éste es uno de los grandes logros de su quehacer literario: narra los cuerpos porque sin el cuerpo, sin su materialidad, no hay nada, y es éste desde donde partimos para realizar las acciones que nos dan un sentido de existencia siempre en comunicación con el Otro.

Había mucha neblina o humo o no sé qué

No por nada en El mal de la taiga hay una referencia explícita a Heidegger, al concepto de “claro” (Lichtung), metáfora que se refiere a los “claros del bosque” donde el ser se desoculta y que cada uno por sí mismo debe encontrar. Sin embargo, en la novela de Rivera Garza, esto es bastante complicado por el espesor que implica la taiga, con sus altas coníferas, con su soledad imponente, con su mal acechante. Y sin embargo está ahí para que cada uno de nosotros como lectores podamos resolverlo, podamos ir revelando nuestros propios enigmas al mismo tiempo que sembramos otros. Ésta es una pequeña parte de la narrativa de la escritora tamaulipeca, les toca a ustedes seguir la búsqueda de la detective, no importando los fracasos que vengan, no importando la densidad de este bosque, su bosquejo.

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