¿Por qué usamos el “masculino genérico” en el español?

El empleo del “masculino genérico”, es decir, el uso de la asignación gramatical catalogada como masculina para agrupar hombres y mujeres, ha sido punto de discusión debido a las diferentes perspectivas que se tienen de esta manifestación (no nueva) de la lengua. Se ha atribuido al uso del “masculino genérico” una perspectiva basada en ideologías, donde se observa al uso de éste como exclusión del género femenino. Podemos exponer grandes argumentos en contra o favor del uso de una asignación gramatical que engloba dos géneros, mas ¿sabemos de dónde proviene la utilización del llamado “masculino genérico”?

      Cabe aclarar, que en muchas ocasiones se ha mencionado que el “masculino genérico” es una manera “neutra” de agrupar seres o cosas de diferente género. Si nosotros nos atenemos a la definición de lo que es “neutro”, nos toparíamos con un significado simple: que no pertenece ni a uno ni a otro. Entonces, si no perteneciera a ninguno, ¿cómo explicaríamos el hecho de una agrupación donde se conjuntan dos géneros? Pensémoslo de una manera más sencilla: nosotros tenemos dos amigos, estos dos amigos deciden pelearse, entonces optamos por una posición “neutra”, o sea, no estamos a favor ni de uno ni de otro; no obstante, sabemos con seguridad que si ellos no desean hablarse no podemos ponerlos en un mismo sitio; algo así sería el uso de un género u otro, por lo que la agrupación de ambos no podríamos catalogarla como “neutra”.

      Primeramente, podríamos aventurarnos a decir que la “lengua” es un reflejo de su sociedad. Es claro que a través de la lengua es posible percibir muchos aspectos que hablan (sin tener que emitir una palabra) acerca de sus hablantes. Podemos, al estudiar un idioma a profundidad, observar momentos políticos, históricos y sociales que ya no existen más, pero que alguna vez existieron. Entonces, si la lengua española utiliza un “masculino genérico” lo que nos es posible observar (eliminando toda tendencia) es su historia, el génesis de dónde provenimos y la tradición histórica que desemboca en la convención normativa actual.

      Hace muchos años, antes de que el latín existiera, yacía en Europa y parte de la India un grupo de personas que, extendidas por todo el territorio mencionado, se llamaban indoeuropeos. Los indoeuropeos tenían una lengua (así como nosotros) que ha sido reconstruida a partir del seguimiento de sus “hijas”: las otras lenguas que aparecieron de manera posterior (de una de éstas, germinó el castellano). Los indoeuropeos que hablaban “indoeuropeo” o “protoindoeuropeo” tenían una visión muy distinta a la nuestra, puesto que, para ellos, la clasificación gramatical de las palabras se diferenciaba, en un principio, por medio de dos cuestiones: las cosas “animadas” (que tenían alma”) y las cosas “inanimadas” (que no tenían alma).

indoeuro

      La desinencia que marcaba las cosas “animadas”, es decir, la partícula al final de la palabra que nos decía a qué categoría pertenecía ésta, era –us. Con el tiempo, ese –us, se convirtió en –os. Dentro de las cosas “animadas” podíamos toparnos toda clase de seres vivos, desde una persona, hasta un árbol. Todos estos seres estaban agrupados dentro de la desinencia –os, y no tenían una distinción por sexo; sin embargo, con el tiempo esto cambió. Los indoeuropeos, al observar la importancia que tenían las hembras dentro de los seres vivos, crearon una categoría específica (-a) para agrupar a aquellas cosas “animadas” que fueran sexuadas y pertenecientes al sexo femenino (sólo podían entrar en esto animales y personas). Entonces, de forma ulterior, esta agrupación distintiva también empezó a aceptar objetos y cosas sin sexo como tal, y de este hecho nace el género en los objetos.

     Para analizarlo con precisión, debemos especificar que la categoría creada para agrupar sólo a la hembras nació con la finalidad de darles una cierta focalización, puesto que, así como la –a sólo servía para las mujeres, el –os que se utilizaba para los hombres también seguía funcionando como agrupador de ambos géneros. De aquel morfema –os de uso colectivo proviene nuestro “masculino genérico” que, señalado erróneamente como “masculino”, es una forma se asignación gramatical indistinta, no exclusiva y que, debido a su larga historia, lo único que pretende es envolver a todos los seres sin intentar diferenciarlos respecto a su sexo.

     Es innegable que la lengua cambia, que sus hablantes deciden llevarla por la vereda que más les parezca conveniente y que, por lo tanto, la lengua no puede atenerse en su totalidad a una convención normativa, pues el cambio de ésta es ineludible. Su destino está predicho por una especie de oráculo lingüístico, y, aun cuando, se quiera evitar cualquier transformación, es quimérico creer que el español será siempre como lo conocemos hoy día. Podemos conocer la historia de nuestro idioma o de algún otro para comprender su presente, empero al final del día, las manifestaciones y realizaciones tanto fonéticas como gramaticales de las que nos servimos son uno de los pasos que establecen el camino perenne al que nos dirigimos con nuestra lengua. El idioma es y será un ente indispensable para los humanos, pues sin éste esos vacíos existenciales que nos acogen todos los días serían sólo sombras inasibles y la perpetua duda, en la posibilidad de no poder se formulada, convergiría en una mirada al cielo y en un desasosiego inmarcesible al que volveríamos de manera cíclica por la impotencia de recurrir a ciertos fonemas para diluir las preguntas (a veces sin respuesta) en el aire.

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