Saber, vivir, conocer mi cuerpo

La semana pasada mi amigo y colega Max Altamirano escribió una nota en la que retoma una de las cuestiones fundamentales de la filosofía de Spinoza: ¿qué es lo que puede un cuerpo? En ella, Max vadeaba las cuestiones teóricas al respecto de esta pregunta para ir al punto más empírico: las acciones comunes que hacen los cuerpos, las cuales, por el hecho de ser posibles, son ya bastante impresionantes; son por decirlo asíparte del summum de lo que puede un cuerpo.

Entiendo por qué los sesudos debates pasan a segundo plano en la nota de mi colega, y es gracias a la preponderancia que da a las acciones cotidianas que hacen los cuerpos, aunado a mis propios intereses con respecto al tema, que decidí escribir este texto pero desde otro punto de anclaje: el funcionamiento interno del cuerpo. Pero antes de pasar a esto, quiero retomar a Spinoza y a Descartes rápidamente.

  • En su Ética, Baruch Spinoza afirmó: “Nadie sabe lo que puede un cuerpo”. ¿En qué sentido lo decía? Para abreviar, y con el riesgo de de reducir este pilar de su filosofía, diré que es muy raro que cualquiera sepa a cabalidad cómo nos afectan las pasiones tristes, alegres o de deseo que nos motivan a pensar y actuar en nuestra vida. Es decir, si nosotros supiéramos de manera intuitiva ser/estar en el mundo de tal forma que siempre pudiéramos aumentar nuestra potencia de existencia (o de obrar, como la llama el holandés), seríamos como Buda, Cristo o Hermes Trismegisto. Y esto Spinoza lo deja muy claro: no es que sea imposible, pero cuesta mucho trabajo. Esto se debe a que el cuerpo opera mediante estímulos, mediante causas, y si nosotros no somos siquiera un poco conscientes de ese encadenamiento causal (siempre afectivo) que nos lleva a realizar lo que hacemos, difícil nos será tener una vida feliz, una vida ética. Una vida intuitiva de nuestro propio cuerpo.

    Porque a veces olvidamos que somos materia viva

 

  • Por otro lado, mientras Descartes estaba escribiendo Las pasiones del alma, realizaba experimentos con animales para ver cómo esos cuerpos reaccionaban mecánicamente (claro, esto era lo común en el siglo XVII), cómo mediante ciertos impulsos o sin ellos, el organismo hacía tal o cual cosa. Quería saber qué podían hacer esos cuerpos, aunque desde una visión hidráulica y dualista, ya que es él quien propone que el alma reside en la glándula pineal, desde la cual controla al cuerpo: en resumidas cuentas, el famoso “fantasma en la máquina”. Sin embargo, había un conocimiento integral: teórico-práctico.

Ahora bien, con esto quiero mencionar que hay un lado primordial para el conocimiento de lo que puede un cuerpo: el lado de las potencias afectivas, que al mismo tiempo son políticas y éticas, sociales y morales, individuales y colectivas: un lado que no es dual puesto que para Spinoza el cuerpo es uno con la mente: tanto lo que le afecta a uno le afecta al otro y viceversa. Esto más o menos lo tenemos presente en gran parte de las debacles teóricas sobre el cuerpo. Pero no estoy seguro de que quienes se dicen verdaderamente preocupados por aquello de lo que es capaz un cuerpo, sepan cómo funciona internamente, es decir, que estén enterados del otro lado: su materialidad orgánica.

Re-conocerse

 

Si nosotros nos ponemos a leer un librito de anatomía o vemos algún documental de National Geographic sobre el cuerpo humano, nos daremos cuenta de la complejidad del sistema orgánico que somos. Y es cuando cabe preguntarnos: ¿cómo es posible que no sepa cómo funciona mi cuerpo? Una cosa es autoexplorarnos y descubrir qué nos gusta, qué no, cómo es mi sexo, por qué reacciona así; y otra muy diferente es saber qué es lo que soy como para que pase todo lo anterior. Lo voy a poner así de simple: es otra manera de des-cubrirnos. Sobre todo porque nos permite entender que no tenemos un cuerpo sino que somos uno, y eso cambia radicalmente nuestra percepción de nosotros mismos.

Cosas tan vitales como hablar, respirar, deglutir, orinar, defecar, tener un orgasmo,¿cómo es posible que se den? Sí, hay teoría respecto al fenómeno de la voz en tanto tal; pero fuera de eso, ¿acaso quien escribe sobre fenomenología de la voz sabe qué se necesita para que exista?  No se trata de volvernos unos eruditos en anatomía, se trata -y esto es algo que propongo así de paso- de ser congruentes lo más posible con nuestro pensamiento: si en verdad estoy tan preocupado por mi ser cuerpo, no puedo olvidar cuestiones tan importantes como su composición, tan siquiera conocerla un poco.

Es una tarea compleja, un proceso, es un cuidado de sí, pero lo vale en tanto que nos arroja la pregunta: ¿en verdad me conozco o sólo creo que lo hago? Una pregunta vital que tiene un propósito mayor si es respondida con sinceridad.

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