Mi vida en álbumes

Hace unos días me retaron a contar la historia de mi vida en menos de 4 minutos, con todo el detalle posible. Reviví momentos de mi infancia en los que no había pensado en mucho tiempo, como la vez que deseé con todas mis fuerzas que un Pikachu de carne y hueso saliera de un tazo, o la calamitosa muerte de mi conejito. Apenas rozaba la pubertad cuando sonó el temporizador. Después de percatarme de que la cantidad de información revelada no necesariamente correspondía con lo que alguien tendría que saber de mí en una tercera cita (no se me dan muy bien), se me ocurrió una manera más ágil de cumplir con el reto. Aquí los álbumes que han marcado las 4 instancias más fácilmente categorizables de mi vida. 

1. Infancia

 

    Tardes embarradas de betún con Tatiana en las piñatas. Ahí surgió una duda que seguido me quitaba el sueño: si el patio de mi casa es particular, ¿por qué se moja y se seca como los demás? Mi madre me enseñó la otra acepción de particular uniéndola al resto de la letra con una lógica incuestionable: solo puedes agacharte, volverte a agachar en un lugar privado. Por las tardes mi padre me ponía los discos enteros de Crí Crí.  “La muñeca fea” seguiría siendo el soundtrack de la siguiente fase.

2. Pubertad 

 

    Los primeros años de la punzada me dejaron solamente un par de fiestas en las que se tomaba Manzanita Sol y se bailaba reggaetón. Recuerdo que mis compañeros de la primaria ya sabían lo que era rakatárakatá y le daban duro contra el muro. Yo moría por volver a mi casa a escuchar A Fever You Can’t Sweat Out de Panic! At The Disco. Para cuando mi discman rayó Three Cheers For Sweet Revenge de My Chemical Romance, los estoperoles ya estaban completamente fusionados a mi cinturón. Mi florecimiento emo maduró poco a poco en una rabia ingenua y pura que sólo Trent Reznor podía sintetizar: Dios está muerto / y a nadie le importa / si es que hay un infierno / allá nos veremos. 

shaki

    No todo era oscuridad. Me enamoré por primera vez memorizando cada línea de ¿Dónde están los ladrones? de la Shakira viejita; esa que, en palabras de Residente de Calle 13, estaba más gordita / así medio rockerita. 

3. La prepa

 

    Gente nueva, hormonas afinadas, un cuerpo menos deforme: la preparatoria me dio espacio para pensar otros mundos. Aquí descubrí discos a los que todavía les guardo cariño: Kid A de Radiohead sería mi primera experiencia con algo parecido a la música ambient y al género electrónico; casi podía visualizar los latidos del secuenciador en el techo de mi cuarto. También conocí a Smashing Pumpkins y leí los malísimos poemas de Billy Corgan. Me quedo con Mellon Collie And The Infinite Sadness. 

4. El metal

 

    Cualquier persona que haya empezado por el “metal clásico” y llegado al “metal extremo”  (ese en el que no cantan, sino gruñen), estará de acuerdo en que marcó una etapa importante de su vida. Por ello, más allá de pensar en un momento de adultez, le dedico este último minuto al género que acabó con todos mis prejuicios musicales. No hay nada que pueda no gustarme después de adentrarme en todas sus posibilidades. In Flames, Opeth y Mastodon me mostraron que los gruñidos pueden ser animados y hasta cursis. Buscando las influencias que permitieron la existencia de Tool, regresé al prog de los 70s. Más o menos por esta época me cambié de ciudad y asistí a los mejores conciertos en los que he estado.

    Salvo algunas excepciones, creo que la lista cambiaría si la pensara en otro momento y desde otros ángulos. De tener solo 4 minutos para recontar su vida en música, ¿qué álbumes escogerían?

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