Sobre las cartas que nunca enviaremos

Desde hace muchos años, las cartas dejaron de ser un medio de comunicación relevante para transmitir un mensaje. Gracias al internet y al correo electrónico, las cartas en papel se volvieron obsoletas y poco funcionales; sin embargo, los sistemas de correos envían millones de paquetes y una que otra carta todavía. El arte de escribir una carta es algo que, en esencia, permanece en el imaginario colectivo, y esa idea es la que vuelve a ésta algo personal e íntimo, porque escribir cartas es una manera de ensayar las ideas.

     A través de las cartas se han comunicado desde avances científicos hasta grandes ideas sobre la sociedad o la cultura, pero quedan otro tipo, unas que son más personales y las que todos conocemos. Sí, me refiero a las cartas de amor o de confesión que todos hemos escrito y que para nosotros –autor y remitente– tienen mucho sentido, pero quizá no tienen gran impacto ante los demás. Hace muchos años una persona me dijo que para escribir una carta nunca se debe tener nada claro: las cartas de amor nunca tienen una razón de ser ni de existir, sólo transmiten intermitentemente algo que en nuestros adentros se quiere decir. Al venir en un sobre, la carta contiene algo de oculto y eso, por ende, la vuelve más íntima y personal; algo más real y tangible, una experiencia de confianza. Cuando se lee una carta siempre se creerá todo lo que se dice porque la carta, aunque mienta, no es sinónimo de mentira.

     Digo todo lo anterior desde la perspectiva de un lector de cartas, pero ¿cómo se escribe una carta? Pensemos en la primera persona a la que le escribimos una. Lo primero es la hoja, blanca o de color, pero vacía; luego, algunos ponen la fecha, una dedicatoria o algo que marque ese mensaje en el tiempo o en el recuerdo; después, se vierte un cúmulo de pensamientos e ideas que muchas veces no son firmes –más si el autor decide escribir sin corregir. La extensión es un tema variado, hay algunos que utilizan una anécdota para hablar de sus sentimientos y otros van al grano, mientras que algunas sólo se vuelven una larga y repetitiva confesión. Esto siempre va a depender de qué tan desenvuelto sea el autor o que tan sincero sea a la hora de escribir. También se suele finalizar con una posdata, atendiendo a algo que se olvidó mencionar, y esto remarca la finalidad de transmitir siempre y de manera constante. Las posdatas señalan una corrección y un modo de arreglar los desperfectos al contar algo; así, éstas son lo más parecido a una fe de erratas. Para mostrarse desarmado, la firma apalabra con seguridad y confidencialidad la autoría y la revelación. Al final, el sobre será el único que contendrá las palabras y metáforas que proponga el autor. El sobre será un pacto de silencio, privacidad y confianza, porque refugiará y sellará la verdad absoluta que se quiera revelar. Sólo quedan ciertos procesos burocráticos: poner el destino, comprar sellos y meter en un buzón o dejar en la oficina postal. El proceso se ha finalizado, y viene la eterna espera de que el otro la reciba.

     La carta puede tardar días o semanas en llegar o quizá nunca llegue, pero ya se ha dicho lo que se tenía que decir, se articuló y se plasmó: existe. Del mismo modo, el lector recibirá el mensaje y se sorprenderá o decepcionará, pero el lazo comunicativo está ahí. Hoy en día, la sorpresa de recibir o enviar una carta se ha transformado en un placer exótico, en un “comunicarnos como en otra época”, pero ese valor estético y ese proceso largo y tendido es el que nos recuerda que no todo es tan fácil ni mecánico. Sea como sea, las ideas siempre se transportan, en papel o en cables; sin embargo, el medio en que éstas se mueven puede que nos haga más conscientes de lo que decimos o no. Porque al final, esa carta que estás escribiendo puede ser la última que escribas, aunque jamás la entregues o nadie la lea.

 

Guillermo Vargas (1995)

Escribe microrrelato y cuento. Le gusta el café con leche y las caminatas. Un día será un mapache.

Tuiter: @memoo_mx

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