El seductor seducido: The Beguilded (2017) de Sofia Coppola.

¿Qué pasa cuando somos poseídos por el deseo? Ana Clavel dice que el objeto de deseo nos aprisiona sin saberlo. El objeto tiene un poder que no conoce.

El filme está ambientado en una escuela para señoritas lleno de mujeres blancas y jóvenes de diferentes edades, cerca del fin de la Guerra Civil Americana. Ellas lidian con la pérdida de los hombres, ya sea esclavos, parientes o parejas, que además deben hacer labores manuales propias de los esclavos.

Así comienza la película: una niña del sur de Estados Unidos recoge setas en un campo cercano a la línea de batalla durante la Guerra Civil Americana. Mientras revisa un hongo se encuentra con el enemigo: un soldado de la Unión Americana, Mcburney (Colin Farrell) herido de una pierna y casi paralítico. La niña pertenece a un Colegio para Señoritas, cercano al lugar. Después de una breve charla, Jane (Agourie Rice) decide que es de cristianos ayudar al enemigo. Con dificultades lleva al soldado al Colegio, donde las demás alumnas se oponen a resguardarlo. Prefieren entregarlo a las tropas de la Confederación sin siquiera tocarlo. “Morirá” dice otra de las niñas, “si no lo ayudamos”. Este pequeño acto de bondad tiene implicaturas detrás: dice Martha (Nicole Kidman), la institutriz, que lo llevarán prisionero hasta que sanen sus heridas. Así entra el diablo en la casa, pero el diablo no es Mcburney, sino el deseo.

Aunque propiamente la película de Coppola no retrata al soldado como un malvado, si no que ofrece una perspectiva femenina sobre la sobrevivencia de las mujeres durante la guerra. La película nos ofrece un diverso panorama sobre el deseo de la mujer. Edwina, por ejemplo, cede ante las promesas de Mcburney porque ella busca escapar de las convenciones sociales de su clase. Su deseo le dicta buscar la libertad con un hombre que no tiene ningún compromiso (puesto que es un mercenario irlandés no tienen una identidad fija con los bandos en disputa, con la nación, con las clases sociales ni con el territorio). Se podría decir que su propósito es más “puro”, sentimental e ideal. En cambio, Alicia (Elle Fanning) lo desprecia al principio para ocultar el deseo erótico que un hombre extraño despierta en ella. Es Alicia quien aprovecha las pequeñas oportunidades para besar al soldado mientras las demás alumnas rezan antes de dormir. Martha finge no sentir atracción por John, y calma las ansias sexuales de sus alumnas de una manera discreta pero segura. Así, cada mujer expresa su deseo de manera diferente y con objetivos diversos.

“Estoy agradecido de ser su prisionero”, dice el cabo Mcburney. Mientras mejora su salud, también se eleva su lascivia encendida entre tantas ninfas. Cuando finalmente cede, viene lo peor: la amputación de su pierna. Un accidente en las escaleras causado por los celos de Edwina detonan el lado más salvaje de Mcburney, a pesar de ser un inválido.  Es aquí cuando aflora la naturaleza humana en su primitivismo porque las pulsiones ya no se ocultan. La institutriz, junto a sus alumnas, planean librarse de Mcburney debido al miedo que ahora les infunde. Este miedo, como lo describe Ana Clavel en Territorio Lolita, es propio de la mujer que explora el placer en lo grotesco, experimentando con el peligro sin la necesidad de un hombre que la “salve”, tal como pasa en la caperucita original, donde la niña se desnuda para entrar en la cama con el lobo (plenamente consciente de que no es su abuela) y que cuando termina de explorar el deseo prohibido, simplemente engaña al lobo y escapa. Algo semejante ocurre en The Beguilded, pues las mujeres, después de explorar sus placeres reprimidos, deciden engañar al soldado para entregarlo, como al principio se propusieron, a sus enemigos.

Tal es el poder del propio objeto de deseo: nos puede poseer y, luego en la huida, nos desnuda y deja una herida abierta semejante a la amputación o la castración simbólica.

[1] Ana Clavel (2017). Territorio Lolita. México: Alfaguara.

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