H,C,N,O | Por Eduardo de Gortari

Bajo un arco de flores tornasoladas, coronado por letras metálicas que decían “¡ADIÓS, GENERACIÓN 2086!”, Adriana, yo y el resto de mis compañeros lanzamos nuestros birretes al aire, ante las cámaras de aquellos padres dispuestos a capturar el momento, acaso único, en que la borla y el casquete eclipsan el sol ante unos ojos entrecerrados por una sonrisa: imágenes destinadas no sólo a adornar muros, sino a desafiar, dentro de una ilusión inmóvil, la gravedad y el tiempo: los birretes suspendidos en el aire; la tensión muscular producto del júbilo que ignora sucedáneos eventuales: las arrugas.

 

“Pero antes debo contarte la versión de tu padre. Seguro dijo que morí, lo cual está bien; seguro te contó que Adriana murió en labores de parto. ¿Vamos bien? Así que un día él suelta la sopa o deja una pista o comete un error y tú vienes acá buscando a tu abuela.”

 

Con las togas aún puestas, Adriana me pidió que la acompañara a su personal viaje de graduación. Prefería no acompañar al resto de los compañeros a las playas de Tizimín con tal de cumplir un capricho personal:

“Convencí a mi papá de que me deje ir a Veracruz.”

“Porque obviamente Veracruz es un nuevo paraíso de perdición como Tizimín. ¿Qué coños hay allá?”

“Tú sólo di que sí.”

“Me han dicho que los muros son impactantes y el subpuerto debe tener lo suyo pero no es un lugar al que…”

“Adriana: tú sólo di que sí.”

El imperativo no sólo invitaba a evitar las preguntas y los rodeos; apelaba directamente a un hecho: además de tocayas, éramos mejores amigas, en parte por una afinidad que tenía correspondencias físicas: no pocas veces nos preguntaron si éramos hermanas. Y en parte, también, porque fuera de un círculo tan estrecho que de lejos parecía más bien un par de solitarios pixeles, no teníamos muchas otras amistades; al menos no de esa clase de amistades que años más tarde te ayudarán durante una mudanza, las que han sostenido tu pelo mientras vomitas en una fiesta. Nunca nos desagradó que para más de un despistado fuéramos gemelas que escuchaban la misma música, habían besado casi a los mismos chicos y estaban a punto de estudiar en la misma universidad. Como si estos argumentos fueran evidentes para todo el mundo, mis padres no protestaron cuando anuncié el súbito cambio de planes. Pero yo misma no los comprendí sino días más tarde: en un restaurante a las afueras de Puebla, mientras esperábamos dos órdenes de chimichangas, Adriana me mostró, desde la pantalla holográfica de su reloj, la fotografía de una mujer que realza con sus manos un vientre abultado.

“Igualitas.”

“Nunca había visto esta foto de mi madre. El otro día, mientras limpiaba la nube de mi padre, encontré una carpeta que parecía encriptada. Sin embargo reconoció mi huella.”

“¿Así como así?”

“Así como así. Encontré mensajes, ubicaciones y varias fotos: entre tantas, ésta donde claramente salgo yo también”, dijo señalando el ombligo convexo de su madre.

 

“Técnicamente yo, Adriana, podría ser tu abuela, pero, técnicamente, Aarón no es tu padre.”

 

Desplazó el holograma esférico fuera de su reloj para que viera el resto del catálogo. Mientras ojeaba las fotos de su madre, Adriana narraba hallazgos paralelos: cartas que se remontaban hacia la prehistoria en que sus padres fueron novios, artículos académicos de su madre compuestos por una jerga aún indescifrable, videos en escenarios tan disímiles como conferencias y montañas rusas.

“No entiendo cómo tu papá no te…”

“Fue un embarazo difícil. Mamá estuvo en cama las últimas semanas, pasé meses en incubación luego de la cesárea.”

Un latigazo eléctrico recorrió mi espalda: yo sabía que su madre había muerto durante el parto.

“¿Y qué tiene que ver todo esto con el viaje?”

“Todo, tiene todo que ver”, dijo mientras miraba por la ventana, como si detrás del vidrio, su camioneta Ocelote 82, la estación de carga eléctrica y el Pico de Orizaba se pudiera contemplar el mar próximo.

 

“Tu madre trabajaba en una cura contra el cáncer: una nueva legislación no sólo le permitió manipular células madre; también le permitió cultivar óvulos y llevarlos a un límite ético de diez semanas de gestación.”

 

Apenas retomamos el camino, habló como si pisar el acelerador estimulara confesiones y propiciara conjeturas:

“No le dije a mi papá cuando encontré la carpeta. Durante años pensé que me había contado todas las historias, desde las pequeñas anécdotas hasta las grandes genealogías. Nunca tuve abuelos maternos, por ejemplo. Según él, mi mamá fue huérfana. Lo curioso es que entre todas esas fotos hay una donde están en Veracruz y la ubicación dice ‘casa de mamá’: así: natural. ¿La mamá de quién? Porque tengo una abuela que vivió toda su vida en los suburbios de Cuernavaca, lleva diez años en un asilo. No podría vivir en Veracruz. Mucho menos podría ser la señora que sale en la foto y que, excepto por el color de ojos, es parecidísima a mí.”

“¿Y por qué no le preguntaste a tu papá? ¿Cómo te dejó venir?”

“Ahora pienso en todas las grandes anécdotas que bien podrían ser sólo cuentos, ¿y sabes qué?: yo también puedo inventarme historias: él no sabe que vine a buscar a mis abuelos, pero sí que fuimos a ver a los tuyos.”

 

“A falta de voluntarios, ella y su equipo hicieron el trabajo experimental con sus propios genes. Hubo miles de copias de Adriana en recipientes de incubación. Tú fuiste una copia más.”

 

Al bajar la sierra, el camino se llenó de pastizales sembrados de aerogeneradores y un mar que bordeaba los dos extremos del horizonte. A medida que cruzábamos la estrecha llanura, en una recta flanqueada por torres eólicas y playas cercanas, los muros de Veracruz empezaron a alzarse ante nuestros ojos como si los construyeran en cámara rápida.

Ambas recorríamos esa carretera hacia la punta de la península a sabiendas de que era una ruta hacia el pasado, con una mezcla de confianza e incertidumbre. Adriana se guiaba por las pistas que emanaba una fotografía, yo contemplaba los caminos que montó mi abuelo, en medio de los huracanes que al paso de los años adentraron las aguas hacia la llanura hasta formar costas repentinas.

“Creo que lo entiendo.”

“¿Que entiendes qué?”

“Esto, el viaje.”

Adriana pertenecía a la clase de conductores que se asombran sin perder la compostura, preguntan sin desviar la vista.

“Te escucho.”

“Mi abuelo contaba que este camino fue su último proyecto. Ya sabes, en apariencia no hay nada más fácil que construir una recta aburrida. Pero, si le agregas los huracanes y las suradas se vuelve un reto. Para ese entonces no tenía un brazo, a toda la familia le parecía un proyecto delirante. Ignoro si yo emprendería una obra así y menos tomando en cuenta su edad.”

“Acaso no soy la persona indicada para decir esto, pero no es bueno compararse con los padres o los abuelos. Menos si empiezas por las edades: mis padres ya estaban doctorados a nuestra edad.”

“Eran otros tiempos. A mi abuelo lo persiguió el dolor de su brazo fantasma durante años. Mi mamá dice que este camino fue la forma de amputar al fantasma: hacerlo visible: en el delirio, esta carretera era su propio brazo, el brazo perdido, un brazo que se reconstituye y pum: ya no hay dolor.”

“En efecto parece un brazo.”

“Y Veracruz es el puño.”

“Hay un problema en tu comparación: no tengo dolor alguno. Tal vez antes, tal vez pronto. Pero no ahora, no aún.”

“Pero sí un fantasma.”

 

“No te pierdas en rutas falsas: no fuiste el antídoto tardío para una enferma de cáncer; si tomas en cuenta que existen las adopciones, tampoco eres resultado de una búsqueda por reproducirse capaz de quebrar una ley. Esa foto que me enseñaste es la prueba del embarazo que perdió meses antes de morir. Adriana sólo eligió un mal día para nadar y sus restos ahora deben ser abono para algas, peces, arrecifes reconstruidos sobre ruinas.”

 

El resto del camino guardamos un silencio apenas mancillado por el tenue zumbido del motor eléctrico y el rumor del oleaje cercano: un mar nítido y furioso azotaba los muros de la ciudad a la que entrábamos, una ciudad que tenía pinta de parque temático, llena de construcciones de principios de siglo. De pronto los muros parecían el borde de una cápsula que mantenía a Veracruz a salvo no sólo de las mareas sino también del paso del tiempo. Cuando la voz guía del GPS indicó que habíamos llegado a nuestro destino, una casa antigua y bien conservada, sentí que estábamos por entrar a un museo.

Antes de bajar del coche Adriana me jaló del brazo ante una duda imprevista:

“Dime”, solté como si pudiera anticipar sus sobresaltos.

“¿Y se fue el fantasma?”

“No. Pero sí el dolor. Para siempre y hasta la tumba.”

 

“Aarón quebrantó la ley, sobornó todos los obstáculos, tomó un óvulo fecundado y pagó a una mujer para que te gestara. Con el tiempo, me alejé para superar mi duelo. Aarón te crió para perpetuar el suyo.”

 

Tomó mi mano al oír el sólido estruendo de un timbre mecánico. Ante el sudor de su palma me pregunté por la súbita convicción: no se toma una mano en balde. De entre todas las posibilidades (errar una dirección, un cambio de inquilinos, un velorio pasado) Adriana escogió la única en que mi mano era indispensable. Casi me atrevería a asegurar que ella sabía perfectamente que de aquella puerta saldría una mujer que miró a Adriana como si fuera un añorado espectro, para luego soltar un breve “Dios mío” y desvanecerse frente a nosotras.

 

“Y me pareció enfermo oírle decir que te amaba, que eras el amor de su vida, que nada tendría sentido sin ti. Me repugnó escuchar las mismas palabras que usaba para referirse a Adriana. Hubiera querido que llegaras a este mundo como una hija, no como un reemplazo. Puedes decirme abuela, puedes decirme madre si quieres, pero no estoy segura de que debas decirle padre.”

 

Adriana, inmóvil, era apenas la sombra que me permitió medir un pulso sin preocuparme por el sol que azotaba nuestras espaldas. Al ayudarla a levantarse pude comprobar que la intuición de mi amiga no había fallado: el parecido era innegable: la nariz afilada, la piel cobriza, las cejas gruesas: sorpresas que provienen justo del resultado anhelado: tenían que ser familia.

El motivo del viaje era evidente para las tres, pero no por las mismas razones: la naturalidad con que se movía era contraria al contenido entusiasmo de la nieta: mi amiga sostenía un silencio que parecía sofocar un raudal de preguntas, como la tapa de una olla exprés. Y la boquilla siseaba frases inconexas (“…quisiera…sabe…”) que la anciana calmó alzando las palmas:

“Te voy a narrar la historia. ¿Ok? Pero antes debo contarte la versión de tu padre.”

Desde la primera noche en casa de su abuela dormimos en la misma cama. Dos días que se extendieron por semanas. Para su abuela nuestra visita era una renovación de las exequias; para  nosotras representaba la prórroga de un viaje en el tiempo. Adriana solía comportarse con temple durante el día, conversaba con su abuela, oía historias sobre su madre, revisaron todos los álbumes holográficos, siguieron rutas de viajes y vieron todos los videos disponibles en la nube. Su abuela siempre fue atenta con las historias de Adriana, en un esfuerzo por diferenciarla de su propia hija. Pero siempre actuaba sorprendida al final de cada relato, como si contemplara al mismo personaje en escenarios apenas distintos. Adriana parecía un resabio de la otra Adriana: gestos, ademanes, respuestas, convicciones que eran interpretados como calcas. Tardamos mucho en comprender a qué se refería su abuela cuando exclamaba “papel carbón”.

Apenas anochecía, mi amiga se entregaba a las formas menos estéticas del llanto, ya fuera sentada en el porche de la casa ante la luna que aparecía sobre los muros o desde el faro desde el cual podía divisarse el mar donde murió su madre o acurrucada en la cama, en rigurosa posición fetal, como si buscara un retorno imposible.

 

“¿De qué otra forma podrías tener los ojos verdes de Adriana? ¿Con tu piel del color de la piña zaraza? No recuerdo a nadie en nuestra familia que tuviera los ojos verdes. El azar ganó la partida con Adriana. Durante años fue el ejemplo que ponía en mis clases, desde que nació hasta que me retiré del magisterio. La posibilidad de que sus ojos fueran verdes rondaban el 0.5%. ¿De qué otra forma pudiste abrir una carpeta que compartían Adriana y Aarón? El programa sólo reconoció una huella casi idéntica a la original y la dio por legítima.”

 

Fue recibida como un espectro entre los vecinos. No pocas veces tuvo que escuchar una sentencia tan cándida como punzante: “Eres igualita a tu madre”. De la misma forma, tuve que escuchar juicios semejantes de su propia boca: un recipiente, una usurpación, una fotocopia, un duplicado, un facsímil. Extrañó a su madre sin conocerla, con el fervor que sólo puede profesarse hacia lo que se ignora, idéntico al que provoca un libro perdido del que sólo se conservan reproducciones, fragmentos. Durante años la conoció a través de sí misma: gestos y actitudes que al instante su padre identificaba como una herencia. A veces, ante la duda, se preguntaba qué hubiera hecho su madre, qué hubiera pensado, cómo hubiera actuado. De súbito, las comparaciones que la reconfortaban ante la pérdida ahora la movían al asco. Desde el mirador del faro me relataba todas las ocasiones en que su padre le dijo “eres igual de inteligente, igual de testaruda, igual de brillante, igual de bella”.

La virtud de las algas y los corales es que ignoran su historia, los ciclos de los que son parte: temporales colecciones de átomos que habrán de disolverse con el tiempo hasta llevar otros nombres que ignoran metas y procedencias.

“Antes sentía que era una parte de mí, me acercaba a ella por mis propios pasos; y ya no sé cuáles son suyos y cuáles son míos. Pienso en la historia de tu abuelo y no sé cómo interpretarla: ¿qué Adriana debe amputar a la otra? No sé quién es el dolor. No sé quién es el fantasma.”

 

“A veces pienso si es probable que descubramos vida en otros planetas. ¿Qué tal que descubrimos una especie extraterrestre y no la notamos porque no encaja en nuestra definición de vida? ¿Qué tal que los extraterrestres han venido miles de veces sin encontrarnos?”

 

Una tarde fuimos a recorrer los astilleros robotizados donde ahora los humanos son meros turistas que contemplan carga y descarga, mantenimiento y construcción; procesos que ocurren al margen de los creadores, como si hubiéramos dado marcha a una maquinaria autónoma que habrá de continuar aun si desaparecemos.

Máquinas que operan máquinas. Programas que operan programas.

¿Sabrán que sus tareas son cruciales para nuestra supervivencia? ¿Sabrán que existimos siquiera? Dios bien podría ser otro turista que contempla a lo lejos una creación que lo ignora.

Nos detenemos ante un submarino que lentamente se va llenando de camionetas idénticas a la de Adriana.

“En toda la cadena de ensamblaje no interviene un sólo ser humano. Francamente, le llamamos ‘manufactura’ por nostalgia. No hay manos en este proceso. No orgánicas. Lo mismo ocurre con el subpuerto: para muchos es difícil imaginar los tiempos en que la navegación ocurría sobre la superficie de los océanos y nosotros guiábamos las naves. Claramente los vientos eran más benignos entonces. Pero más difícil aún es imaginar los tiempos en que los marinos no contaban con otro sistema de posicionamiento global que la ubicación de las estrellas y las constelaciones en la bóveda celeste”, nos dijo un guía canoso, a sabiendas de que su propio trabajo podría ser realizado por una máquina, que apenas muriera su plaza sería ocupada por un guía robotizado. El final del recorrido se sintió como el fin de un paseo por una época entera.

A la salida, mientras esperaba a que Adriana regresara del baño, el guía se acercó a mí:

“Te reconocí en cuanto te vi. Me da mucho gusto que hayas tomado el recorrido conmigo; debes saber que fui compañero de tu madre en la escuela. A ella le gustaba mucho este lugar y sólo espero haberte contagiado ese gusto a ti también.”

“No sólo lo disfruté, también me hizo pensar si algo de esto habría inspirado sus investigaciones.”

“No lo dudes ni tantito. No soy un experto, pero imagino que, al final de día, las células son robots: trabajan juntas por una causa que ignoran.”

“Podría decirse lo mismo de nosotros.”

Nos despedimos antes de que regresara Adriana. Cuando ella regresó me vio con cara dubitativa, preguntó si me ocurría algo.

“Nada”, le dije, “recordé cuando Adriana abuela nos confundió en la foto de generación.”

 

“Podrían ser formas de vida tan distintas que seríamos imposibles ante sus ojos, si es que los tienen. Aquí mismo, en esta costa perdida, los indígenas confundieron los barcos españoles con islas movedizas.”

 

Desde la visita al astillero me preguntaba qué clase de facsímil era yo. Para mí había una Adriana exacta, unívoca, precisa. Entre el alud de versiones elegí una específica. Ella descubría el terror hacia la exacta semejanza, mientras yo empezaba a venerar el parecido ineludible. Ella busca extender la estancia en esta cápsula amurallada, mientras yo me pregunto cuándo se abrirá el puño.

 

“Con los mismos elementos construyes todos los seres vivos: Hidrógeno, Carbono, Nitrógeno y Oxígeno. Te constituyen a ti y al resto de las formas vivientes. Un extraterrestre podría ser incapaz de notar la diferencia entre nosotras y el ácido fulmínico. Por supuesto exagero. El chiste es que existen diferencias: variaciones y añadidos tan mínimos como imprescindibles.”

 

Con los mismos elementos, cada quien elabora un relato distinto de Adriana: su padre, sus genes, su abuela, yo misma. ¿Todos se equivocan al mismo tiempo? ¿Hay un punto ciego que pasamos por alto? En una casa de espejos, Adriana se reconocería en todos y en ninguno. Cada espejo ofrecería una fabulación: lo que otros le han dicho que es. Acorralada por múltiples versiones, Adriana se defiende desde una trinchera fronteriza: balbuceos que anteceden al sueño:

“Yo también puedo inventarme historias.”

A punto de dormir y cerrar los ojos, mira directo hacia los míos como si fueran un espejo fidedigno, un espectro que no perturba, en el momento que precede una invocación: una fórmula convertida en rosario; en cada añadidura cristaliza un amuleto preciso:

“Hidrógeno, Carbono, Nitrógeno, Oxígeno, Calcio, Potasio, Fósforo, Azufre, Magnesio, Cloro, Sodio, Hierro, Zinc, Yodo, Cobre…”

 


Eduardo de Gortari (Ciudad de México, 1988) es autor del poemario Código Konami (Literal, 2015) y la novela Los suburbios (Cuenta, 2015), elegida por Reforma como uno de los mejores debut de su año y votada por la revista chilena Lector como mejor novela juvenil. Textos suyos han aparecido en revistas como Proceso, Vice y Letras Libres. Fue becario del FONCA y estudió Letras Hispánicas en la UNAM. Este cuento pertenece al libro Himnos, recién editado por Paraíso Perdido.

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