Sobre el placer de escuchar conversaciones ajenas

Escuchar una conversación ajena es una experiencia extraña pero común en el transporte público. Esta semana tuve la oportunidad de oír a dos mujeres de la tercera edad hablar de una de sus compañeras de su clase de flamenco: Raquel, sesenta y tres años, divorciada, y, por lo que informaban mis comadres, es “insoportable” y sólo tiene dinero porque era la sirvienta de un empresario español que la heredó. En menos de treinta minutos mi mente generó toda una teoría que imaginó con cuidado y detenimiento los rasgos “toscos” y lo “chaparra” y “gorda” que decían sus compañeras que es. Fue poco el tiempo en que mi imaginación recreó –o reformuló– su actitud, sus rasgos y su persona. Al terminar mi viaje, Raquel tenía forma, figura y carácter en mi mente, pero ¿por qué? Creo que el escuchar conversaciones ajenas en el autobús, metro o lugares públicos alimenta de manera enriquecedora la memoria y la imaginación. Por ejemplo, Raquel me recordó a una mujer que conocí cuando era niño y la iba imaginando de manera distinta mientras más la criticaban; mi memoria y mi imaginación fueron construyendo poco a poco a una mujer que me pareciera odiosa, a una Regina George de la tercera edad. Al ser escucha, hay que recordar que cada diálogo de los conversadores cambiará la perspectiva que se tenga.

     Sin importar la motivación, este ejercicio creativo y reflexivo sobre la realidad que percibimos –en este caso en una casual conversación de autobús— ayuda a que analicemos cómo nos relacionamos con el mundo. Esto provoca que todo buen escucha de pláticas ajenas se haga varias preguntas: ¿por qué Raquel será tan odiosa? ¿Será tan gorda como dicen que es? ¿Cómo se sentirá Raquel? ¿Y si ella no es la culpable y las mala onda son sus compañeras? Al final uno decide qué creer, pero casi siempre termina confiando en la conversación, pues es su único narrador y la única versión que conoce o conocerá; sin embargo, la perspectiva también puede relacionarse con nuestra experiencia con las personas.

     El entrar en esa realidad ajena es delirante porque uno puede enterarse de cosas reales, de viva voz y esto lo vuelve una experiencia más realista que un libro o un programa de televisión. El interés del escucha siempre será saber más y saber el porqué, pero en estos casos no sucede y eso es lo que nos deja reflexionando. Hace algunos meses, una maestra de dramaturgia nos comentó que el drama siempre está en la vida real: el registro más fiel del teatro se encuentra en la vida misma. También dijo que si queríamos escribir lo que fuera siempre tendríamos que escuchar cuidadosamente a los extraños y fijarnos en su modo de hablar, articular y construir oraciones, y es que la vida es más interesante que la ficción.

     ¿Por qué algunos disfrutamos oír conversaciones ajenas? Creo que es porque nos permite ir a un plano más íntimo y ajeno que volvemos propio, que disfrutamos personalmente en secreto, porque muchas veces creemos que sólo nosotros nos divertimos guardando silencio para escuchar la plática de alguien más. Para mí fue difícil aceptar y reconocer que es algo que me gusta, que he escrito cuentos o he apuntado frases que dicen los desconocidos. De la misma manera, por un segundo, en mi mente, creo conocerlos y hago mundos y vidas imaginarias que considero reales sólo para mí. Muchas veces nos apena reconocer cualquier acto que conlleve a la imaginación como medio, así como jugar o imaginar formas en las manchas de la pared. Sólo puedo decirles: escuchas entrometidos, no están solos: existimos muchos que disfrutamos oír a extraños charlar al aire esperando a que un tercero los escuche.

 

Guillermo Vargas (1995)

Escribe microrrelato y cuento. Le gusta el café con leche y las caminatas. Un día será un mapache.

Tuiter: @memoo_mx

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