Deshumanización y falta de identidad

En las últimas semanas se ha sabido a través de los noticieros locales, la muerte de al menos cuatro personas en la Ciudad de México. Quizá al inicio eso nos estremeció, saber lo que sintieron varias personas al darse cuenta de que el viejito de en frente ya llevaba horas muerto, o la noticia de la madre que llevaba a su hijo muerto hasta su pueblo natal para darle un entierro de acuerdo a sus creencias.

Con todo y eso, pase a las noticias, también he leído comentarios sobre la poca empatía que tenemos y que nadie ayudó a estas personas, como el señor que murió en el metro Taxqueña porque nadie lo auxilió. Y es verdad, a diario veo como entre nosotros nos hacemos caras y gestos de desprecio cuando alguien pide ayuda; muy poca gente contesta un “buenos días” o “gracias”. Nos hemos deshumanizado tanto que ante la tragedia de los demás ya ni nos reímos porque nos hemos vuelto seres amargados, y mucho menos ayudamos porque no nos corresponde.

A esto, debo contarles una breve experiencia que me aconteció el fin de semana. Luego de salir de una fiesta y tratar de regresar a casa con mis acompañantes, al pedir el servicio de  Uber nos pareció en exceso caro el precio del viaje y decidimos caminar hasta  llegar casi a Garibaldi. En eso, vimos a un hombre pasar con un plato de pozole, ¡eran las casi tres de la mañana y traía un plato de pozole! y a mí se me ocurrió que podíamos hacer tiempo para ver si la tarifa bajaba mientras comíamos.
El señor nos señaló un camión parado frente al Teatro Blanquita que estaba dando pozole gratis, GRA-TIS.

Vaya sorpresa que me llevé. En efecto, sí estaban regalando pozole; nos invitaron a sentarnos y de inmediato nos sirvieron un plato a cada quién, nos regalaron un juguito y ponche. Resulta que esta ayuda es proporcionada por una familia que año con año cerca del 12 de Diciembre prepara pozole y va a puntos específicos de la ciudad a dar de comer a personas en situación de calle.

Ese sábado, aunque mi intención era hacer tiempo, cené entre personas que viven en la calle. El hombre sentado frente a mí nos contó que su nombre era Víctor, que lo habían atropellado y nos mostró su cabeza y la marca de ese accidente. Me dijo que las personas de la calle no discriminan y fue muy amable todo el tiempo. También me contó que “damitas como yo” diariamente lo discriminan. Junto a mí estaba sentada una mujer de nombre Jessica que decía tener 34 años y que en Enero cumplía 35. Otro hombre pasó a dar las buenas noches y agradecer a Dios que el 11 de Diciembre ya cumplía 35 años.

Y no sé… estar sentada entre ellos, escuchar cómo se saludaban, sus modales y verlos a todos con cobijas cubriéndose del  frío me hizo reflexionar sobre las comodidades que tengo y a veces no agradezco. Cuando por fin nos fuimos no pude hacer otra cosa que llorar. Soy de las personas que muy pocas veces da dinero a las personas de la calle por que considero pueden trabajar.

Después del sábado me di cuenta que entre las personas en situación de calle hay una comunidad y entre ellos se cuidan, pero que también han perdido algo de identidad, Víctor no recordaba cuando era su cumpleaños. Jessica me preguntó mi nombre y jamás me malmiró, al contrario fue en suma muy agradable conmigo. A veces estas personas pasan a ser “el señor que se sienta en tal esquina” “la que siempre anda con una chamarra tal” y así van perdiendo su identidad y nosotros nos deshumanizamos más. Por eso ni damos ayuda cuando alguien la pide en el metro y he ahí que se lean tantas noticias sobre personas que mueren en ese mismo lugar.

En verdad reflexioné mucho con base en la experiencia del sábado, me sentí impotente por no poder ayudar y me sentí una mierda de personas por ser grosera, egoísta y no agradecer por las cosas que tengo. Como sociedad estamos muy divididos y no hacemos más que juzgarnos unos a otros y ponernos el pie, si nosotros que gozamos de privilegios como una cama y un techo, ¿qué tanto sufrirán las personas en situación de calle? Aunque también me pregunto ¿y las familias de ellos? ¿saben dónde están? ¿por qué no los ayudaron? Y claro, ¿por qué están en las calles? Esas dudas me abordan siempre que veo a alguien viviendo en la calle; si nacieron en una familia, es obvio que tienen madre y padre. ¿Dónde están? ¿Qué los hace llegar a vivir así? ¿Tienen sueños, esperanza, anhelos? ¿Saben qué es el amor y la amistad? ¿Quién les enseña a sobrevivir entre las calles?

Son muchas mis dudas y más el vacío que sentí cuando me di cuenta que somos una sociedad con doble moral donde ayudamos para sentirnos mejor con nosotros mismos, pero también porque nos sentimos superiores al poder hacerlo. Es extraño y debemos trabajar mucho como sociedad para erradicar prejuicios y ser más solidarios.  ¿Qué nos ha pasado como sociedad que no ayudamos? ¿Qué nos ha hecho tan poco solidarios y arrogantes? ¿Algún día cambiaremos? Lamentablemente no tengo las respuestas de mis interrogantes, pero espero pronto algo rompa la coraza de nuestros corazones y ayudemos.

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