Poemas de Daniel Salazar

El río invierte el curso de su corriente

 

oh my darling Clementine  

el verano retrocede en amarillo

el calor agobia mis costillas

las gotas suben de mi espalda a la regadera

los recuerdos se deslizan por el cuerpo

tu nombre se deslava en mi boca

salgo de la ducha seco y sucio

un correo regresa a mi bandeja de entrada

se desconfigura la sonrisa en la pantalla

las palabras deshielan el silencio

los meses se desdicen

regresas al aeropuerto de San Francisco

el olvido se abre con tus maletas

vuelvo a no asistir a tu despedida

el hielo se reinstala en el corredor

los caminos bifurcados se reúnen

regreso de espaldas a tu casa

mis mejillas deslavadas se humedecen

el eco pierde sus multiplicaciones el eco del no que no dijiste

abrochas los botones de tu camisa

aún no pagamos la cena y todavía no conozco tu nuevo departamento

la fruta podrida se recompone

volvemos a hablar

la primavera se enfría

regresamos a no hablar por mucho tiempo

pasan cuatro años no estoy solo

pasan dos años estoy solo

regresa enero podo su follaje taciturno

vomito las ansias negras de no verte

algo se desvive en las cortinas

emerge una maleza azul en las macetas

los muertos salen de sus tumbas

los aviones vuelan hacia atrás

en avión regresa tu ausencia en primera clase

la tristeza se despereza en mi cama

el invierno se vuelve otoño

te vuelvo a decir eso: que eres algo así como una mancha cálida que se cierne sobre las cosas

bajas del camión esta vez a despedirte

regresamos a la fiesta de tu amiga

todavía no se hace tarde y ahora no lloro porque justo regresaste de Argentina

la cerveza se enfría en la mano

mi mano se conforma en la tuya

nuestros labios se destraban

la cumbia regresa invisible a los altavoces

volvemos al hotel donde nos reencontramos

el desagüe regresa de la coladera

el jabón se desespera en dirección contraria

mis dedos recobran su hueco en tu piel hundida

las lenguas recogen la saliva

un gemido se coloca en mi garganta

nos desmojamos

tiemblo primero luego me tocas

el agua regresa a sus orígenes

no nos vemos nuevamente

desbaratamos el abrazo que nos dimos

volvemos a ese parque porque nos habíamos perdonado el parque todavía no es terrible

recorremos sobre tu motocicleta en reversa las calles del pueblo

baja del cielo el grito que puso tu madre cuando se enteró con quien salías

los arbustos se tragan el alarido

hacemos de nuevo eso a escondidas una segunda vez por primera vez

vuelve la primavera de ese marzo

el olor a mojado regresa a la tierra

la lluvia se evapora y se vuelve jacaranda

los pájaros se vuelven risa

tus ojos de madera se incendian

reinauguramos nuestra primera cita

vuelvo al pasillo como un día soleado

regreso a la clase de baile

te levantas porque aún no estiramos

todavía no sudo todavía no me canso todavía no caigo en el giro

me devuelves el saludo en el pasillo

todavía no duele el cuerpo

tengo diecinueve años

quiero aprender a bailar

la tarde se levanta

miro claro rebobino camino solo

esta vez definitiva no regreso

desando las horas recula el pensamiento

el río modifica el curso de su corriente

giro a la izquierda en vez de a la derecha

no te encuentro en el pasillo

nunca te conocí

jamás aprendí a bailar

ese departamento lo rentó otra pareja con un gato

los aviones surcan el cielo con otros pasajeros

la vida sigue siendo una sala de espera

no recibo una videollamada

años después yo no escribo estas líneas a los veinticinco

el calor aún asedia mis costillas

las gotas suben para encerrarse en la regadera

cierro la llave los ojos la memoria

el verano retrocede en amarillo

tú eres tan sólo un hombre sentado en la arena

miras las olas romperse para siempre en el Océano Pacífico

 

Chabacano 

Los aviones pasaban como sueños turbulentos.

Los dedos, ejércitos lascivos.

Tus veintidós rostros fantásticos giraban en el centro de la noche.

El pene, erguido, como el clavel que tenías en la ventana.

 

“Para que vuelvas”, dijiste

separando tus muslos de los míos,

quedo.

 

La fiebre quedó amarrada como perra brava

con cadena a la canción que bailamos entre vestidas;

el pecho, abierto, y nuestro incansable corazón en fiesta

junto al candado que muerde la negrura

—como mordí tu cuello derramándose sobre la colcha—

detrás del póster de una litografía

—en un museo muy lejos, en otro idioma—

colgada en la espalda blanca de tu recámara.

 

“Para que vuelvas”, dijiste.

Volví a los portales del zócalo que alguna vez fue nuestro reino,

pero jamás volví a tu casa.

Como tampoco volví a encontrarme en tus cerrojos

que ahora busco en este pasillo largo,

después de subir unas escaleras altas en espiral,

y llego una puerta cerrada con la llave adentro.

 

El deseo es una ciudad contaminada.

 

La noche, una criatura viscosa

que se arrastra por los carriles centrales del periférico.

 

Daniel Salazar

Nacido en 1993 en la Ciudad de México, Daniel Salazar Ramos es pasante de la Licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, así como miembro honorario del Seminario de Lenguas Otomangues de la misma institución. Le atraen profundamente los estudios culturales, la poesía mexicana contemporánea y las cuestiones indigenistas. Ha participado tanto en proyectos comunitarios de lectura en voz alta como en talleres culturales y de desarrollo sustentable, al igual que en diversos foros académicos y poéticos. Cuando escribe, lo hace bajo el pseudónimo de Dionisio Saldaña. Incursiona en la poesía y el ensayo.

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Víctor Bocanegra dice:

    No me gustó ninguno de tus poemas. Me parece que cuando las buenas intenciones le ganan al talento lo mejor es escribir los poemas en un cuaderno y guardarlos bajo la cama. Tus poemas son mala prosa espaciada, sin hilo narrativo, sin chiste. Perdón que sea mala onda, ojalá te esfuerces por darle un giro a tus textos y hacerlos más dionisiacos.

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