“Prohibición inútil” de Vania Itzel Herrera

Aún no le poníamos nombre. No valía la pena. Sólo decíamos eso y el guiño en la cara, la risa contenida y las miraditas de complicidad nos bastaban para saber de qué se trataba. Sabíamos que estaba mal, porque algo por dentro nos cocinaba las entrañas y nos hacía sentir un morbo indescriptible cuando lo pensábamos, cuando hacíamos alusión a eso y sobre todo cuando simplemente fingíamos que ya habíamos hecho eso.

     El ingenio es lo que sobrevive a esa etapa de la vida, o mejor dicho es lo único valioso que nos heredan las hormonas y la atolondrada adolescencia. Recuerdo que a esa edad escuché e inventé las mejores historias en torno a eso, y resultaban tan reales que llegaba un punto en donde los verdaderos engañados éramos los que las contábamos. Fue con Luisa, la de la esquina. No, no, en su casa no, en el callejón de la de las tortillas. ¿A las seis? No, hasta las ocho está desierta. Sí, sí, a las ocho. Pues… así… y así… ajá, pues como se hace eso. Y claro, hasta me dio las gracias. Todos caras de crédulos tarugos de catorce años. Silencio aprobatorio. Esa maldita ausencia de palabras que en realidad sólo representaba la falta de valor para encarar una mentira que terminaría por descubrir las propias. Miradas de aprendida complicidad.

     No hace falta estar enamorado para sufrir por amor, eso lo sabíamos, desde los hijos de madres solteras hasta los hijos de los padres eternamente ausentes. El amor en la adolescencia pasa por transformaciones incomprensibles y caprichosas, desde el clásico amor imposible hasta el ardoroso amor ausente de los nuestros. Claro, también mentíamos al decir eso para no hablar de nada importante, eso era tan grande en apariencia, que nos ayudaba a ocultarnos de todo, al final resultaba una frazada gigante bajo la cual podíamos escondernos y no volver a salir.

     Tal vez en realidad nunca le pusimos un nombre fijo porque sabíamos que llegaría el momento en el que eso ampliaría sus alcances, pasaría de la pubertad escandalosa a la juventud silenciosa, iría del falso éxito que se clamaba a los cuatro vientos con inocencia, al controversial logro que carecía de toda ingenuidad. El silencio aprobatorio se repetía, pero ahora con una carga de culpabilidad más profunda. La ausencia comenzaba a devorarnos y nosotros ni si quiera nos percatábamos de ello, o preferíamos fingir que no pasaba, que nada nos ocurriría, porque la mentira dulce de Luisa a las ocho en el callejón de las tortillas hacía que todos los embustes fueran igual de lindos, claro, porque los hacíamos sólo para entretener a los amigos.

     Eso no tenía nombre, ya no importaba, porque sabíamos que ya no podía tener un nombre, eso era ya tantas cosas tantas, que en algún momento de nuestras atolondradas vidas, deseábamos volver a ser los chiquillos sin rumbo que decían eso y se cagaban de risa en medio del morbo y la ingenuidad. No, era un autoengaño que en cierto momento no le pusiéramos nombre porque no valía la pena. Lo evitábamos porque darle un nombre en concreto nos paralizaba, sabíamos que no seríamos capaces de decirlo y seguir haciéndolo. El cinismo tiene sus límites en la vida de los hombres, en nuestras vidas. Eso no terminó por destruirnos a nosotros, pero terminó por hacernos esclavos sin que lo supiéramos.

                      ¿Hay moraleja?

Tal vez

en plural

sólo sabemos

errar.

 

Vania Itzel Herrera (Orizaba, Veracruz)

Le hace al cuento (o lo intenta) y al teatro. Tiene más cartas extraviadas en correos que éxitos en la radio. No sabe armar reactores nucleares, sí sabe usar una navaja. Estudia el séptimo  cuatrimestre de la Licenciatura en Lingüística y Literatura Hispánica en la BUAP, pero aún no le entiende al final de Evangelion.

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