“Sepulcros vacíos” de Rolman Constantino

Nos reuníamos en casa de Jacinta para orar. Lucila era católica, Karina evangélica, Elena adventista y yo no profesaba; pero cuando pedíamos por nuestros hijos, teníamos el mismo credo. El mismo Dios escuchaba, allá desde su reino, nuestras plegarias. Jacinta que era la más añosa de todas nosotras dirigía las oraciones. Fuera de ello no decía ninguna palabra. Por eso cuando se iba con ella porque se tenía el corazón atribulado, mejoraba. No decía nada, miraba a los ojos; uno sostenía un par de segundos la mirada y descendía lentamente la vista desde las arrugas de su rostro hasta el suelo; y algo dejaba de pesar un poco menos. Fue a Jacinta a quien encontré primero de todas, me vio en la Procuraduría exigiendo, azotando escritorios y dando de gritos. Esperó en la entrada y solo dijo: ven.  Asentí y me moví intentando alcanzarla porque para esto ella iba varios pasos adelante. Fuimos a su casa y me dio un té que preparó con raíces y hierbas que cortó en su patio. Me dijo que respirara lento y lo bebiera a sorbos pequeños. No decía como todos que las cosas iban a mejorar, solo escuchaba.

         Salí de aquel sitio pensando que no era la única. Probablemente a pocos kilómetros alguien también desvelaba su noche en los mismos dolores. Pegué papeletas en los malecones, postes, casas, centros comerciales, en tiendas, hospitales, dependencias públicas, universidades, en donde fuera posible.  Aunque no supiera para qué ni por qué, quería conocer a más personas que pasaran por lo mismo.  Y así fue, las reuniones comenzaron en mi casa, que después de un par de meses, empezó a quedar pequeña. Surgieron cantidad de ideas. Acudimos a los medios de comunicación, a los hospitales de la ciudad y poblados cercanos, interpusimos demandas, contratamos abogados. Hubo incluso una compañera que encaró en un evento público al gobernador del Estado. Nadie sabía nada, y si sabía no debía hacerlo y mucho menos decirlo, porque en este lugar tener la lengua larga significaba tener la vida corta.

        También íbamos con regularidad a las morgues. Lo que son las cosas: desear al muerto. Un activista de la región nos había dicho que, en la zona costera de un país cercano, las madres esperaban que por las noches la marea trajera consigo cuerpos de desaparecidos, y aunque no fueran sus hijos, pegaban una fotografía en el rostro, preparaban el cuerpo y le daban santa sepultura. Nosotros decíamos querer ver a nuestros hijos vivos, lo repetíamos hasta el cansancio. Pero en el fondo, sabíamos que eso no era posible, que tanto tiempo estancado no podía estar equivocado.

        Todo esfuerzo por encontrar ayuda era inútil, que decidimos buscar por cuenta propia. Investigamos terrenos y los vecinos nos indicaban lugares sospechosos; sitios donde entraban camionetas grandes constantemente o donde hacían aparición los policías o militares. Cada mes éramos menos porque nos perseguían. Dejaban amenazas debajo de nuestras puertas para que desistiéramos de buscar, o de lo contrario, a quienes iban a busca luego sería a nosotros. Después de tantos meses lo estábamos haciendo bien, era señal. De la misma manera, por el umbral de las puertas, llegó noticia de un predio que se encontraba a orilladas de la ciudad. Nunca supimos quién lo mandó, pero estábamos enterados que de esa manera habían encontrado varias fosas donde hallaron más de 50 cadáveres hace un par de años. Nos dejaron un croquis y a la mañana siguiente estábamos conduciendo, en caravana con varios padres hacia el terreno.

        Aquella noche, después de varios meses de no hacerlo, soñé: Jacinta en su cocina, preparando una infusión con un fuerte olor a jengibre. Desconcertada, preguntaba tartamudeando cuál era su nombre, se acercaba lentamente a mí, quitándose un paño del rostro y mostrando la cavidad de los ojos vacías. Extrañamente, no me levanté con miedo, en cambio, aparecía una sensación presentimiento y levedad, como de no tocar el suelo.

        Llegamos al terreno y dos padres se quedaron en el portón, a vigilar. Los otros nos dividimos para escarbar. Lo hicimos por horas, hasta que tuvimos que parar porque comenzaba a ocultarse el sol. Ya habían acordado retirarse, guardaban las palas y picos cuando encontré un bulto entre la tierra, y lo limpié. Sentí como de a poco perdía la sensación del cuerpo.  Era el momento que cada uno esperaba para sí. Quebrarse al reconocer algún anillo, reloj, o cadena; esa extraña satisfacción que se encuentra cuando todo acaba; la de recibir el último golpe en la contienda; disfrutar de la suave y cálida lona contra el rostro.

        El objeto que había encontrado era un espejo. Vi mi rostro. Tenía tanto tiempo que no lo hacía que no supe bien si las formas que estaban frente a mí eran mías. Dejé caer el espejo y lo escuché partirse en muchos pedazos, me desaparté del grupo y eché a caminar sin rumbo. La gente dice que me hablaron en repetidas ocasiones, que gritaban mi nombre e intentaban hacerme parar, no lo recuerdo.  Dicen también que donde escarbé no hallaron nada, ni huesos ni cadenas ni anillo ni espejo, solo tierra, tierra negra.

        Tampoco recuerdo cómo regresé a casa. Solo que estando allí intenté sacar las llaves, pero no las hallé. Toqué la puerta para que me abrieran, lo hice en repetidas ocasiones y con mucha fuerza, como si la puerta tuviera la culpa de todo el dolor habido en el mundo en todos sus siglos. Era imposible pensar que con tanta insistencia de horas no escucharan.  Me detuve solo hasta cuando me di cuenta que nadie iba oírme, porque yo tampoco escuchaba los golpes, ni sentía las manos lastimadas, y en el ventanal de la puerta no estaba mi reflejo.

 

Rolman Josué Constantino Pérez (Tuxtla Chico, Chiapas, 1994)

Estudió Lengua y literatura hispanoamericana en la Universidad Autónoma de Chiapas. Ha participado en eventos como Carruaje de pájaros, Festival Internacional de Poesía San Cristóbal de las Casas y recientemente en el curso de jóvenes Xalapa de la Fundación para las letras mexicanas. Ha publicado en revistas electrónicos.

 

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