“Una noche llena de luz” de Marco Antonio Toriz Sosa

Marcial se quedó en silencio admirando el patrón de tubos tridimensionales que jugaban como un eterno rizoma en el wallpaper de su vieja computadora de escritorio. Llevaban media hora entrelazándose en un jugueteo colorido e interminable. Las ideas parecían no fluir y su artículo para el último número de El charro ilustrado tenía que estar listo para esa misma noche. Le quedaban sólo unas horas antes del cierre de la edición.

     Apoyándose de una entrevista realizada a Jaime Maussan que había hecho unos días atrás, Ortuño planeaba escribir un artículo sobre secuestros interestelares, conocidos como abducciones. Marcial, desesperado por el bloqueo mental, se apartó del escritorio, apoyó los codos sobre su regazo y se mesó los cabellos, luego masajeó sus sienes y, en un suspiro que le pareció eterno, se descubrió llorando frente al monitor de la computadora ante su inminente fracaso.

     A pesar de que los dueños de El charro ilustrado habían realizado su mayor esfuerzo por seguir editando la revista, los fondos de reserva se habían agotado y, ahora, se encontraban en números rojos. La situación los había orillado, en un inicio, a despedir a varios editores, periodistas, colaboradores e impresores; después, con lágrimas en los ojos, convocaron a una junta para avisar al resto del equipo que el semanario había llegado a su fin.

            Mientras admiraba el jugueteo de los tubos tridimensionales en la pantalla, Marcial Ortuño encendió el décimo cigarrillo de la noche. Le sorprendía mucho que, tomando en cuenta la situación económica de los dueños, no lo hubieran despedido a él específicamente, el encargado de la sección de datos insólitos. Si bien “Mundo raro” aparecía semana a semana en las páginas de El charro ilustrado desde los inicios del semanario, ésta era la sección menos relevante de toda la revista y, claramente, podían prescindir de él sin preocupaciones.

            Como si fuera el final de su vida, Marcial vio pasar frente a sus ojos los diez años prestados a la revista y, con la fuerza de un puntapié propinado en la base de su nuca, resintió el rechazo perenne de sus colegas. Diez años. Diez años de burlas. Recordó aquella vez en que descubrió que el resto de los trabajadores de El charro ilustrado nombraban a su oficina como el “Área 51” y a él lo llamaban “Spooky”, como a Fox Mulder en The X files.

            Una rabia creciente le llenó la boca de un sabor amargo que poco a poco le dejó seca la garganta. Es injusto, pensaba, ¿en qué voy a emplearme ahora? Y lloraba lentamente, impulsado por la rabia que le carcomía. Enjugó sus lágrimas, se acercó al escritorio y presionó una tecla aleatoria: la página en blanco del documento llenó la pantalla. La línea del cursor parpadeaba con frecuencia, incrementando la ansiedad de Ortuño. Comenzó a teclear con miedo. A ratos se detenía y borraba el párrafo recién escrito con un patetismo evidente en su mirada derrotada.

            Después de perder la lucha contra el bloqueo creativo se dio por vencido. Se puso de pie y se acercó al gran ventanal arqueado para mirar hacia la calle. Entonces pensó: algo no está bien. Y: las calles de Iztapalapa nunca, nunca, están en silencio. Y: este es el silencio previo al caos. Y: ¿qué es lo que habrá pasado?

     Fue entonces que vio la luz filtrase a través del ventanal. Se encendió de súbito sobre el departamento de Marcial y, poco a poco, se fue cerrando sobre su cuerpo inmóvil como un iris que se cierra ante la presencia de la luz. Marcial Ortuño la sintió vibrar sobre su piel. Los vellos de sus brazos se erizaron, como atraídos por una gran fuerza magnética. Pensó que la luz era producida por un helicóptero buscando a algún fugitivo que se había fugado del penal pues, como sabía, el reclusorio Oriente estaba muy cerca de su departamento.

     De pronto sintió que sus miembros se aflojaban. Sintió que sus pies comenzaban a elevarse unos centímetros por encima del suelo y que la vista comenzaba a nublársele. Un hilo de baba resbaló por la comisura de sus labios mientras la luz levantaba su cuerpo conduciéndolo hasta la nave que, imponente, se alzaba en el cielo de la ciudad.

     Mientras flotaba, Ortuño recordó el artículo que había escrito sobre Travis Walton y la entrevista realizada por Mark L. Walberg que desmentía toda posibilidad de que Walton fuera víctima de una abducción. Pensó, también, en las estadísticas que había cotejado para su artículo: al menos dos de cada ocho norteamericanos aseguraban haber sido abducidos por una nave espacial. En México no había tales estadísticas.

     Sólo entonces pensó en su fracaso como periodista. Sintió un hueco en el pecho cuando recordó que le quedaban sólo unas horas para poder terminar su último artículo para El charro ilustrado que, había jurado al resto de sus colegas, sería el mejor artículo jamás publicado en la revista antes de salir del edificio dando un portazo ante el corillo creciente de las risas de sus compañeros que se burlaban de él. Sólo entonces sintió pena de sí mismo.

     Un par de lágrimas resbalaron de sus ojos y quedaron suspendidas en el aire a medida que la luz tiraba de él. Ya verán, se decía mientras la luz lo arrastraba lentamente. Ya verán cuando escriba el artículo. Se van a quedar con la boca abierta.

     En el viejo monitor, ya inhabilitado por el desuso, apareció el repetitivo patrón colorido de tubos tridimensionales que fue creciendo a medida que la nave se alejó del departamento vacío.

 

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