“La gran carrera” de Cristian Lagunas

Mamá, ¿vas a estar bien? Asiento. Aquí están las vitaminas de Jaime, dice ella y se aleja de nosotros con desconfianza. Una vez cada dos meses, ella permite que él y yo hagamos las compras juntos. Antes de entrar, ambos comemos hot dogs. Me convenció de pasar a la comida rápida. Cuando terminamos, lo ayudo a llegar hasta el borde de la banca donde está sentado y coloco su silla de ruedas muy cerca. Jaime nació con una condición que le impide caminar y depende de la silla para ir a todos lados. La gente nos mira siempre. Cada vez que volvemos a vernos, yo estoy más vieja, más cansada, él con el pelo más crecido, más gordo, con ropa más moderna, pero la condición de sus piernas, con la que nació y morirá, no ha cambiado ni siquiera un poco. Él sostiene su vaso de Pepsi y succiona con el popote, aunque ya no hay líquido para beber. Le arrebato el vaso de cartón poco a poco. Con la autoridad de ser su abuela, arrojo el vaso a la basura y saco una servilleta arrugada de mi suéter para limpiarle la boca, como si tuviera varios años menos de los que tiene. Jaime hace un berrinchito en la silla y golpea las ruedas. Ey, ey, ey, le digo. La gente voltea. Sé que está fingiendo. Vamos, digo. Le pido a un empleado del Sam’s Club que me consiga un carrito de compras especial. Me sostengo la parte baja de la espalda y le acaricio los cabellos a Jaime. Él ríe muy bajo. Sabe lo que va a pasar ahora. El juego de exagerar nuestra propia condición.

     El empleado, muy joven, se acerca con el cochecito eléctrico. Busco los lentes oscuros y me los pongo. Jaime recarga la cabeza en el hombro. La gente pasa a nuestro alrededor con pizzas y frappés de vainilla. El cochecito eléctrico tiene escrito “Amigo Shop” en la parte de abajo, una canasta para nuestras compras en la parte frontal, un asiento acolchonado, una palanca para avanzar, otra para retroceder. Gracias, corazón, le digo al chico alto, que se aleja corriendo para atender a otro cliente. Por un momento me da pena que Jaime nunca vaya a poder hacer lo mismo. 
Mi nieto mueve las ruedas de su silla para quedar detrás de mí. Yo me acomodo en el cochecito y pongo mi bolsa en la canasta metálica. ¿Estás listo?, le digo. Sí, contesta él, mientras se sujeta al respaldo de mi asiento con las manos llenas de mostaza. Muy bien, agárrate fuerte, digo ahora, es momento de la gran carrera. Parecemos uno de esos juegos de feria donde los vagones están unidos uno con el otro.  Dos vértebras fusionadas. Compraremos hoy galletas de chocolate, detergente para la ropa, papel de baño. Desde donde estamos hasta la entrada del Sam’s Club hay entre quince y veinte metros. En un segundo activaré la palanca de este coche eléctrico y reinará el caos. Jaime y yo recorreremos esa distancia a tres kilómetros por hora. Muy despacio, pero tan rápido como para que todas estas personas nos hagan un espacio. Para que se aparten de nuestro camino, una por una, como el séquito se aparta ante un monarca. Nos echarán miradas, lo sé. Se irritarán por el paso de la abuela y el nieto, lo presiento. Si Jaime tuviera palomitas de maíz en las manos, las arrojaría a todo el mundo. Dentro de unos minutos, seremos una presencia indeseable en el pasillo de los productos de aseo, en el de las bebidas azucaradas. Obligaremos a los otros carritos a moverse, iremos llenando el nuestro con productos. Jaime hará el gesto de punk que le enseñé y sacará la lengua a otros niños malcriados. Yo no me quitaré las gafas en ningún momento. Jaime dice: “Eres la mejor” y sé entonces que estamos preparados, que puedo asumir el papel de piloto. Respiro hondo. Hay poco tiempo. Tengo la confianza de que llegaremos a la meta.

Cristian Lagunas (1994)

Tiene estudios en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma Metropolitana y cursó el Programa de Escritura Creativa de la Universidad del Claustro de Sor Juana. Sus textos han sido incluidos en 25 golpes de suerte (Lectorum, 2013) y en Los muertos no cuentan cuentos. Antología de narrativa joven del Estado de México (FOEM, 2015). En 2014 fue becario del Fondo para la Cultura y las Artes del Estado de México, en la categoría Jóvenes Creadores; en 2017, participante del programa de verano de la Fundación para las Letras Mexicanas.

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