Efímeras: Sobre insectos y relaciones humanas.

Existen unos insectos llamados efímeras o ephemeropteros cuya vida dura tan sólo un día. ¿Qué pasa con esos miles de cuerpecitos alados que mueren cada día? Se convierten en polvo, alimentan plantas, su energía y materia se transmuta y da forma a nuevas cosas. Hoy vuela y se cree parte del aire, mañana regresará a la tierra, pasado mañana tal vez sus átomos vaguen en los océanos, probablemente un día alimenten el fuego. La efímera no lo sabe, ella se cree eterna, al no poder razonar la pequeñez de 24 horas las toma por una eternidad, pero no está tan equivocada, después de todo su materia jamás dejará de existir. Sin embargo ¿qué hace el pequeño insecto con sus 1440 minutos de vida?

     Ahora bien. Los humanos somos un poquito más complejos —complicados tal vez sea la palabra—. La efímera se sabe efímera, o mejor dicho se conforma con ser lo que es, no gasta segundos en preguntarse si es o no insecto, si puede o no puede volar, si es más efímera que su compañera de vuelo o si lleva varios minutos creyendo ser algo que no es. No. El ephemeroptero es y punto. Pero el humano no. Hoy se define de una forma y dentro de un par de horas se complace en una definición contraria. En 24 horas el hombre puede vivir el recorrido que efectuará la materia del ephemeroptero a lo largo de toda la existencia del universo. Aire, tierra, agua, fuego. El humor y la mentalidad humana son cambiantes y contrastan de tal manera entre sí que un solo individuo puede llegar a parecernos distintas personas.

     Somos mutables y efímeros y no obstante nos apegamos a aquello que nos rodea como si intentásemos negar que estas dos cualidades son parte de nuestra naturaleza. Vamos por la vida aferrándonos a relaciones que tal vez ya no funcionan, seguimos proyectos que antes nos eran satisfactorios y hoy ya no nos llenan, nos aferramos a tales o cuales objetos porque nos pertenecieron en el pasado. Nos aferramos a la costumbre, lo conocido, el pasado como si temiésemos aceptar que hemos cambiado. Nos rehusamos a la mutabilidad aun cuando nuestro ser está hecho de miles de efímeras que día con día nacen y mueren por millares. ¿No me cree? Mire su cuerpo y dígame si acaso piensa que aún tiene consigo las células con las que nació.

     Usted me replicará “¿Entonces dices que estamos condenados a no poder establecer relaciones duraderas y que cuando hemos cambiado y sentimos que las cosas ya no funcionan debemos aceptarlo e irnos?” No. Un problema de nuestra época es creer que todo es reemplazable. Vivimos en un continuo “usa y desecha”, si algo se estropea no importa, gracias a la producción en masa podemos ir al supermercado y comprar un objeto igual o mejor. Pero los humanos no somos objetos reemplazables, no pertenecemos a la producción en masa, o no deberíamos de pertenecer a tal fenómeno. Las personas no somos reemplazables por más que esta cultura de consumo y la bolsa de trabajo insistan.

     Cuando una relación (háblese de relación de pareja, amistad, trabajo, académica, etc.,) ya no funciona lo mejor es reconocer que ambos individuos han cambiado y aceptar que si se quiere continuar al lado de esa persona habrá que forjar una nueva relación. Si día a día cambiamos es lógico que también nuestra dinámica interpersonal lo haga. Yo no hablo pues de cortar relaciones sino de adaptarse a la mutabilidad de los otros y a la propia.

1472222378_123881_1472288274_sumario_normal

     Somos fugaces y mutables pero también está en nuestra naturaleza la capacidad para adaptarnos al cambio. Buscamos la felicidad pero nos da miedo aceptar que esta tal vez ya no resida donde creíamos haberla encontrado, donde creímos guardarla. Tal vez por eso las efímeras tienen alas. Al tener una vida tan corta no pueden darse el lujo de permanecer siempre en un solo sitio, tampoco pueden pasar horas preguntándose si están siendo felices o si el resto de los insectos las envidiarán o compadecerán. No. Ellas sólo se dedican a volar y vivir esa eternidad encerrada en 1440 minutos.

     Las efímeras tienen esa ventaja de creerse eternas y no poder razonar sobre la finitud de la vida y el ser. Pero, si por un día los humanos aceptáramos nuestra mutabilidad y fingiésemos despertar siendo uno de esos insectos alados ¿hacia dónde volaríamos? ¿Qué haríamos con esos 1440 minutos?

Fotografía de Imre Potyó compuesta de dos tiros.

Fotografía de Blanca Aldanondo.

Anuncios

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Jorge Martinez dice:

    Hermosa y profunda reflexión.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s