Cuento|En la frontera (3:00 am)

Un ardor en las palmas le hacía cerrar los puños con fuerza, los cerraba y los abría estirando los dedos, así una y otra vez. Ya estaba del otro lado, solo quedaba esperar, caminar casi a gatas cuidándose de los que pudieran estar observando. El silencio se hace más grande cuando existe miedo, caminaban uno tras otro, protegiendo la espalda del que iba adelante, aunque no lo conocieran, en ese momento eran todos uno, jalaban para el mismo lado.

Caminaron más de cuarenta y cinco minutos, el tiempo pasaba lento a esas horas de la noche, además, el sueño empezó a pegar en los más pequeños. Familias enteras se fueron quedando atrás. Síguele tú, Joaquín, yo ya no puedo. No la chingues, Mary, ya no falta nada, unos cuantos metros a lo mucho. Se levantaban y continuaban, con unas lágrimas que empezaban a caer en la infértil tierra.

Aunque era de noche, el calor sofocaba aquellos pulmones cansados de respirar en un lugar desconocido, las piernas comenzaban a entumirse y algunos se fueron tumbando para descansar. El cansancio se fue haciendo cada vez más notorio, y la camioneta que los esperaba nomás no aparecía. Sipriano, ¿ves esa lagunita? Vamos por agua. ¿No tienes sed? Acompáñame, Sipriano. Estás loco, Lupe, no hay nada allí. ¿Cómo no? Si no quieres tomártela podemos meternos un rato y refrescarnos, ya no aguanto este calor. No estés chingando, ya vámonos, nos estamos quedando atrás por tu culpa. Como quieras, yo sí voy a echarme un traguito, allá tú.

Lupe caminó hacia la laguna que veía al fondo. Se quitó los zapatos, los calcetines y subió sus pantalones hasta las pantorrillas, tomó un poco de agua y la bebió con tranquilidad. Desde el fondo, Sipriano observaba cómo Lupe se embarraba tierra en la cara con una tranquilidad y un gozo infantiles. ¿No quieres un poco? Está fresca. De pronto, debajo de una piedra comenzó a salir una serpiente y se acercaba lentamente hasta donde se encontraba Lupe. ¡Lupe, ten cuidado! ¡Lupe, nos están dejando, ya no los veo! Mira Sipriano, está re bonito este pececito, se me está acercando, ha de tener hambre el pobrecito.

Sipriano se acercó temeroso y con cautela rodeando a la serpiente y a Lupe. Daba pasos cortos para no asustarla, al parecer lo que Lupe veía era causa de alguna alucinación, pues la esperaba con gran tranquilidad y le ofrecía las manos para acariciarla. Se acercaba más, derramando gotas de sudor tensas que temían caer al suelo por llegar a atraer la atención del reptil. Mientras tanto, ella se acercaba haciendo círculos y atenta a los movimientos de sus manos, centraba la vista en sus pies, luego en los ojos, la voz de Lupe parecía encantar a la serpiente.

Ven, pececito, no va a pasar nada, canijo. ¡Vente pacá, Lupe! ¡Te va a morder! Qué traes, si los peces no muerden, pelao. Ven-te, muy des-pa-ci-to. Ven-te. Sipriano estaba cada vez más cerca del reptil, de pronto se precipitó sobre ella en una gran zancada e intentó pisarla, quería destrozarla con todas sus fuerzas cuidando de Lupe, sin embargo, algo hizo que se arrastrara con rapidez y regresara debajo de la piedra, estaban a salvo.

Sipriano se arrodilló frente a Lupe y lo miró con miedo, no sabía qué le pasaba exactamente, quizá era el hambre lo que le hacía ver cosas, quizá era el calor asfixiante de la noche en el desierto. Los ojos desorbitados de Lupe lo asustaron, le sacudió la tierra que tenía en la cara y le tendió una mano para ayudarlo a ponerse de pie, debían alcanzar al grupo.

Justo cuando tiró hacia atrás para levantarlo, sintió un rasguño punzante en la pantorrilla, cayó de rodillas y el ardor comenzó a subir por toda la pierna. Se sobaba con desesperación y Lupe se reía, no entendía por qué Sipriano se revolcaba en el suelo de esa forma, le parecía gracioso. Ejercía presión a su pierna y de pronto el dolor se volvió insoportable y un mareo le hizo dar vueltas a su cabeza, al mirar de frente, la serpiente estaba ahí, ansiosa por volver a morder. Atacó a Sipriano directamente en la garganta, clavó sus colmillos y mordió todo su rostro en repetidas ocasiones mientras la sangre salpicaba sus pantalonesTK DAYS. Su cuerpo comenzó a ponerse duro y quedó tumbado para siempre en la tierra. Lupe solo reía al no entender qué acababa de pasar, simplemente se recostó e intentó dormir.

¿Dónde está papá, mami? Se quedó atrás, hijo, con tu tío Lupe, ahorita nos alcanza.

Por: Adonai Uresti

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