“Haz lo que amas”

Hace unos días me encontré con un amigo en un bar de Barrio Antiguo. Estaba muy complacida de haber encontrado cerveza barata en algún lugar de la cada vez más costosa Monterrey. El tema de nuestra conversación giró en torno a un aspecto muy característico de la sociedad regia: el trabajo. No crean que particularizo a lo tonto. Es evidente que el trabajo (y su falta) no es solo un tema conversacional común en la ciudad sino en todo el país y el mundo; sin embargo, hoy puedo hablar solamente de mi experiencia como una persona más que creció bajo el lema de que el trabajo templa el espíritu. 

“Nacimos en una fábrica gigante”, dice mi amigo, “no tenemos por qué sentirnos mal de haber crecido robots y estar despertando apenas ahora, no nos enseñaron otra cosa”.  Ambos vivimos circunstancias similares: jóvenes egresados de la universidad que comienzan a percatarse de que a su edad ya tendrían que estar haciendo algo más con sus vidas. Cuando hablamos de “despertar”, nos referimos a otra desafortunada habilidad compartida: la de romper con cada uno de los requisitos que conforman la plantilla de Monterrey, algo así como el american dream versión clase media regia, aquel molde al que todos sentimos la obligación de acoplarnos. Ser marcadamente heterosexual (aunque eso implique renunciar a un iPhone porque son de jotos), decir que eres católico si te preguntan y desear con fervor un prematuro matrimonio por la iglesia; también soñar con una casa de dos pisos con patio y cochera, dos hijos (niño y niña) a quienes meter a un colegio, contar con los ingresos suficientes para atravesar la frontera e irse de compras cada puente. Conseguir, pensando en todo esto, un trabajo que además dé el suficiente tiempo libre como para jugar fantasy-fútbol, aprovechar el abono para ir al estadio, organizar brunches con las amigas o unirse al Frente Nacional Por La Familia.

Río de esto con mi amigo al mismo tiempo que me siento profundamente incómoda. Yo decidí no seguir el molde, me fui a Sodoma (la CDMX) y me dediqué a estudiar lo que amaba. Me incomoda percatarme de que la vena emprendedora de la que nos burlamos es la misma que impulsó la decisión de abandonar esa ciudad industrial y perseguir mis sueños. La mañana en que llegué a la capital el cielo seguro todavía brillaba color azul- Tecnológico-de-Monterrey.

Ahora, recién egresada, buscando la manera de sobrevivir haciendo aquello que amo, me doy cuenta de que lo único que separa el trabajo que podría tardar años en conseguir de los empleos de mis amigos regios es una babosa e incierta superioridad moral y de clase. Después de haber estudiado literatura, mi trabajo deberá de ser agradable y tener algo de creativo e intelectual en contraposición a la deshumanizante experiencia de laborar en un call center. Esa es la promesa que subyace a la farsa del lema haz lo que amas, el “mantra del capitalismo contemporáneo” . Como bien dice Miya Tokumitsu, pensar que hay ciertos trabajos que son más adorables que otros es una actitud tóxica, arrogante y peligrosa: borra por completo aquellas labores “difíciles de amar” del mapa y, por consiguiente, a las personas que se dedican a ellas.

Tener la suerte de vivir de lo que te apasiona es en sí difícil, pero incluso lográndolo el panorama es complicado. Pienso en el estatus de la academia dentro de mi ex Facultad, en el recortado presupuesto para becas, en mis profesores con cinco trabajos, en el capital cultural que no se come. Le comento esto a mi amigo. Al acabarnos nuestras cervezas, nos apenamos en silencio de nuestra candidez. En algún momento llegamos a pensar que trabajar en lo que nos apasiona nos separaría por completo de la plantilla Monterrey: nuestra motivación no sería, en ningún momento, pensar en sueldos altos y soñar con camionetas del año. “Estaremos bien”, me dice al despedirnos, y sé que probablemente sea cierto si no dejamos de recordar una máxima: el trabajo es trabajo, temple o no el espíritu.

Les recomiendo ampliamente leer el artículo de Miya Tokumitsu con respecto a este tema aquí.

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