¿Son las autonarraciones ficciones creadoras de realidades?

“En el principio creó Dios los cielos y la tierra.
La tierra era caos y confusión y oscuridad
por encima del abismo, y el viento de Dios
aleteaba por encima de las aguas.
Y Dijo Dios…”

 

Palabras: la vida está conformada por ellas. Más allá de lo tangible está la manera en que percibimos y configuramos la realidad, la manera en que ordenamos el caos al que llamamos universo. En el Génesis la vida inicia con la palabra. Dios, el verbo, crea el universo a partir del habla, pero esto no sólo aparece en la religión judeo-cristiana. Si buscamos referencias en otras culturas encontramos en el antiguo Egipto la figura Kneph, la serpiente, y entre los griegos encontramos el Huevo Órfico, ambos símbolos del Verbo. Así  la capacidad de habla como creadora del mundo se repite en diversos mitos a través de múltiples simbolismos. Pero vayamos a algo más concreto: la palabra y la narración como herramienta para configurar la realidad.

     En diversas mitologías es el habla lo que va generando la existencia, pero en realidad en la vida cotidiana también son las narraciones que vamos produciendo las que dan sentido a nuestras experiencias. Según el psicólogo Jerome Bruner “nuestras historias no sólo cuentan, sino que imponen a lo que experimentamos una estructura” (Bruner citado en Duero, 2017, 134). En un intento por ordenar lo caótico de la vida y nuestras vivencias recurrimos a la autonarración. En muchas ocasiones, al momento en que vamos observando los comportamientos de los otros vamos dándoles una interpretación. Nuestros mismos actos los vamos dotando de sentido, nos decimos el por qué y el para qué hemos actuado de tal manera e incluso nos adelantamos a considerar las posibles reacciones que nuestros actos generarán. En otras palabras, nos narramos nuestras experiencias al tiempo en que las vivimos, “vivimos narrativamente” (Duero, 2017, 134).

autonarración2

     Así pues, nuestra vida vendría a ser el conjunto de narraciones que vamos creando y nuestra identidad podría representarse como el complejo bordado creado con los hilos narrativos que nos hemos venido contando sobre nosotros mismos y, por supuesto, también dentro de esa maraña de hilos se han quedado enervadas aquellas narraciones ajenas que nos circundan, es decir, lo que nuestros padres, hermanos, amigos, maestros, conocidos, y hasta nuestros autores favoritos nos han contado. Día a día vamos viviendo múltiples experiencias, pero conforme el tiempo pase sólo algunas de esas vivencias continuarán siendo parte de la narrativa de nuestra vida. Cuando recordamos nuestro pasado no evocamos todas y cada una de las experiencias, traemos a la mente aquellas que fueron más significativas, las que nos ayudan a construir determinada imagen. En ocasiones lo que terminamos narrándonos sobre nuestro pasado poco tiene que ver con el pasado real.

     Es cierto, ustedes me dirán que la realidad y la ficción tienen un límite. Y sí, las palabras se encuentran enmarcadas dentro del mundo objetivo pero a su vez estas lo van delimitando y definiendo, o mejor dicho, redefiniendo. Mediante las palabras podemos ir reconfigurando nuestra historia. Al pensar nuestra autobiografía hacemos uso de los recursos narrativos y dependiendo de cómo nos contemos nuestra vida así la iremos sintiendo. ¿Quiere hacer un pequeño juego? Tome alguna de sus memorias, algo vergonzoso de preferencia, ahora nárrese a sí mismo ese evento agregándole una pizca de humor, hágalo parecer gracioso, entre más lo cuente de esa manera más lo sentirá así, si decide contarlo con una actitud de víctima el recuerdo le parecerá denigrante, ahora, si decide contarlo en tercera persona, generará cierta distancia y no le afectará tanto como si lo narrase en primera persona. Dependiendo de cómo contemos algo ese algo se puede ir transmutando. Los hechos ocurridos continuarán siendo los mismos, pero no el sentimiento generado por estos.

     Los recuerdos, a medida que pasa el tiempo pueden generar un sentimiento distinto al sentimiento que surgió cuando vivimos tal experiencia, esto en gran medida se debe a que en ocasiones cuando vivimos tales eventos no contábamos con determinada información, o que tras el paso del tiempo hemos olvidado determinados detalles. A veces la distancia temporal proporciona una perspectiva distinta de determinado evento haciendo cambiar los sentimientos que estos producían. Pero en todos los casos la manera en que narremos el pasado va a influir de manera considerable en los sentimientos que estos eventos producen.

     Así mismo el presente está delimitado por las narraciones que vamos generando, por esas interpretaciones que realizamos de las acciones de los otros, esas “películas” que nos vamos creando en la mente para explicar por qué Sutanita nos ha dejado en visto, por qué Perengano no deja de mirar a Mengana, por qué Mengana actúa de esa forma con nosotros. Al no poder conocer los pensamientos del resto intentamos darle sentido a los actos de los otros mediante nuestras interpretaciones, así vamos tejiendo historias con retazos de hechos, hilos interpretativos, huecos parchados con imaginaciones, e hilvanaciones de sucesos deformados (muchas veces a nuestra conveniencia).

autonarracion3

     Jerome Bruner solía decir que “Somos fabricantes de historias. Narramos para darle sentido a nuestras vidas, para comprender lo extraño de nuestra condición humana… La narrativa es una dialéctica entre lo que se esperaba y lo que sucedió, entre lo previsible y lo excitante, entre lo canónico y lo posible, entre la memoria y la imaginación.” La narración a nivel psicológico es una modalidad de cognición primaria para ordenar nuestras experiencias diarias, para dar sentido a la vida, a lo que nos rodea. Para romper con el caos existe la palabra. Los mitos sobre el origen nos lo repiten una y otra vez, el mundo se construye en gran medida a partir de lo que vamos narrando sobre él. Por eso no son tan descabelladas las palabras de la escritora y narradora Ana Griott cuando afirma: “Cuento porque para mí es una manera de cambiar el mundo. Contar el mundo de otra manera es comenzar a cambiarlo.”

     Hace muchos siglos, cuando el mundo era aún más incomprensible, una fogata y las palabras eran la mejor manera de iluminar el caos y comenzar a dar sentido al universo. Frente a las hogueras paleolíticas alguien comenzaba a narrar un mito, contaba ficciones para develar verdades. Hoy ya no encendemos esos fuegos porque consideramos que las bombillas y la tecnología proporcionan toda la luz que necesitamos, sin embargo, seguimos narrando, seguimos contando historias, basta prestar atención a nuestras interpretaciones diarias, reconstruir nuestra biografía, recordar un fragmento del ayer o mirar en nuestro muro de Facebook las ficciones que deseamos mostrar como reales.

     Somos un entramado de historias, un tejido de palabras, mitos, recuerdos, inferencias. Somos la continuidad del bordado que inició a tejerse frente a una hoguera paleolítica y ya no puede detenerse. Ayer un dios comenzó una historia al pronunciar la palabra. Hoy, día a día, nosotros seguimos construyendo nuestra vida con retazos narrativos.

(Si quieres saber más sobre el tema busca el ensayo Duero, G. D., (2017) “¿Por qué la narrativa importa a la psicología?” Thémata. Revista de Filosofía. 55 pp. 131-156)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s