Hijos de la migración

“Pueblo mío que estás en la colina
tendido como un viejo que se muere
la pena, el abandono, son tu triste compañía
pueblo mío te dejo sin alegrías.”
Qué será— José Feliciano

Hay un lugar donde resuenan los ecos de nuestros padres, un hogar que fue abandonado hace mucho tiempo y que nosotros no podremos llamar nuestro pues no crecimos ni llegamos a vivir ahí, tan sólo en la mente lo hemos habitado a través de las historias y recuerdos de nuestros padres, a través de esa promesa que perdura en sus labios, ese deseo que no caduca y les exige regresar. ¿Regresar a dónde? ¿Para qué?

       Hace años una generación salió de sus hogares con la promesa de encontrar un mejor futuro en la ciudad. Se despidieron de sus madres, tomaron sus pocas pertenencias y aun siendo muchachos, casi unos niños, partieron del lugar que les había visto nacer. Fue entonces que las ciudades comenzaron a llenarse de aquellas ilusiones convertidas en personas. Algunos optaron por buscar un oficio, otros más apostaron por el estudio; el deseo era el mismo, encontrar más oportunidades que en su lugar natal, tener algo que ofrecer a las generaciones venideras, a sus hijos. Y esos hijos crecieron en las ciudades escuchando historias de un pueblo que jamás pudo ser olvidado.

        El fenómeno de la migración continúa. Cada vez las personas buscan su pequeña utopía más lejos que sus padres. Primero se abandonaban los pueblos para ir a las ciudades cercanas, luego se abandonaban estas por las más grandes. Ahora muchos anhelan cruzar vallas, ríos y mares pues en algún mítico sueño les dijeron que al otro lado del desierto, al otro lado de lo conocido, estaba el desastre pero también la utopía.  Las personas salen de su hogar creyendo que más allá del terruño que les vio nacer encontrarán algo mejor; sin embargo, saben que no quieren morir allá afuera, se saben pertenecientes a un lugar y, como si el barro del que estamos hechos reclamase regresar a su origen, las personas desean regresar al lugar que les vio nacer aunque sea para morir.

“México Lindo y Querido
si muero lejos de ti
que digan que estoy dormido
y que me traigan aquí
Que me entierren en la sierra
al pie de los magueyales
y que me cubra esta tierra
que es cuna de hombres cabales.”
México Lindo y Querido —  Jorge Negrete

hijos 2

Pero me pregunto, los hijos de las ciudades, los criados entre asfalto y esmog, ¿a dónde regresaremos si toda la vida hemos escuchado que nuestro origen está más allá de los rascacielos, que nuestro cuerpo se formó con el árido barro de un pueblo en medio del desierto, de un lugar rodeado de montañas, una tierra besada por cielos añiles, estrellas y ocasos incorruptos? ¿A dónde regresaremos los hijos de la migración? ¿A un pueblo que solo reside en las memorias de nuestros padres? ¿A un lugar donde nadie nos conoce, donde solo somos el hijo de Fulanito, el nieto de Perengana? ¿A una tierra que tal vez ya olvidó que nuestro barro surgió de su aridez y este esmog que nos recubre es sólo superficial?, pero… ¿Realmente lo es? ¿Realmente el esmog que nos recubre es sólo superficial o acaso hemos pasado tanto tiempo aquí que este ya es parte de nosotros y ha penetrado las capas de nuestra piel hasta llegar a nuestros huesos y fundirse a nuestra médula? ¿A dónde pertenecemos?

 

“Jacinto Cenobio, Jacinto Adán,
si en tu paraíso sólo había paz
yo no sé qué culpa quieras pagar
aquí en el infierno de la ciudad.”
Jacinto Cenobio—  Amparo Ochoa

hijos 3

Ellos recuerdan un paraíso. ¿Y nosotros? ¿Los hijos de la migración qué historias narraremos a las generaciones venideras? ¿Mitificaremos sus recuerdos? ¿Poetizaremos nuestro infierno? ¿Nos marcharemos igual que nuestros padres buscando en ciudades más grandes y monstruosas los sueños que no florecieron en las nuestras? ¿Qué haremos? ¿Dónde pediremos ser enterrados los hijos de la migración? Yo me pregunto cómo le hacen para formarse una identidad los hijos de aquellos que fueron más allá de las vallas, los desiertos, los ríos y los mares, los que adoptaron otra lengua, otras costumbres, otra forma de ver la vida, de amar, los que crecieron con las historias de un pueblo mítico oculto en el pasado, un pueblo que les pertenece por herencia, o mejor dicho: un pueblo al que le pertenecen, un terruño que clama y grita “ese barro es mío” “ese polvo que te esculpe, salió de mis entrañas, ese hálito que te da vida sopló un día sobre mis sierras”. ¿Cómo le hacen los hijos de la migración para saber de dónde son y a dónde han de regresar cuando su materia sin memoria ya no pueda vagar?

 

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