La vida en Richmond: una retrospección a un pasado casi perfecto

Por unos meses viví, en Richmond, Virginia. Cabe mencionar que fue una experiencia maravillosa y llena de múltiples vistas de lo que yo conocía, además de que el entorno en mi ciudad, y en ésta es, por supuesto, muy diferente. Cuando observo de manera minuciosa mi ciudad veo detalles nuevos, con percepciones diferentes. No obstante, nada descomunal, puesto que estoy acostumbrada a esta cotidianidad incesante. El hacer una retrospección a esos días en los cuales veía mañana tras mañana Richmond, pienso en Lo mágico que había en esta ciudad. Sus calles, las cuales permitían divisar los indicios de una colonización: sus casas estilo georgiano, sus contados edificios en el downtown, las pequeñas tiendas con precios exorbitantes, el pintoresco barrio de Carrytown.

     Cuando pienso en Richmond, pienso en infinidad de lugares, personas, experiencias, sentimientos. Recuerdo los días en que salía de paseo en bicicleta con mis amigos, sin embargo, ni siquiera los paseos mencionados en ésta, se acercan a la sensación que me causaba recorrer las calles caminando.

Cuando miraba la calle de E Broad St. me sentía transportada a un lugar impensable. El olor que emitía la ciudad cada mañana se combinaba con una sensación de felicidad melancólica. E Broad St. era una calle oscura, porque además de estar en invierno, los pequeños edificios de máximo cinco pisos se alzaban por encima de las dos aceras paralelas, lo cual no dejaba penetrar suficiente luz a la calle. Veía hacia arriba, después hacia los lados, después hacia abajo, veía en cualquier dirección y siempre encontraba la sensación paradójica de una tranquilidad excitante. Hasta las tiendas emanaban ese sentimiento de profunda paz aunada a una extraña perfección.

     Recuerdo estas caminatas, la comida en un lugar de fast food cualquiera. Recuerdo el Seven Eleven y nuestra continua adquisición de pizzas de cinco dólares. Recuerdo las ocasiones en las que fuimos a fumar Hookah. Asimismo recuerdo los momentos en nuestras habitaciones, las fiestas en el departamento de Joel, las siestas en el lounge, las visitas a las tres de la madrugada entre amigos a nuestras habitaciones para comentar algún chisme o rumor. Todo junto me hace recordar lo diferente que me sentía en esa ciudad tranquila, todo lo que viví en un lapso de tiempo relativamente corto.

Hay lugares que te provocan sensaciones sublimes, a mí, más que Belle Isle con sus aguas corriendo y su paisaje seco por la estación invernal, elegiría las calles y avenidas de Richmond, las cuales tomaron parte de mí, comenzaron a juguetear con esta parte para después hacerme sentir un cosquilleo. Si pudiera elegir sólo una calle de Richmond, sería E Broad St. Si pudiera elegir un lugar de comida sería Panda express. Si pudiera elegir una persona, serían dos: Loncho y Joel. Si pudiera cambiar algo, no sería nada, porque todo se desenvolvió de una inenarrablemente idónea. El tiempo justo y adecuado, con las personas adecuadas, en la ciudad adecuada. Todo incluye la sensación de felicidad melancólica que he estado mencionando: esta sensación nunca se marchará.

 

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