¿Y si lo mío no es mirar culos?

Entre las dos y cuatro de la tarde debo estar listo para irme a la escuela. Preparo comida, acomodo mi mochila, escucho música, veo mis lonjitas en el espejo y salgo a la calle. El calor de la tarde me obliga a quitarme la chamarra negra que cargo  a todos lados y bajo de la cuesta de mi casa a tomar la calafia: un camión a cuatro ruedas que si el chofer se lo propone puede andar sólo con dos.

    Como buen macho mexicano debo cumplir ciertas funciones a la hora de andar por las avenidas; caminar recto, mirar desafiante a quien se cruce, rascarme allí abajo y claro, saborearme el culo de las mujeres. Es un trabajo difícil y sin goce de sueldo, hay que escrudiñar qué par de volcanes en erupción vale la pena ver y cuáles se asemejan al Monte Everest. Y es aquí donde me siento el peor de todos los traidores.

     Subo a la calafia, tomo asiento, volteo a la ventana y comienzo  el maravilloso viaje repleto de baches y semáforos rojos hacia la escuela. Minutos después baja la primera víctima del homo choferus: una joven de preparatoria  desciende los dos peldaños de la majestuosa calafia y como un halcón en busca de la mejor presa el conductor termina anonadado viendo las nalgas  de quien podría ser su hija.

    Mientras llego al siguiente taxi voy meneando la cabeza con una canción de Gorillaz mientras   los gorilas de la calle aúllan con el manjar de mujeres que pasan. Incluso me causa temor que se les rompa el cuello o les dé Parkinson, ya se quedan trabados a media banqueta con tal de ver algún culo.

Ah, al parecer decepciono a mi especie. Sigo sin encontrarle la fascinación a observar con tanto morbo a alguien, sea mujer o no. Puede que estos hombre sí sean descendientes directos del mono y no puedan evitarlo, pero en verdad lo dudo. En un mundo como el nuestro el gran macho pecho peludo tiene todo el derecho de observar a cuantas mujeres quiera, incluso hostigarlas si así lo desea.

    Ya en el taxi repetimos la historia.  Saben que los he traicionado y yo sé que les preocupa no convertirse en  objetos de deseo ni poder controlar al otro. No me ven con buenos ojos y tal vez eso explique mi poca sociabilidad con los hombres; al contrario, estar a su lado es retroceder en el proceso de la evolución. Ya me vi gritando en la selva mientras lanzo los puños al pecho.

Finalmente llego a la escuela y me siento en la fila de atrás. Llegan mis compañeros, el maestro  toma lista y comenzamos la clase. Antes de regresar a mi casa sé que saliendo tendré que pasar por lo mismo. Por lo que si no vuelven a leer un artículo mío es probable que me hayan enviado a la horca por traidor.

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