Deconstruyendo al amor

No quiero arruinarles el 14 de febrero (bueno, tal vez sí), pero considero un deber moral advertirles que eso que ustedes los enamorados, la cultura pop y la sociedad en general llaman “amor” no es más que un constructo social. Es decir, algo que los seres humanos hemos venido inventando a lo largo de años y décadas. Y no, no lo digo sin fundamento alguno, pongo de testigo a psicólogos, estadistas, estudiosos de la literatura y sociólogos.

     Nietzche en su ensayo “Verdad y mentira en sentido extramoral” explica cómo nuestras creencias se alimentan de las representaciones sociales y estas a su vez se encuentran sostenidas sobre diversos conceptos del lenguaje que unidos forman la fina red sobre la cual nuestra cultura se edifica. La psicología le da el nombre de “construccionismo social” a esta capacidad del ser humano de ir construyendo conocimiento a partir de las prácticas socio-culturales. Es decir, regresamos al mito de la caverna de Platón. Vaya usted a saber qué son esas sombras, lo único que de ellas entendemos es la interpretación que vamos dando entre todos los miembros de la comunidad.

      Ahora bien, el amor vendría a ser esa sombra que las diversas culturas a través de sus costumbres, tabúes, mitos e historias han querido interpretar, o mejor dicho moldear. La concepción del amor y el comportamiento que los sujetos presentan ante éste, está relacionado con la manera en que se comprende su significado a partir de lo inculcado por la sociedad. Culturalmente hemos creado un recipiente en el cual deseamos verter el amor, dándonos cuenta de que en ocasiones nuestra pequeña botellita no alcanza a contener del todo aquella idea. Esta concepción del amor, esta botellita, no se mantiene estática sino que siempre está cambiando. A lo largo de la historia y de las culturas encontramos distintas interpretaciones de este fenómeno llamado “amor” y ello lo podemos ver reflejado en la literatura.

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      Por ejemplo, en la Ilíada los dioses eran los causantes de la pasión surgida entre dos seres humanos; en la Edad Media el amor llega a considerarse como un suceso extraordinario que escapa a la voluntad del hombre, sin embargo ya no se asocia a los dioses, sino a los filtros y la magia, como en el caso de Tristán e Isolda. Otro ejemplo son los múltiples tratados que pretenden explicar y dar a conocer el amor, sus procesos y la forma en que el sujeto habría de comportarse: “El Banquete” de Platón, “El arte de amar” de Ovidio, el tratado de amor medieval “El collar de la paloma” de Ibn Hazm, “El libro del buen amor” de Arcipreste de Hita, etc.

      La literatura nos acerca a conocer la visión del mundo en otras épocas o culturas y al mismo tiempo se va encargando de ir tejiendo la fina red desde la cual las culturas presentes interpretarán el mundo. Pero no le echemos toda la culpa a las letras. La poesía, las novelas, los cantares, cuentos y mitos sólo son una pequeña parte de esa red. En la actualidad el cine, la música, los programas televisivos y series, los dibujos animados y los memes también contribuyen a ir formando esa plataforma desde la cual interpretamos el mundo y en este caso el amor. En realidad todo discurso se ve involucrado en este construccionismo social, entre más se repita más se queda grabado en la cultura, entre más lo difundan las figuras de autoridad (estrellas de cine, idols, padres, personas reconocidas del ámbito académico y/o científico, estado, iglesia, etc.,) más impacto tiene.

      Toda nuestra vida estamos inmersos en los discursos, crecemos escuchando historias, tanto ficticias como anecdóticas y a partir de ellas elaboramos una serie de hipótesis sobre el mundo. Tenemos que admitirlo, el cerebro es un poco flojo y le gusta crear esquemas para guiarse con éstos, así las historias se van quedando grabadas en nuestra mente como una especie de guía. Cuando nos enfrentamos al amor intentamos explicarnos lo que nos ocurre desde los paradigmas de nuestra cultura. Nuestro cerebro recurre a los recuerdos de las propias experiencias pero también hace memoria de todas las historias románticas que ha ido leyendo o escuchando, el cerebro no se pone a distinguir si esa información la adquirió en una charla con amigos, en el cine, en una novela o en un artículo científico o texto de auto ayuda. Sencillamente recuerda patrones y se guía por ellos. Entonces si ha crecido escuchando que el amor es dolor va a vivir acorde a ello a menos que una experiencia u otro discurso le muestre lo contrario.

      Se dice que el amor pasional de la cultura occidental ha surgido a partir del siglo XII (o bueno, eso es lo que afirman los psicólogos), la idea que hoy tenemos de éste fenómeno se ha venido construyendo a lo largo de los siglos y en las últimas décadas, con la globalización, se ha extendido dicha idea gracias a los diversos productos culturales, pero ¿qué reflejan y que construyen éstos? ¿Qué modelos son los que nuestra cultura reproduce sobre el amor? ¿Qué nuevos mitos estamos construyendo?

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     Dicen que un día un sabio, paseando por una playa, pretendía dilucidar la naturaleza de Dios cuando observó a un niño intentando verter el agua del mar a un hoyo en la arena, el sabio le increpó al niño su necedad y éste a su vez le hizo ver que intentar entender la naturaleza de Dios es exactamente igual que intentar verter el mar en un hoyo sobre la arena. Con el fenómeno del amor ocurre lo mismo. Somos criaturas que deseamos conocer nuestro entorno y en este anhelo creamos pequeños frasquitos para encapsular ahí toda la naturaleza. Aquí un frasquito sobre “la verdad” aquí otro sobre “lo divino”, a su lado uno que dice “belleza” y al extremo opuesto —al lado del que lleva el nombre de “lo malo”— uno sobre “fealdad”, y entre tanta estantería, rótulos y frasquitos encontramos uno que no sabemos dónde colocar, es un frasco incoloro, rústico, su etiqueta reza “amor” pero en realidad no sabemos si eso es lo que guarda o si acaso nos hemos equivocado y puesto ahí otra cosa mientras que el amor se ha escabullido de nuestro laboratorio alquímico.

 

 

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