La voz y la sangre

El pasto semejaba un trigal, un ojo en la boca del mundo; el cielo adormecido navegaba apacible, las nubes afelpaban los trajines de un viento sencillo que rebotaba alegre contra el sol y los brezales, acariciando con un canto acuífero los oídos de Ella. Los caminos del río atraían para sí el nado y la vida, así que siguió caminando arrullada por el follaje de los elementos dispuestos por la palabra. Sentíase lista para zambullirse con la mirada cerrada y la piel abierta; sus pies rozaron la distancia del mediodía, ignorando, o quizá fingiendo ignorar, que alguien se acercaba. Fue entonces cuando alisó las aguas del afluente como si fueran los pliegues de su vestido; el temor de ser atacada por algún enemigo, y la confianza en sí misma, embriagaron la faz de las plantas, y empuñando la voz como espada o escudo cantó lo siguiente:

Apunta a un sórdido camino hurtado
gavilla tierna de mi manto agreste
hacia el corazón eterno que es éste
el pan nuestro, olvido arrebatado;

devela luna de oriente dorado
ese universo nacido en el este
párvulo, maduro, fuego celeste,
en ti y en mí completo, fragmentado.

Al ser en el mundo estación ausente
ataque cruel de angustia y de locura
es para aquel que abandona el presente

en busca de una perdida dulzura;
pues quien tarde regresa  evanescente,
digno es de adorar su triste figura.

La respuesta fue el andar de un cuerpo que se tambaleaba. Ella se sorprendió al ver la figura tan maltrecha, con la ropa ajada por las ramas de los árboles, pero no le ayudó a recuperar su postura, a recobrar siquiera el sentido, pues parecía un fantasma el que golpeaba torpemente contra los arbustos y las raíces sobresalientes de la tierra. Supuso que el hombre no la había escuchado cantar, o que no le interesó lo que cantaba, así que siguió los pasos de aquél esperando ver algún suceso extraordinario. Metros más allá del riachuelo, en dirección contraria al lago, el peregrino cayó flébil sobre el pasto, pero la mujer no se inmutó ni movió un pie, contemplaba simplemente: algo más grande que ella misma le impedía hacer algo, pero no sabía qué era. Lo único que supo hacer, o mejor dicho, decir, fueron estos versos:

Descaminado, enfermo, peregrino
por el desierto rojo de la luna
y el sol eclipsado al que llamas cuna
rondas tu voz, tu frente, tu destino.

Tan muerto de fe en tu pobre camino
confusos los bosques te miran runa
o esculpida sombra lejos de alguna
fuente que sosiegue tu mal divino.

Verdadera señal en ti halló errante
mortal presa, arrojada en lontananza
de arco frágil, feroz y cavilante

luz que punzó con agudeza mansa
fiel beldad, en tu costado sangrante
que Tierra fecundó sin esperanza.

El peregrino apenas movía una mano, salmodiaba cosas inaudibles, jaculatorias de hule que se arrastraban lejos de su cuerpo. Fue entonces cuando ella se acercó para escuchar lo que decía el moribundo: los ojos de la mujer fulguraban sin réplica alguna frente a tanto… Asustada y agradecida retrocedió a su neutral impedimento. No sabía qué hacer, pocas veces le pasaba eso y ahora se sentía estúpida por no encontrar resolución; ya iniciaban los grillos a rasgar las cuerdas del viento, a colocar cada estrella en su lugar, y Ella, paciente –o quizá fingiendo paciencia– levantó la vista hacia los brezales, esperando.

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