¿Por qué pensamos que razón y pasión son contrarios?

La costumbre es más fuerte que el amor
Juan Gabriel

A ojo de buen cubero puedo decir junto con nuestro querido Juanga: por costumbre. Si lo pensamos con mayor detenimiento, podemos decir: por experiencia. Es más, la respuesta completa podría ser: Porque lo que cualquiera hace pasionalmente rara vez lo reflexiona. Es posible. Pero habría que hacer otra pregunta: ¿acaso no sentimos cuando razonamos, por ejemplo, para tranquilizarnos? O al revés: ¿acaso no pensamos (usamos nuestra capacidad racional) en golpear o romper algo cuando sentimos un arranque de ira? Si nuestra respuesta fue que la experiencia es la que nos dice que razón y pasión son cosas opuestas, ¿por qué entonces, al examinar estas situaciones en las que todos nos hemos encontrado, veo que sí hay razón cuando hay pasión y viceversa?
Vuelvo al inicio: lo hacemos por costumbre. Nuestra idea de razón está ligada a la “suspensión” de todo afecto para llevar a cabo una acción que consideramos más adecuada para un fin específico; así como nuestra idea de pasión se relaciona con la “nula” influencia de la razón sobre nuestras acciones. ¿De dónde proviene tal dicotomía? Es algo que aprendemos dependiendo del contexto familiar, social y cultural en el que nos desenvolvemos. Las canciones de desamor, las películas románticas, ciertas literaturas, ciertas filosofías son algunos de los elementos que forman parte de nuestra educación sentimental, son los que refuerzan dicha oposición y nosotros lo aceptamos casi sin cuestionar su veracidad. Es más, hacemos nuestras esas verdades, las introyectamos, y todo aquel elemento que se asemeje a eso que consideramos correspondiente con nuestra idea de razón y pasión lo tomamos: caemos en un círculo del que es difícil salir.

Curiosamente el equilibrio entre ambos da la idea de justicia.

¿Cuáles son las consecuencias prácticas de esta oposición?

Sentimos que hay una dualidad existente en nostros que es casi imposible conciliar. Es decir, nos perjudicamos gravemente. ¿En qué sentido? En el sentido en el que parece que tenemos que tomar uno de los dos caminos: o ser racional o ser pasional: ser “frío” (y vean cómo esta metáfora apela a los sentidos) o ser “caliente” (y aunque se cuele el doble sentido no me refiero a esto exclusivamente). Como estamos inmersos en una cultura que alimenta esta supuesta brecha existencial, nos cuesta trabajo pensar en que la razón siempre se apoya en los afectos, en los sentidos, en las pasiones para que actuemos; y al contrario: la pasión se apoya en las ideas, en las relaciones entre ellas, en las relaciones entre los afectos, es decir, en la razón, para llevar a cabo una acción.
            Esta separación tiene su correlato con la dualidad mente/cuerpo. ¿Pero qué bases empíricas tenemos para decir que la mente está separada del cuerpo? ¿No será más bien que ha habido una transmisión a lo largo del tiempo de dicha idea y la vivimos como cierta? No nacemos con ciertas ideas innatas a la manera como Descartes lo planteó, sino que detrás de ellas hay una genética cuyo encadenamiento causal nos da las herramientas para reformular nuestra concepción de nostros mismos. Pero tan fuerte es la costumbre que lo que consideramos “natural” no es más que una asociación de cosas contiguas que tienen una influencia bastante fuerte en nuestro ser. Por lo mismo, cierta romantización de nuestras pasiones, o cierto desdén por ellas a favor de la razón, nos han hecho caer en bandos opuestos, lastimando nuestros lazos interpersonales.

En resumen, abogo por la propuesta de David Hume y de Baruch Spinoza de que nosotros poseemos una razón afectiva o una afectividad racional. De hecho, actualmente esto que menciono tiene el nombre de inteligencia emocional (término acuñado por Daniel Goleman). Sin embargo, depende de ustedes llevar a cabo, si es de su interés, este giro. Porque no se trata de decir qué es mejor: si la pasión o la razón, ya que esta valoración es una falacia en sí misma, sino de mejorar la propia vida para ser feliz, y en este sentido Spinoza deja muy en claro que la autogestión de los afectos es algo que se practica diariamente, algo que se vuelve un hábito.

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