El Majestuoso Mundo del Maravilloso y Perfecto Mago Perdido – mi abuelita la rifadora

II

Un gusto tenerlos de vuelta. Hace unos momentos me preguntaba si los volvería a ver o si al final preferirían una de esas series que duran 13 capítulos y prometen cambiar tu vida. Pero ya que están aquí es mejor que continuemos desde donde nos quedamos. Con un mensaje en el celular, un trabajo que hacer y un transporte público lentísimo.

    Salí del apartamento sin desayunar y sin una calceta. Desde niño he preferido las emociones fuertes y la posibilidad de perder mi empleo es de mis favoritas. Corrí como a 0.0Km/h, esquivé puestos de comida, atropellé a algunos gatos, me casé, me divorcié y me subí al taxi.

    Dentro de mis propósitos de año están el comprarse un auto y desparecer a todos los chóferes de la galaxia. Es imposible sentarse en estas carrozas del averno; los asientos apestan, el techo tiene goteras, las llantas parecen de piedra y el chófer duerme mientras maneja. Si alguien me hubiera dicho que en el siglo XXV los descendientes de los taxistas seguirían controlando la ciudad no hubiera nacido.

   Uno de mis mayores placeres mientras soy invadido por  estornudos y ronquidos ajenos  es mirar hacia la ciudad a través de la ventana. La ciudad con la que tanto soñaron los amantes del cyberpunk, la ciudad de los hologramas, la ciudad de la conquista espacial, la ciudad de las inteligencias artificiales. La ciudad que nunca llegó.

     En la ciudad del futuro las cosas no han cambiado mucho. Seguimos utilizando  semáforos, la gente pide limosna, los vagabundos mueren de frío, las empresas pagan una miseria, los baches cada día son más grandes, el smog sustituyó al aire y las energías renovables son un mito.

    Lo único interesante es que todos los abarrotes desaparecieron. Así como lo leen, ya no existe la ancianita bonita que te perdonaba si te faltaban dos pesos para comprar una paleta ni el señor que te convencía de que le presentaras a tu mamá. Todo fue sustituido por una sola cadena de supermercados que cuenta con pasillos interminables, cajeros frustrados, botargas sensuales y estacionamientos petit.

    El último abarrotes que conocí fue el de mi abuela. De pequeño me robaba los dulces mientras ella se hacía la dormida para que tomara los que quisiera. Los borrachos eran su mayor clientela y nunca faltaban las vecinas cuenta chismes. Por lo que no existía el aburrimiento en aquel lugar. Hasta que llegó el supermercado.

    La gente comenzó a dejar de ir.  Los alcohólicos prefirieron rehabilitarse y los chismes de las vecinas se perdían con el ruido de las cajas registradoras. La valiente guerrera intergaláctica, o sea mi abuela, seguía levantándose a las nueve de la mañana a abrir su tienda, aunque no entrará ni un fantasma. Y así duró unos cinco años.

    Pronto se dio cuenta que su negocio había quebrado, que las paredes necesitaban ser pintadas, que los focos se habían fundido, que los estantes estaban vacíos, que los refrigeradores se habían ido y que por primera vez no se había levantado temprano. Frágil y arrugadita nuestra inquebrantable amazona comenzó a desaparecer junto a su tienda. Hasta que un día no encontramos rastro de ella.

     La empresa compró los terrenos aledaños y comenzó con su imperio del terror y precios bajos. Algunos aseguran que dentro de dos siglos la humanidad vivirá dentro de un supermercado, por fortuna yo ya estaré con la abuela vendiendo cervezas en el cielo para ese entonces. O eso me gusta creer.

A media reflexión empalagosa me di cuenta que ya iba por otra ruta. Pedí la parada a gritos  y salí gateando del taxi. La buena noticia es que ya no estaba adentro de ese horno, la mala noticia es que me quedaban unas tres cuadras de camino. Y para su protagonista eso es una eternidad.

      Nunca he sido bueno para el ejercicio. Si me dieran a elegir entre ser chófer o deportista preferiría la muerte. Y es que a mí no se me da eso de gemir mientras se levantan pesas o apretar las nalgas para verse más delgado.

    Tuve que bucear entre botellas de plástico, jeringas usadas y calzones abandonados. Aquello era la Atlantis de la basura y en lugar de tritones había ratas. Eso animales chillones y dientudos que seguramente van a  llegar a Marte primero que nosotros.

    Durante el camino me puse a pensar en cuántos kilos puede bajar uno por caminar tres cuadras o si las ratas nos considerarán su familia. Al igual que ellas, trabajamos, dormimos, robamos, provocamos epidemias, comemos queso, tenemos cola y nos movemos entre la basura. Tal vez la única diferencia es que ellas comparten de su comida. Nosotros la tiramos.

    Después de surcar algunas olas de pañales abiertos y hamburguesas rancias pude ver la última cuadra. Cinco jóvenes de buen carácter y galantería se acercaron a mí junto a sus tres caninos pura sangre. Me preguntaron si no tenía yo una humilde moneda que pudiera ofrecer a sus tristes bolsillos. Básicamente me estaban asaltando.

–  Oficial de la ARV. Cuidado con lo que hacen, muchachos.

    Queridos lectores, su héroe no tiene la voz más amenazante y masculina que digamos. Nunca lo habían asaltado, así que sólo se le ocurrió repetir lo que decían los detectives en los cómics. Aunque al parecer los asaltantes habían leído otro tipo de historietas porque no dudaron en dejarme sin dinero y sin mi otro calcetín. Derrotado y con unos kilos de menos  finalmente llegué a la Agencia de Rescate de Virtual. El peor lugar para trabajar.

Y aquí termina la travesía del día. Ya sé, ya sé, estuvieron esperando con ansias la continuación de esta insuperable y mágica historia. Casi se quedan sin uñas y cabello de la desesperación. Ni qué decirles, nuestro escritor también necesita dormir y echarse sus escapadas de vez en cuando. Pero no os preocupéis por mí, su héroe promete regresar más pobre y desdichado que nunca. Mientras tanto vayan a alguna tienda y compren una cerveza en nombre de mi abuela. Y si son menores de edad compren dos.

 

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