Muros escritos

Ego, soledad bientratada, un grado básico de acaparamiento, miles de pesos gastados a lo largo de años. Comprar libros que jamás serán leídos y sólo quedarán —ordenados por autor y año de publicación— negando el miedo al vacío de la pared, como una simulación barroca mal interpretada. No sé si exista esto como una patología o un síndrome acaparador compulsivo; todos aman las palabras con significados muy específicos. Aún estoy lejos de llegar a una cantidad lo suficientemente grande de títulos como para decir “Tengo más libros de los que jamás podré leer en esta vida”. A veces ni yo sé por qué quiero comprar libros. Soy como mi abuela y mi padre: quizá esto me pueda servir después. Quizá este Revueltas resuelva mis problemas con la autoridad, tal vez con este Le Clézio pueda entender mejor a Rimbaud, con este Aramburu perderé el miedo a los cuentos largos, ese Heidegger le ayudará al nieto que aún no nace (y jamás conoceré). Malditas carencias emocionales que he justificado estudiando algo que haga socialmente aceptable volverse obseso de determinados objetos.

Hace un par de días empecé a trabajar en una librería. Una sucursal más de una cadena extendida por todo México y Centro América. Uno de esos empleos temporales en los que, pese a que la paga sea admisible y el trabajo poco, es cuestión de cuatro o cinco meses para dar las gracias; al menos gozo de mucho tiempo libre para gastarlo en cosas poco admirables.

Una de esas tardes de fin de semana, una señora regordeta de rostro común, con celular en mano y sin mirarme a los ojos, se acercó diciendo: Buena tarde, quiero “Una vida feliz”. Obviamente, no pude evitar burlarme de la situación respondiendo “Yo también”, y tras mirarme con odio, fue con otro compañero, no sin antes verme con tirria todo el tiempo que estuvo en la librería. Pude escuchar que aquella corpulenta mujer le decía a mi compañero que gracias a ese libro su hermana pudo abandonar a su marido e irse a Puerto Rico con su amante, y claro, que los jóvenes eran irrespetuosos. Me pregunté si ella también tenía un esposo por abandonar y fui a ver el libro del que hablaba; quizá en un futuro yo también tendría un esposo por abandonar y un amante con cual irme a Puerto Rico. Aquel libro compilaba un montón se soluciones obvias para problemas que los años de auto-abandono y las carencias emocionales han ido agolpando en las personas. Y no los juzgo, todos tenemos problemas —yo me autodefino como una bolsa de agua con complejos de superioridad y conflictos ontológicos—, pero los libros no son la solución.

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Intenté imaginarme el contexto en el que aquel libro fue recomendado, seguramente una llamada internacional muy incómoda. Comencé a prestar atención en el modo en que la gente se acercaba a los libros, y viceversa. Decenas de padres con listas escolares maltratadas, sin la capacidad para entender que a seis meses de iniciadas las clases se habían terminado los libros de español para tercero de primaria. Al menos una vez al día se acerca una persona, de antemano apenada, preguntando por un libro que no ha sido editado en cuarenta años por una editorial desaparecida. No faltan los típicos adolescentes de bachillerato que año con año se acercan a las librerías para comprar Cien años de soledad, Pedro Páramo, Aura, Confabulario, Rayuela, El laberinto de la soledad; las típicas lecturas malhechas de cualquier preparatoriano. Las señoras “fit” en busca de un recetario de jugos milagrosos que les haga bajar de peso sin las horas de cardio. El estereotípico pre-puberto preguntando por libros de youtubers, o cualquier asunto mediático explotado por las editoriales para insertarse en el mercado. También se encuentran los lectores pretenciosos que sólo entran para hacer un conteo (también pretencioso) de los libros que dicen ya haber leído. Y mis favoritos: una extraña combinación de todos los anteriores que, al decirles que su libro se encuentra agotado en todas las librerías, reaccionan con indignación y arrogancia, sin caer en cuenta que con toda la oferta editorial, de colecciones, ediciones y reimpresiones, el simple hecho de que el título que buscan se encuentre en un espacio con posibilidades limitadas es ya un gran hazaña por sí misma. Lo cual me hace pensar en lo predecible que es el lector común y que la mayoría busca las mismas cosas, pese a simulada noción de individualidad; hasta los libros de existencialismo ateo tienen un espacio destinado en cada librería. Supongo que algún mercadólogo se reiría de mi sentencia.

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Ofrecer libros es algo excitante. Te pagan por algo que tú has hecho del modo más irresponsable y egoísta posible, sin medir consecuencias y en el mayor ensimismamiento: leer. Cuando me preguntan cómo es que decidí estudiar esto, respondo que vi anunciado en un periódico “Gane dinero leyendo libros”, y heme aquí. La verdad es que fue una cuestión de azar, terquedad y mucha ignorancia. Nadie a los 17 años debería decidir el sentido de su porvenir. Y extrañamente, lo digo con toda la seriedad del mundo, tomé una buena decisión; una de las pocas cosas bien hechas.

A veces compro libros sólo para leerlos, sin ninguna pretensión, y para que guarden polvo. Como una colección que jamás llegará a ningún lado. He escuchado que a los grandes autores, los que son multipremiados en vida, como un acto de perversa misericordia gubernamental les compran todos sus libros por cifras millonarias. Todo para ser exhibidos en bibliotecas dentro de bibliotecas, a una temperatura idónea, humedad controlada, con un orden cuasi enfermizo y los más bibliotecarios más radicalizados del medio; claro, porque hasta dentro de ese medio hay estirpes. Si algún día llego a completar una colección decente, a la que cualquier disque estudioso de la literatura considere una “biblioteca”, encontrará una extraña combinación de literatura norteamericana, novelistas misceláneos europeos, los clásicos latinoamericanos y una confusa colección de literatura infantil: textos muy gastados junto a otros muy bien cuidados; reavivé mi aprecio por la literatura infantil cuando salí de la universidad. Mi única petición, si es que se me permite hacer peticiones, es que coloquen junto a mi ejemplar —medianamente bien traducido— de la Fenomenología del espíritu al único sobreviviente a mi infancia como niño destructor de planetas: El Capitán Calzoncillos y el perverso plan del profesor Pipicaca.

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Seguiré trabajando en ese lugar unos cuantos meses. Seguiré entrometiéndome en las razones que tienen las personas para comprar libros. Quizá un día lleguen dos hombres cabizbajos que empiecen a llorar al ver los ejemplares que restan de Quiero una vida feliz en los estantes de Bestseller. Quizá ellos también decidan abandonarse a sí mismos y huir a Costa Rica con algún desconocido probando suerte. Tal vez compre un par de libros con el descuento que tengo, un glorioso 17% de descuento. De lo único que estoy seguro es que mi última petición, si es que se me permite hacer peticiones, es que antes de cerrar el ataúd pongan ese ejemplar de Así habló Zarathustra —que mi padre compró el mismo año que nací y nunca leyó— bajo mis manos.

 

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Ángel Godínez Serrano (Ciudad de México, 1992)
Demonio folklórico.
Un niño jugando a todo lo que puede antes de morir.
IG: @angel.god.ser
TW: @AngelGodSer

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