Hermosillo, Sonora: Mosaico multicultural

Al pensar en Sonora a mi mente acudían imágenes de atardeceres donde el sol fundía el dorado del desierto con el del cielo, pensaba también en cierto canto de dunas y arenas, imaginaba que tal vez entre sus bastos territorios, en algún lugar no habitado por el hombre, el silencio susurraba una melodía arrastrándose por el desierto como una especie de serpiente sonora.

      Me gustaba pensar a ese estado de 179.355 kilómetros cuadrados de esa manera. Pero ahora voy a su capital y no encuentro dorados y amarillos sino un mosaico sobre casitas y edificios blancos. Ahí sus calles están medidas con la misma perfección que una persona con TOC podría tener, como si se tratase de una hoja cuadriculada a la cual le han surgido árboles y flores entre sus aristas. No hay que engañarnos, Hermosillo tiene cierto encanto que puede pasar desapercibido.

      Sus edificios de 1900 se encuentran regados por el centro histórico como pinceladas de una vieja pintura que a la posmodernidad se le ha olvidado borrar. Sus calles, líneas de obsesiva trazadura, exhalan el aroma de los naranjos, esos pequeños soles que nacen aquí y allá, döppelgangers de aquel otro suspendido sobre las cabezas de los  sonorenses. La belleza de esta ciudad se esconde en su gente, hospitalarios, amables, con una rápida sonrisa y una risa franca, hacen creer que en cada uno de ellos un pequeño oasis refleja un pedacito de sol.

 

      Si bien la vegetación en el sur del país sorprende por la voracidad con que todo lo abraza; en el norte sorprende el como la vida surge y florece en los lugares más secos y calcinantes. Resiliencia, adaptación. A veces al viajar por aquellas carreteras y ver los montes llenos de sahuaros, órganos y mezquites se antoja pensar que ahí hay más vida que en las selvas saqueadas por el hombre. Aquí la belleza se muestra sutil, en los paradójicos cambios cromáticos con que a la naturaleza se le ocurrió dotar a esta tierra. Casas blancas igual que los cerros de piedra caliza que entre los amarillos arbustos y zacate cantan al ser entrechocadas sus rocas. Árboles rosas y amarillos de troncos blancos y verdes. Buganvilias adueñándose de paredes, compitiendo con los graffitis y murales para ver quien llena primero las paredes de la ciudad. Árboles de algodón creciendo en los jardines. Ceibas sureñas alrededor de las plazas principales alzándose cuanto pueden para alcanzar un cielo azul de estrellas claras y atardeceres violetas. Ejercito de sahuaros custodiando las afueras de la ciudad. En perfecta quietud dejan a la luz danzar en sus espinas confiriéndoles colores de arena, noche y tonos verdes que el hombre no se ha atrevido a nombrar.

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      Sus carreteras se extienden entre plantíos de nogales, zanahoria, brócoli y cuanta verdura y árbol pueda crecer en esa tierra de sabor salino. Y más allá del desierto, el mar. La tierra bermeja se une al azul Mar de Cortés fundido con las sagradas islas Alcatraz y Tiburón. Aquí habitan más de nueve etnias, alejadas de la ciudad aún hay sonorenses que recuerdan su existencia, estudian sus lenguas y reconocen en ellas la raíz de sus tradiciones, gastronomía y cultura. Yoreme, Yoeme, Makyrawe, Comca’ac, Tohono o’odham, O’ob, Es-pei, Kikapú, pueblos oriundos de esta tierra ahora llamada Sonora que el gobierno mexicano ha intentado desalojar en vano. Al igual que la ceiba, otras tantas etnias habitan también el estado a pesar de tener su origen en el sur del país. Mixteco, Zapoteco, Tirque, Náhuatl, Tarahumara, Mazahua, Tarasco y Huasteco son algunos de los pueblos que han migrado hasta este estado del norte recordándonos que todos de alguna manera somos migrantes.

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      Sonora se dibuja como potencial mosaico cultural que se difumina. Igual que los colores de graffitis, árboles y flores sobre el blanco de los edificios, sus etnias se pierden a veces en la conciencia diaria de la cultura, hay que mantenerse atento para encontrar sus huellas, sus raíces, su presencia en la ciudad y lo cotidiano. Hermosillo es lienzo en blanco sobre oasis y arte; Sonora, la inmensa galería que no se conforma con amarillos y ocres sino que es generosa en policromía y multiculturalidad, rasgos que amenazan con perderse bajo la industrialización y la búsqueda de lo homogéneo.

      Ayer, al pensar en Sonora a mi mente acudían imágenes de atardeceres, luces doradas sobre dunas reflejantes. Hoy sé que Sonora es más que eso sin embargo, aún creo que, si alguna vez puedo encontrar aquel escenario de mares ocres fundidos al sol y al cielo que se dibujaba en mi mente,  será en Sonora donde lo podré encontrar.

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